Sin entender al mundo

Me queda claro: si quisiera dedicarme a adivinar el futuro del mundo, me moriría de hambre. Últimamente, cuando yo creo que algo va a pasar, pasa totalmente lo contrario. Según yo, no había posibilidad alguna de que el Brexit ganara y desde entonces a la fecha, no doy una.

Por supuesto, jamás imaginé un mundo en el que Trump llegara a la presidencia, ni en el que un personaje como Bolsonaro ganara las elecciones, o que una encuesta sin pies ni cabeza pudiera tener un efecto vinculatorio con una de las obras de infraestructura más importantes para México. A veces creo que esto es una pesadilla que me busqué por cenar demasiado.

Y, aquí estamos, atestiguando como muchos votaron alegremente por parar un proyecto que va a costar un dineral detener. Dineral que vamos a pagar cada uno de los mexicanos, porque esto no va a salir de los bolsillos de los políticos a los que se les ocurrió que era una buena idea eso de preguntarle al pueblo sabio si Texcoco o Santa Lucía, pero al que nada se le preguntará sobre trenes ni sobre otros proyectos.

Los mercados se ponen nerviosos y eso sí que lo entiendo. No comprendo a tanta gente que me parece razonable y bien intencionada que está feliz mientras el peso se desliza y las variables económicas rechinan. No hay peor tonto que el que no quiere entender.

A mí me gustaría entender.

No lo logro. No entiendo cómo los seguidores de Trump lo aman cuando ven el tipo de persona que es. No comprendo que los votantes sufraguen a favor de alguien con las características de Bolsonaro al que le encanta agitar el avispero. No veo porque acabar con una obra necesaria que va adelantada y que detenerla y relocalizarla va a salir caro y con resultados peores.

Hay errores que cuestan y no entender al mundo es uno de ellos. Ni modo que quien va a contracorriente tenga la razón. Me duele no entender. Me abruma lo que veo. Me desespera asomarme al mundo y no saberlo interpretar.

Entre la orfandad y un reglamento de tránsito 

Uno de los temas de moda entre los automovilistas es el Nuevo Reglamento de Tránsito de la Ciudad de México. Hay varios motivos para que los capitalinos podamos quejarnos y todos tienen que ver con la ambigüedad de las nuevas reglas de movilidad. Causa gran confusión saber cuáles son los críterios basicos, incluso teniendo el reglamento en la mano. La clasificación de las calles y los límites de velocidad resultan difíciles de discernir, los señalamientos desorientan , las líneas de cruce peatonal no están bien pintadas… En fin, hay una lista de razones contundentes por las cuales los automovilistas nos sentimos muy poco cómodos con las nuevas reglas. Eso no es lo peor.

Es verdad que los automovilistas hemos gozado de una suerte de superioridad que nos hizo creer que eramos los reyes de la calle, bastaba bajarnos del auto para saber lo que era caer en la desgracia de ser peatón. Sin coche, nos convertíamos en seres indefensos a los que nadie quiso ver ni escuchar. El problema es que el Nuevo Reglamento de Tránsito de la Ciudad de México sigue dejando a los peatones en esa condición. ¿A quién beneficia estas nuevas reglas del juego? Díficil de saber.

El Jefe de Gobierno sostiene que la intención es promover una movilidad más moderna y ordenar a los automovilistas que andabamos tan desbocados que provocabamos muchos de accidentes y muertes a diario en la ciudad. Como intención, no esta mal, pero, como que no le creemos mucho al Dr. Mancera. Es es lo malo de andar copiando modelos que funcionaron en otros lados sin adaptarlos adecuadamente a un espacio urbano tan singular como la Ciudad de México. Las cosas no se mejoran y la gente anda enojada y muy desconcertada. Eso no es lo peor.

Lo peor es que somos muchos los que al querer respetar el Nuevo Reglamento de Tránsito de la Ciudad de México nos hemos llevado rechiflas, señas y saludos poco amables. Subir a 40 km/hr al segundo piso del Periférico a las seis y media de la mañana, me ha ganado el mote de estorbo, gritos poco decentes, cambios de luces, claxonazos y de todo. Lo malo es que la mayor parte de esos pésimos tratos, que también estan sujetos a multa, me los han infligido policias en patrulla, agentes de motocicleta, conductores de autobuses urbanos (¿qué hace un autobús urbano en el segundo piso?) y gente que además  de estar obligada a respetar las leyes, son figura de autoridad trabajadores del Gobierno de la Ciudad de México. 

Me pregunto si a ellos también los multan. Yo creo que no, si ese fuera el caso ya tendrían una cuenta por pagar bastante abultada. El secretario de seguridad, Hiram Almeida ha decidido guardar silencio, ni quiere contestar preguntas ni dar entrevistas ni comparecer ante la Asamblea de Representantes, creo que si no quiero ser multada, seguiré escuchando claxonazos, voces furiosas y gritos furibundos de la autoridad que sí puede violar la ley. Así me siento entre la orfandad que me ha provocado  un nuevo reglamento de tránsito al que a veces siento que está diseñado para que unos cuantos lo respeten. ¡Qué caray!

  

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