Permisos de construcción

Por un tiempo, los permisos de construcción en lo que fue el Distrito Federal estaban restringidos. Después del terremoto de 1985, se hicieron intentos serios de desconcentrar la ciudad más grande del mundo. Se buscó dar oportunidades a las personas para ir a vivir a otros lugares y construir en el área metropolitana no era fácil. Fueron los años en los que la periferia se desarrolló y lugares como Ecatepec y Ciudad Neza crecieron en densidad demográfica.

Pero, llegó López Obrador a la Jefatura de Gobierno y la cosa cambió. Los gobiernos perredistas se dieron cuenta del gran negocio que representaba eso de dar permiso a las constructoras y se abrió la puerta que antes se había cerrado. De repente, las colonias se transformaron: las casas se demolían para construir edificios con microdepartamentos que más que viviendas, parecen cajitas de cerillos.

Nada interesó que el agua fuera a escasear, que no hubiera suficientes servicios, que las aglomeraciones y el tráfico se fueran a multiplicar. Lo importante era llenar las arcas con billetes contantes y sonantes. El paisaje incorporó maquinaria, grúas, manos de chango y la industria de la construcción floreció. Los edificios se multiplicaban como una plaga de langostas y la composición urbana se modificó.

Los gobiernos de la Ciudad de México desde el año 2000 hicieron de la legislación de uso de suelo la mejor mina de oro. Por un lado, los permisos para construir se repartían como si fueran indulgencias en la Edad Media, o se vendían o se otorgaban a quien mejor le convenía a los gobernantes. Las clausuras se daban a pequeños negocios que no tenían proximidad con algún influyente.

En el desorden se forjó el caos que representa la vida en la Ciudad  de México. Improvisaciones, construcciones, influyentismo, bicicletas, peatones, automóviles, trailers, máquinas, todos luchando por un espacio, mientras la luz, agua, drenaje, gas, recolección de basura se vuelven bienes escasos, caros e ineficientes. Tuvimos que aprender a lidiar con hoyos, baches, socavones, llantas ponchadas, aglomeraciones, tráfico, estrés, contaminación, contingencias. No son modos de vivir.

¿Y si aprovecháramos esta oportunidad para reflexionar? Tal vez, el sismo de este diecinueve de septiembre nos lleve a pensar que tantas construcciones en un suelo tan movedizo no es buena idea. Quizás podamos pensar que tantos departamentos no son lo mejor porque no tendrán los servicios necesarios para vivir adecuadamente. En 1985, se pusieron parques memoriales donde antes hubieron edificios caídos. Pero, desaparecieron para dar lugar a nuevos edificios, con espacios más pequeños y hacinados. ¿Y si volvieramos a hacer parques memoriales?

¿Y si aprovechamos la oportunidad para reflexionar sobre la ciudad en la que queremos habitar? ¿Y si las autoridades tuvieran el honor y la consciencia de dejar de firmar permisos de construcción y pensaran más en los habitantes que en sus bolsillos?

 

 

Lo que quedamos a deber

Hace treinta años volvió a temblar en la Ciudad de México. El terremoto del veinte de septiembre fue de menor intensidad que el del día anterior, sin embargo, causó más estragos. Han pasado tantos años y los sobrevivientes de esos terribles acontecimientos nos hicimos la promesa de que jamás veríamos a nuestra queridísima ciudad volverse a romper así. 

Ciertamente, los reglamentos de construcción se modificaron, tomaron en cuenta medidas antisísmicas, se modernizaron los procesos constructivos y se incluyeron artefactos que movieran las construcciones al vaivén de las ondas telúricas sin dañar. Lo importante era enumbrar la vida humana y preservarla a toda costa. Se daba relevancia a lo que impidiera volver a buscar a los nuestros entre cascajos.

Pero los recuerdos son débiles y el tiempo implacable. Muchos de los que hoy habitamos la Ciudad de México no vivieron la trágedia. Las promesas se olvidan y los compromisos se postergan. Los muertos ya no tienen voz. Debieran tenerla.

A treinta años de los terremotos de 1985 hemos quedado a deber. El uso de suelo sirve más como caldo de cultivo de corrupción, las licencias de construcción se reparten y se conceden por medio de mordidas, en los espacios en los que estaba prohibido edificar se alzan edificios de muchos niveles. En la Capital de la República se derribaron casas para hacer condominios horizontales, se transformaron terrenos unifamiliares en base para rascacielos con departamentos, centros de negocios, alberca, gimnasio y pisos de estacionamiento. 

¿Por qué olvidamos tan rápido? La autoridad del Gobierno Central saca las manos y señala a los Delegados que a su vez hacen lo mismo. Yo no fui, fue tete, pégale, pégales que ella fue. Y todos salen sonrientes, brincando alegremente de una posición a otra, de un cochupo al que le sigue. En la Ciudad too está prohibido para el que no le alcanza y permitido al que llega la precio. 

Las placas de Cocos y las del Pacífico volverán a chocar, ya lo han hecho. Es verdad, estamos mejor preparados que hace treinta años, sin embargo, hemos quedado a deber. Hemos olvidado que la noche del veinte de septiembre de 1985 hicimos una promesa que no hemos cumplido a cabalidad. No todavía.

  

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