Embarazos en adolescentes 

Partamos de la siguiente premisa: una nueva vida siempre es una buena noticia. Claro, un bebé trae consigo dos elementos inseparables: amor y responsabilidad. Cuando un hijo llega en el momento adecuado, no hay felicidad más grande en este mundo. Lo puedo decir con conocimiento de causa. También sé que cuando una criatura se ve como un accidente, esa alegría se transforma en angustia y muchas veces en amargura.

Recientemente, he escuchado a muchos jóvenes decir que ellos no tienen que pedir permiso para iniciar su vida sexual, que esa es una prerrogativa que les da la libertad, pero se olvidan de la parte de responsabilidad que todo ser libre debe atender. Sí, pareciera que hay un enorme gusto por gozar sin hacerse cargo de las consecuencias de sus actos. Alegremente se entregan a Cupido y esto se refleja en datos duros. México es el primer lugar en los países miembros de la OCDE en embarazos adolescentes.

Embarazos adolescentes que se presentan en personas infantiles. Niñas de quince años y jovencitos de catorce que no saben que hacer. No hay conocimiento ni práctica de salud reproductiva. Se entregan al amor sin protección alguna y se avientan al barranco sin paracaídas, para luego regresar a la casa paterna —o materna— a buscar asilo y solución. Si no se trata de pedir permiso para ejercer la libertad del cuerpo, se trata de ver mas allá de la nariz.

Un bebé llora, come, se ensucia y demanda atención. La vida se pone en pausa. Los proyectos de estudio se truncan. La vida social cambia. Y, tristemente, el amor de quien comparte paternidad se acaba. Claro, muchas niñas se quedan solas con el bebé en brazos. No se trata de nada más que de cifras comprobables. Madres solteras, solas y tan jóvenes son una realidad de este México. Los padres huyen, agobiados por la responsabilidad. Ellas se quedan con el hijo y la responsabilidad de lo que sucederá con él. Esa es la historia de todos los días.

El remedio no son las condenas, los cinturones de castidad, los gritos. Tampoco se trata de estar aventando condones y promoviendo la píldora del día siguiente o los abortos como medio de anticoncepción. Se trata de educar en la responsabilidad. Los millenials, como los jóvenes de cualquier generación, se quieren comer el mundo a puños. Eso es natural, el problema empieza cuando hay que hacerle frente a la responsabilidad, eso ya no les gusta. La cantidad de abuelos cuidando nietos de hijos adolescentes es creciente. Los segundos embarazos en muchachitos es una realidad. 

Hablar, informar, educar en la responsabilidad es primordial. Los datos son contundentes, aquí las cifras.

De entreactos y consecuencias

De repente, siento como si estuviera sentada en una silla de lona, mirando desde una terraza como algunos bañantes están en la playa corriendo alegremente hacia el mar, mientras un tsunami se eleva para tragarlos enteros. Grito ¡cuidado! Y siento que estos personajes me miran con ternura y con fastidio, me dicen espérate tantito, y siguen su ruta tan felices y contentos sin que me presten la menor atención. Pasa en lo muy partícular, como un salón de clases cuando le adviertes a los alumnos que estudien para el examen, o cuando lees que en Cataluña ya se despertó —otra vez— en ansia independentista, o cuando te enteras de que en pleno G7 hay que darle clases a Trump porque no entiende nada de lo que están hablando.

Me refiero a ese entreacto en el que ya te resignas, ya sabes que no te van a escuchar y no sabes si cerrar los ojos y ajustarte el cinturón o sentarte a acariciar al gato y dedicarte a ver el impacto. Lo cierto es que nadie aprendemos en cabeza ajena y parece que hay momentos en los que podemos detener el avanzar del tiempo con un suspiro, que nos podemos meter los segundos entre los dientes para advertir que el lobo anda cerca. No obstante, de nada sirve. Los pastores dejan que sus animales sigan pastando, total, así están felices. Luego queda el refuego de sangre que mancha el suelo y quienes debieron haber evitado semejante tragedia se quedan con ojos llorosos, se lavan las manos y apuntan a todos lados para endosarle la responsabilidad a alguien más.

Los te lo dije son simpre odiosos. Los gritos de advertencia son inevitables. En el entreacto, los terceros vemos con claridad lo que va a suceder y de buena voluntad queremos evitar un choque de trenes. Los involucrados, con razón, te dicen: a ti qué te importa. Y, nos dedicamos a ver el espectáculo que da el camino al precipicio. Entendemos, porque también hemos sido protagonistas. Sí, ni hablar. Hemos mascullado nuestras propias consecuencias. 

En el entreacto, pasa algo similar al olor a humedad que anticipa el aguacero. Quieres regalar paraguas y las persona te dice no gracias, te ven como al loco de la cuadra y hasta te dan una palmada en la espalda. Elevamos la mirada al cielo,  nos ponemos el impermeable porque efectivamente, olerá a tierra mojada. Habrá lodo.

Me refiero a cosas mínusculas y a enormes. A una pareja que está engañando a su cónyuge y embelesado por la aventura ni cuenta se da de todo lo que va a perder cuando lo agarren. A una serie de votantes que les quieren convencer sobre la conveniencia de independizarse sin dalres razones de pesos y números que serán las que precedan una decisión semejante. A un pueblo que pone a un ganso como presidente y abandona el liderazgo mundial para convertirse en una fuente de risas y burlas mundiales.

Después del entreacto vienen las consecuencias. Los bañantes quedan revolcados por las olas, tirados en la playa escupiendo arena. Los que no estudiaron, se arrodillan suplicantes y se esfuerzan por subir la calificación a base de chillidos, en vez de demostrar competencia. Los mandatarios se despeinan y enfrantan crisis de poder y juicios para quitarlos de donde nunca debieron estar. Las peores consecuencias se las llevan los más desprotegidos, esos que ni pudieron opinar, esos a los que no se les tomó en cuenta.

Lo curioso es que en estos entreactos, no importa los esfuerzos que hagas ni cuanto te desgañites en advertir. Habrá quienes te miren y hasta con un guiño te digan esperate tantito, como quien quiere decir, no me interesa escucharte, ¿está claro? Entonces, a apretar los dientes o a acariciar al gato. Cada quien tendrá una mejor elección. 

El perico del entrenador

Es difícil buscar los orígenes de casi cualquier cosa, es peor si de se trata de un pleito. Intentar encontrarle la punta a una hebra tan anudada y retorcida como lo que sucede con las barras y los estadios de futbol es tan complicado como entender porque un mexicano en otras partes del mundo si respeta a la autoridad y en territorio nacional no.
En casa nos atrevemos a muchas cosas que cuando estamos de visita ni siquiera nos imaginamos. Hay conductas inadmisibles que nos permitimos en nuestro terruño, que nos dan risa y que hasta publicitamos. Lo peor de todo no es la fanfarronería con la que apadrinamos faltas de respeto de las que luego, a la luz de los resultados, nos andamos quejando.
En la televisión hay un comercial en el que sale el técnico de la Selección Nacional de Futbol, de la Grande, en la que se escucha un grito al árbitro del partido. Le gritan “estúpido” mientras está de espaldas. El silbante voltea furioso, y adivinamos que con ganas de castigar al responsable. Asumimos, dada su fama, que es El Piojo quien profirió el insulto y el señala a un perico que trae en el hombro. Se lava las manos.
El mensaje es brutal y, para desgracia de la compañía que pagó el improperio, todos se fijan en Herrera y su perico y casi nadie en la marca de lo que se anuncia. Tal vez la compañía perdiendo relevancia en el mensaje esté ganando. Ahí lo que se dice es: Tú puedes insultar a la autoridad. Tú puedes faltarle al respeto al responsable de orden cuando está de espaldas. En el poco probable caso de que te cache, tú te puedes lavar las manos echándole la culpa a alguien más. Tú saldrás sin castigo. La autoridad no será respetada.
¡Bravo! Qué bueno que nadie se da cuenta de la marca que lo patrocina. O, cabe la pregunta de lo que en verdad se quiere patrocinar.
Elevar el nivel de las medidas de seguridad en los estadios, controlar las barras, castigar a los responsables de los desmanes es una parte de la solución, pero es, también, estar tapando hoyos con palitas de juguete. Hay que ir al origen.
Y, aunque ir al origen es complicado, todos sabemos que las broncas siempre empiezan por bravucones que las instigan. ¿Quién está instigando la violencia? ¿Quién alienta la falta de respeto a la autoridad? Luego andamos llorando.
En otras partes del mundo se respeta a los responsables del orden. Las consecuencias no son bromas. Si le faltas a un policía, vas a la cárcel. Si eres insolente con un uniformado, te pones en riesgo de recibir un macanazo o una bala. Es decir, si te pones grosero con un representante de la fuerza pública, te pones en peligro de muerte. Pero, aquí es al revés.
Sin embargo, podríamos empezar por el origen. Podríamos silenciar esas voces bravuconas que instan a la violencia, que faltan al respeto, que enarbolan la bandera de la hipocresía y que piensan que echándole la culpa a otro se acaba el problema.
Evidentemente, el origen no está en el perico del entrenador, está en lo que ese mensaje nos dice.

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