La magia de las fotomultas 

Estoy segura de que los habitantes de la Ciudad de México no entendemos las maravillas del Nuevo Reglamento de Tránsito y no apreciamos la magia de las fotomultas. Hace poco, me moría de risa mientras una de mis amigas me contaba, furiosa, que le había llegado uno de esos encantos que te sacan la foto y te agarran con las manos en la masa, en flagrancia, al momento de violar las reglas. Fíjate, me dicen que iba a exceso de velocidad en las calles de Coacalco, yo no sé ni dónde queda Coacalco.

Me ganaban las carcajadas y ella se enojaba al enseñarme la fotografía de su auto, con placa y todo. Juraba por todos los santos que jamás se había ido a parar en Coacalco ni le gustaba manejar rápido. Se me botaban las lágrimas, parecía que me estaban haciendo cosquillas. No te rías, te puede pasar.

Claro, me echó la sal. Ya no me dio tanta risa cuando nos llegó a casa una multa de esas que llegan con toda la información. La infracción, según ellos, se dió en la colonia Roma, en las calle de Monterrey y Coahuila. No son nuestros rumbos ni hemos pasado por ahí, pero tampoco resulta impensable que pudiéramos haber pasado por ahí. La placa correspondía al auto de mi marido, el modelo concuerda, pero… el color no. Que alguien me explique cómo es eso posible.

La camioneta de Carlos es blanca y la de la foto es gris rata —qué curioso, ¿no?—.  La multa llegó a la casa y francamente ya se me quitó la risa. No tiene nada de simpático que le adjudiquen a uno una infracción cuando el auto infractor no es el de uno. ¿Cómo me voy a hacer responsable por algo que, claramente, yo no hice? Si hubiera faltado al Reglamente, me haría cargo, pagaría sin chistar y lo haría pronto para ganarme el descuento.

Pero no es nuestro coche.

Les digo, pertenezco a este grupo de ciudadanos incomprensivos a los que no nos alcanza el entendimiento ni hay forma de decernir el misterio de la magia de una fotomulta. Son tan mágicos que el cambiaron el color al coche de mi esposo y ahora, hay que pagar por ello. No me da nada de risa, nada.

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La constitución de la Ciudad de México 

El tema ha logrado lo que casi ningún otro, nos ha unido en un sentimiento casi idéntico. ¿No es eso democracia? El problema es que la unión se finca en un desinterés generalizado y en una rabia por el presupuesto que se juzga exagerado para el constituyente. La actual administración se pertrecha en el Palacio del Ayuntamiento y con prácticas virreinales ni vi ni oye ni le interesa involucrar a los súbditos que habitamos el Valle de Anáhuac. No obstante, debiéramos. 

La constitución de la Ciudad de México es una oportunidad para pensar qué tipo de ciudad queremos. El asunto no es trivial, a pesar de que nuestras actuales autoridades así nos lo hagan creer. Es momento de considerar el tipo de ordenamiento urbano que queremos para esta ciudad. Aquí se nos presenta la gran oportunidad  de meterle mano a lo que debe ocurrir en el entorno que habitamos millones de mexicanos.

En este sentido, los capitalinos podemos acabar con cotos de poder, con puntos de corrupción y abuso del que hemos sido víctimas los capitalinos. Ordenar el uso de suelo es una prioridad. Reflexionar sobre los permisos de construcción. Cuidar el emprendimiento. Fomentar la actividad económica. Atender la seguridad de los habitantes. Sentar las bases de una convivencia armónica. Acabar con la situación de calle. Dar fin a la pobreza. Pensar en una estética de las colonias. Facilitar la vida. Eso es lo que tenemos que estar discutiendo. 

La discusión debería ser abierta. La inclusión de notables como constituyentes es una decisión sabia pero no suficiente. Somos muchos habitantes y es preciso que nos tomen opinión. Las instrucciones que se dan desde un escritorio sin bajar al terreno de la acción, generalmente van de lo malo a lo pésimo, fíjense en el Reglamento de Tránsito. Ese es el mejor ejemplo de la sordera autoritaria del Gobierno de la Ciudad. Ha causado mayores niveles de contaminación, sospechas fundadas de corrupción y una molestia generalizada. 

Se fracasa al intentar dar acomodo a reglas que funcionan en otros lugares. No somos otros lugares. Es tanto como querer ajustar el zapato de Cenicienta al pie de las hermanastras. No cabe, aprieta, se resbala, incomoda, duele. ¿Y si en lugar de copiar, diseñamos algo a la medida de nuestras necesidades? Para ello, en vez de voltear a otros lares es necesario contemplarnos a nosotros mismos. 

Aquí están los expertos. Somos los ciudadanos los que padecemos la corrupción, la inseguridad, la extorsión, la contaminación, el tráfico los que debemos decir qué queremos y qué solución podemos ofrecer. Nosotros, los que estamos en el terreno de la cotidianidad, sabemos cuáles son las mejores rutas. Pero no nos ven ni nos oyen. Por eso el desinterés.

Entonces, si las autoridades no nos oyen ni nos ven, los constituyentes deberían hacerlo. Es una cuestión de honor hacer bien su trabajo, es una oportunidad histórica que les da la posibilidad de dejar su nombre marcado porque tuvieron el valor de hacer bien las cosas. Sí, se puede dar la vuelta, tomar el reto y aprovechar para dejarnos leyes que hagan de la Ciudad de México el espacio que debe ser. 

  

¿Mexiqueños?

Una de las seña de identidad es el gentilicio. ¿De dónde eres?, parece ser una pregunta común en formularios, es un dato que debe incluirse en formatos, es información relevante en un currículum vitae, en fin, es algo importante. La costumbre, la lógica o no sé qué, le gana a un concepto. Dejamos de ser México, D.F. para convertirnos en la Ciudad de México que en realidad siempre habíamos sido. 

Lo curioso es que ya lo eramos en otros idiomas. Mexico City, Cittá del Messico, eran las formas en la que los extranjeros denominaban a la ciudad que los locales llamabamos Distrito Federal, aunque no nos quedara claro qué era eso. La identidad se nos descolocaba porque el gentilicio era un territorio indómito. Los michoacanos, oaxaqueños, guanajuatenses, y de todos los estados jamás tuvieron ese problema, ni los acapulqueños ni los piedadenses ni los toluqueños pasaron por la mortificación de no tener un gentilicio.

Si nacías en la capital de la República, no había un gentilicio específico y unánime para llamarnos. Chilango, que me encanta, muchos lo sienten peyorativo. Defeño, palabra de fonética irregular, ya queda en fuera de lugar. Capitalino es peor porque no nos distingue de otros que también hayan nacido en otras capitales. En esta confusión, la Real Academia de la Lengua Española sale a solucionarnos el problema y desde Madrid nos hace llamar mexiqueños. No es falta de agradecimiento pero, ¿quién les dio esa facultad?

Me hubiera gustado que esa iniciativa la tomara la Academia de la Lengua Mexicana. Pero no fue así y en esta condición, los que nacimos en el Valle de Anáhuac, sentimos que la identidad nos la debemos dar nosotros y no esperarla de los peninsulares. No es tener la piel delgada ni tomar actitudes criollales ni salir a dar proclamas con un estandarte, eso, a Dios gracias, ya lo hicieron los héroes que nos dieron patria. Lo que no nos dieron fue gentilicio y el que se les ocurrió allende el mar, está muy feo.

Mexiqueño se oye horrible. Parece la combinación de México y pequeño. Peor se escucha mexiqueña. Como que el gentilicio no nos ayuda a enfrentar los retos de la vida en una de las ciudades más grandes del mundo. Como que nos achica y eso está muy poco adecuado, así para empezar. Luego, lo demás.

Tal vez sea una típica resistencia al cambio, o una especie de nostalgia al hacer consciencia de lo que fue y ya no es. Puede ser. Aunque en estricta justicia a mí me gusta más Ciudad de México, así con sus dos mayúsculas y todo. Lo que en serio, está feísimo es el mote con el que nos quieren identificar. ¿Sería mucha molestia pedir uno nuevo? No a los señores de la RAE que ya tuvieron la gentileza de darnos uno, sino aquí entre nosotros, discurrir algo mejor. 

Y, es que en términos de seña de identidad, decir que nací en la Ciudad de México es un orgullo que no cabe en la palabra mexiqueño, ¿no creen?

  

Lo que pasó en Santa Fe

Claro, ahora todos nos llevamos las manos a la boca para abogar el grito de indignación pero, la verdad, muchos sabíamos que Santa Fe pasó de ser un basurero a la zona más moderna de la Ciudad de México. De repente dejó de ser un lugar de minas para convertirse en el último grito de la moda. Hubo tantos que miraron con anhelo aspiracional el rumbo del poniente de la Ciudad de México que hasta los que pensaban que esoera un contrasentido bajaron la guardia y se unieron alegremente al aplauso general. Sí, pero la naturaleza no reacciona en forma democrática ni responde al parecer de la mayoría. Además, tiene memoria.Entre el buen negocio y la falta de consciencia osciló el pendulo que marcó el desastre en Santa Fe. Hoy, lo de menos son los problemas de vialidiad, de movilidad, de falta de agua y de insuficiencia de servicios… el barrio se desgaja frente a ojos incrédulos que ven como sus casas caen arrasadas, cuando ayer eran condominios de lujo por los que se pagaron fortunas en dólares. 

Ahora los vecinos tienen miedo. El suelo se deshace bajo los pies, el anhelo es ya una pesadilla. De un día al otro se destapó la caja de las desgracias y Pandora hizo del rumbo su presa favorita. En un pestañeo se perdió casa, dinero y patrimonio. ¿Y los responsables? Ahora quieren que el pato lo paguen los constructores que se animaron a edificar en terrenos arenosos. Sí, claro. Pero no son los únicos responsables, de hecho, la autoridad que en vez de proteger se corrompió, es más que corresponsable.

¿Cuantos crímenes cometió la persona que firmó el premiso de construcción? ¿Cuántos el que autorizó un cambio de uso de suelo? Lo que pasó en Santa Fe es un triste reflejo de la corrupción de las autoridades del Distrito Federal. Aquí, delegados, responsables del crecimiento urbano y su ordenamiento tiene que hacerse responsables. La marca CDMX sufre un abollón.
No hay porqué confundirse, este no es un problema de un talud aislado que tuvo la mala idea de desmoronarse para afectar a gente rica. Es una afectación que abarca toda la zona de Santa Fe. Lo más fuerte de todo esto es que muchos ya lo sabían y aún asi firmaron permisos, aún así construyeron, aún así compararon. Lo peor es que la zona sigue plagada de proyectos de construcción, de planes para trasladar escuelas, universidades, tiendas, almacenes, edificios, de proyectos de desarrollo. 
¡Ay! Engañan y nos dejamos engañar hasta que la tierra, con la sabiduría de la naturaleza, dice ya basta. Los azotes de esta madre duelen. Lo que pasó en Santa Fe va a volver a suceder. Los terrenos tiene la memoria y la consciencia que a otros les sigue haciendo falta.
  

  
  

Cada quien en su lugar

La convivencia en las grandes urbes se complica. Todos tenemos estilos de vida diferentes y creemos que el nuestro es el mejor y el que se debe privilegiar. Cada uno juega roles diferentes, los intercambia y es muy probable que en un mismo día participe de forma distinta y asuma un papel que lo pone ensituaciones encontradas. Un automovilista se convierte en peatón al estacionar el coche. El que se baja de la bicicleta toma el metro para llegar a algún lado. 
Cada perspectiva es compleja y tiene puntos de vista válidos. Un peatón se queja de la falta de educación vial de un conductor cuando le echan encima el carro. Un ciclista se enoja si el del camión repartidor se da vuelta sin poner la direccional, sin notar su presencia. La semana pasada vi muchos accidentes viales. Peatones, ciclistas, pasajeros de transporte urbano, automovilistas, motociclistas, conductores de caminoes, de trailers luchamos por un espacio en la cinta asfáltica. Al mas débil le toca la peor parte.
Escuché a Xóchitl Gálvez decir que una muestra de máxima civilidad es ver a todos los ciudadanos moviéndose en forma armónica en el mismo espacio. Es decir, un camión junto a un ciclista que esta en medio de dos autos, precedido por más ciclistas y motociclistas que ven caminar a los que van a pie. Es cierto, yo he visto que eso se logra. La semana pasada estuve en el pueblo de Santa Rosa Tilostoc, en el Estado de México y en el camino rural que va de la autopista al centro del lugar vi como autos, bicicletas, burros, caballos, carretas, motocicletas, gente caminando avanzaban civilizadamente por el mismo camino. Se saludaban, se sonreían, no había conflicto. La velocidad de crucero es de veinte kilómetros por hora, la terracería no da para más. Veo díficil que eso pase en una calle de la capital de la Republica.
¿Por qué en Santa Rosa Tilostoc se logra lo que dice Xóchitl Gálvez y en la Ciudad de México no? Hay varias razones: la velocidad de crucero es mayor, la concentración de personas por metro cuadrado es más alta, los intereses son diferentes. El mundo adquiere otros matices cuando vas caminando que cuando vas sentado en el metro. No es igual manejar un autobús de pasajeros que un trailer con manzanas. Todos creemos tener la prioridad, todos nos adjudicamos la razón absoluta. Vemos un peatón atropellado, un ciclista accidentado, un choque de un auto compacto con un camión, casi a diario. ¿Qué pasa?
Pasa que dotamos a la ciudadanía de bicicletas pero no les dimos un espacio para circular. Tampoco dimos educación ni giramos instrucciones adecuadas. Cada quien debe tener un espacio para moverse en forma segura y debe de conocer las reglas de convivencia mas elementales. Los peatones necesitan tener banquetas dignas, los ciclicstas tienen que tener un carril protegido para circular, los camiones de carga un horario para ejercer sus funciones, los autobuses de pasajeros deben respetar límites de velocidad. Pero, en la Ciudad de Mexico eso no sucede.
En un afán de mejorar la imagen, de buscar reflectores por cuestiones que parecen servir a otros intereses que a la movilidad civilizada, aventaron bicicletas a circular en carriles centrales de arterias de viales. ¿Cómo no va haber accidentes si no ocupamos cada quien nuestro lugar? Los ciclistas circulan por las banquetas, los camiones de carga entran al Periférico y al Viaducto, los semáforos no funcionan buen, los peatones no cruzan en las esquinas y pocos pasos peatonales son usados, la vía pública está invadida de ouestos ambulantes y todos invadimos el lugar que le toca a otro. ¿Y la autoridad que debe ordenar este revoltijo? Tal vez esté en campaña, dando a conocer la modernidad que representa que en la Ciudad de México hay un plan moderno de movilidad que sólo se conoce en esas oficinas.

  

Lo que quedamos a deber

Hace treinta años volvió a temblar en la Ciudad de México. El terremoto del veinte de septiembre fue de menor intensidad que el del día anterior, sin embargo, causó más estragos. Han pasado tantos años y los sobrevivientes de esos terribles acontecimientos nos hicimos la promesa de que jamás veríamos a nuestra queridísima ciudad volverse a romper así. 

Ciertamente, los reglamentos de construcción se modificaron, tomaron en cuenta medidas antisísmicas, se modernizaron los procesos constructivos y se incluyeron artefactos que movieran las construcciones al vaivén de las ondas telúricas sin dañar. Lo importante era enumbrar la vida humana y preservarla a toda costa. Se daba relevancia a lo que impidiera volver a buscar a los nuestros entre cascajos.

Pero los recuerdos son débiles y el tiempo implacable. Muchos de los que hoy habitamos la Ciudad de México no vivieron la trágedia. Las promesas se olvidan y los compromisos se postergan. Los muertos ya no tienen voz. Debieran tenerla.

A treinta años de los terremotos de 1985 hemos quedado a deber. El uso de suelo sirve más como caldo de cultivo de corrupción, las licencias de construcción se reparten y se conceden por medio de mordidas, en los espacios en los que estaba prohibido edificar se alzan edificios de muchos niveles. En la Capital de la República se derribaron casas para hacer condominios horizontales, se transformaron terrenos unifamiliares en base para rascacielos con departamentos, centros de negocios, alberca, gimnasio y pisos de estacionamiento. 

¿Por qué olvidamos tan rápido? La autoridad del Gobierno Central saca las manos y señala a los Delegados que a su vez hacen lo mismo. Yo no fui, fue tete, pégale, pégales que ella fue. Y todos salen sonrientes, brincando alegremente de una posición a otra, de un cochupo al que le sigue. En la Ciudad too está prohibido para el que no le alcanza y permitido al que llega la precio. 

Las placas de Cocos y las del Pacífico volverán a chocar, ya lo han hecho. Es verdad, estamos mejor preparados que hace treinta años, sin embargo, hemos quedado a deber. Hemos olvidado que la noche del veinte de septiembre de 1985 hicimos una promesa que no hemos cumplido a cabalidad. No todavía.

  

Caminar con adolescentes

Hoy en la mañana caminé por el camellón del Paseo de la Reforma. La sensación de la arcilla en la suela de los zapatos, el rechinido de los zapatos con la tierra, los charcos que evidencian la tormenta del día anterior,  el barro tan resbaloso y el aroma a ciudad se mezclaron con la sensación de caminar con adolescentes.

Mientras avanzabamos por el tramo comprendido entre el Museo de Antropología y la calle de Arquímedes, ellas fijaban su atención en cosas realmente sorprendentes. No se dejaban impresionar por el pasado, ni se transportaban a los paseos de la Emperatriz, ni a las pretensiones juaristas, ni a los destellos populistas que quieren elevarse por los cielos de las tendencias mercadológicas para transformar una ciudad en marca. 

Ellas detenían la mirada en el jardinero que llenaba de flores el camellón, en la señora que empujaba el carrito de la basura, en la exposición fotográfica que cuelga de las rejas del Bosque de Chapultepec, En los patos que nadan en el lago o en la muestra escultórica. No todo les complacía, de hecho, para sorpresa mía, emitían juicios críticos sustentados. No entregaban su agrado facilmente. 

Apreciaban.

Determinaban de manera precisa el valor estético de las piezas, estimaban el valor artístico del autor, valoraban la forma en que las obras estaban expuestas y fotografiaban lo que les parecía mejor. Caminar con adolescentes resulta refrescante. Enciende la esperanza. El eterno lugar común que muestra el desastre de la juventud se contradice y se desmaterializa al caminar al lado de ellas.

Entonces la que evoca soy yo. Todos los Maximilianos, las Carlotas, las Margaritas, los Bénitos, las tendencias conservadoras y liberales habitaron los recuerdos colectivos.  El giro de la rueda del tiempo es impercetible. Es inexorable. Ellas se quedan mirando cosas que yo no vería, descubriendo puntos que yo pasaría por alto, descorriendo un telón hacia el futuro que se ve tan lejos cuando, en realidad, se nos viene encima.  

Caminar con adolescentes ayuda a poner la mente en blanco para llenarla de nuevas visiones. De vez en cuando, es bueno guardar silencio y escucharlas. Así, logro ver lo que se esconde detras de esas caritas. Me doy cuenta que su punto de vista es sorprendente. Descubro que  lo que atesoran en ese espacio tan indómito e inaccesible es maravilloso.

  

Museo de Memoria y Tolerancia

Ayer visité el Museo de Memoria y Tolerancia. Fue un ejercicio duro y también enriquecedor. Por lo general, los museos muestran la parte brillante del ser humano. Se exhiben las hermosuras que pueden salir de la mano de un artista, admiramos los trazos de una pintura, los avances de civilizaciones pasadas, las notas musicales que se fijaron en un pentagrama, los edificios, monumentos, esculturas, los adelantos científicos. Por eso es todo un choque enfrentarse a la parte oscura del Hombre.

Los crímenes de la Humanidad contra sí misma enchinan la piel, revuelven el estómago, dejan perplejo al visitante. Entonces, ¿por qué visitar un lugar en el que se exhibe el horror y la crueldad que un hombre perpetra en contra un semejante? Es verdad, en el Museo de Memoria y Tolerancia no vamos tras el placer estético, vamos a que se abra el corazón. La búsqueda, en todo caso, es a favor de la empatía.

Hoy, en este momento, mientras lees estás líneas, un niño está siendo abusado, una mujer está siendo maltratada, un hombre está siendo despreciado ¿por? Por su condición. Así de fuerte y así de estúpido. Rechazamos al diferente porque no es como nosotros. Porque no tiene mi tono de piel, mis preferencias, mis oportunidades. El rechazo engendra violencia. De la violencia germinan los actos más detestables y por los que la Humanidad debe avergonzarse.

¿Por qué ir al Museo de Memoria y Tolerancia? Para que no se repitan esas atrocidades y principalmente, para no ser parte de esas brutalidades. Para entender que yo puedo ser parte de la monstruosidad y que puedo estar colocada en cualquiera de los dos lados. Puedo sufrir el desenfreno del desprecio o puedo ser parte de la crueldad sin límites. Ninguna de las dos posturas me gusta.

Después de ir al Museo, de ver un vagón polaco que tenía como destino final Auschwitz, de sentir el tunel de libertad, de ver fotos de víctimas, de escuchar las voces de Hitler y Matin Luther King, entiendo que la bondad y el amor que deberían ser inherentes al hombre, en ocasiones fatales, han sido ahogados por el odio y la indiferencia, por la estupidez. Las salas abundan en el genocidio judio y en la cicatriz del Holocausto. Me hubiera gustado ver más salas sobre el camino de los migrantes, sobre el maltrato a indigenas, sobre los problemas en territorio nacional.

Es importante advertir que la visita nomes recomendada para niños pequeños. Hay fotos explícitas de muerte, vejación, tortura y abuso. Las peores pesadillas están expuestas con la intención de dejar huella y memoria histórica. En cambio, para jóvenes y adolescentes la visita puede ser enriquecedora. Mientras más temprano formemos consciencia, mejor.

Al salir, uno se pregunta ¿cómo hemos sido capaces de llegar a la Luna, de vencer enfermedades, de correr mas rápido que el sónido y no hemos logrado ver igual a nuestro semejante? Por eso, al salir de Museo de Memoria y Tolerancia hice un compromiso. Escribir estas líneas. Buscar que la visita no sea sólo una sensación pasajera, sino ir detrás de una reflexión de largo aliento que promueva la empatía con el distinto y recuerde que el Hombre también es capaz de generar oscuridad.

Visitar el Museo de Memoria y Tolerancia es el primer paso de muchos que hay que dar para generar la consciencia que nos lleve a vivir en un mundo más amable y, por lo tanto, mejor

  

Las batallas en el desierto (o la ternura del lenguaje)

Las batallas en el Desierto

José Emilio Pacheco

Fondo de Cultura Económico

México, 2010

Uno de los retos más grandes que enfrenta un escritor al empuñar la pluma es dar verosimilitud a los personajes. Para ello, es necesario dotarlos de atributos que le den forma, es decir, darles nombre, estructura física, edad, entorno y voz. De todos, uno de los más difíciles es la voz. Lograr que el lector identifique al personaje y que jamás quepa duda de quién es quién dentro de un cuento o una novela, es uno de los éxitos más grandes de un escritor. Lo es todavía más cuando la voz del personaje es tan entrañable como la de Carlitos, el Las batallas en el desierto. No en balde se convirtió en un clásico de forma inmediata.

Las batallas en el desierto es una novela corta de apenas treinta y seis páginas, en las que con la maestría de José Emilio Pacheco, se logra retratar en forma fiel y puntual la época de los años sesenta, en aquel momento en que la guerra Cristera se hallaba menos lejana de lo que nuestra infancia está ahora(19), en una Ciudad de México en la que ya había supermercados pero no televisión, radio tan solo (15). De una ciudad que es difícil imaginar con tranvías que corren sobre vías, en la que las fronteras entre los barrios se marcaban en otras formas y de la cual queda testimonio gracias a que hubo escritores que quisieron dejar memoria de aquellos años.

La brevedad de Las batallas en el desierto es una de las características más sorprendentes ya que en pocas páginas se retrata una sociedad, en toda su diversidad, con sus mitos y prejuicios, además de responder algunas de las preguntas que se plantean los adolescentes que están entrando a la etapa del descubrimiento.

La intención autoral explícita es dejar testimonio de una Ciudad de México que ya no existe: Demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad (51). La voz toma un lugar preponderante, la narración se hace en primera persona, son los recuerdos de un adulto de los años en que estaba a punto de ser adolescente y dejar de ser niño. ¿Demolieron también al niño?

La novela nos cuenta la historia del primer amor de Carlitos, el protagonista, cuando todavía era tan chico que no había más remedio que enamorarse de una mujer adulta… en el que los juegos las batallas en el desierto de un patio con piso de polvo de arcilla (19). José Emilio Pacheco eligió, con la precisión de un relojero, las mejores palabras que nos dejan ver el mundo desde los ojos de un niño. De un chico que estudia en una escuela de la colonia Roma en los tiempos de la presidencia de Miguel Alemán.

La vida de Carlitos, hijo de un emprendedor que ha fallado varias veces, que tiene una fábrica de jabón que está siendo devastada por la competencia de productos extranjeros, nos es narrada con el lenguaje de un niño de una familia católica, venida a menos, en los años cuarenta. En el escenario, vemos la realidad de un México enfrentado a problemas de salud Fue el año de la poliomielitis, escuelas llenas de niños con aparatos ortopédicos(16); a contrastes y adquisición de nuevas costumbres Pan Bimbo, jamón queso Kraft, tocino, margarina, mantequilla de maní, kétchup, mayonesa, mostaza. Eran todo lo contrario del pozole, la birria, las tostadas de pata y el chicharrón en salsa verde (27). O, los contrapuntos señalados con palabras como Empezábamos a comer hamburguesas, pays, donas, jotdogs, malteadas, aíscrim… La cocacola sepultaba las aguas frescas de Jamaica, chía, limón. Los pobres seguían tomando tepache (17).

                José Emilio Pacheco logra una novela que crea un vínculo entre Carlitos y el lector. Una relación forjada a base de palabras, puntos y comas que urden una anécdota, aparentemente simple, pero que está cimentada en una estructura compleja. El telón de fondo está siempre relacionado con los acontecimientos históricos de esos años y la tensión se maneja alrededor del tema de la corrupción. El presidente inauguraba enormes momentos inconclusos a sí mismo (19).

                Las batallas en el desierto es una novela que refleja una dimensión en la que los personajes viven en diferentes estratos sociales, rodeados de un entorno que los permiten convivir, por la casualidad de las circunstancias, que nos permite tener una visión muy cercana de lo que era la Ciudad de México de ese tiempo. Nos enteramos de que Carlitos es el nombre del narrador hasta la página veintinueve, como si Pacheco hubiera olvidado darle nombre a su protagonista, como si se hubiera percatado de esa falta cuando ya llevaba avanzado el texto.

Los diálogos se insertan en el cuerpo de los párrafos y la lectura se agiliza con las vivencias, los escenarios que nos preparan al momento cumbre del relato, el amor de Carlitos por Mariana, la madre de Jim, su mejor amigo. Si bien la emoción regente a lo largo del texto es ese amor infantil, es también el pretexto autoral para mostrar una vida oscurecida por habladurías, chismes que se sostienen por las personas de conducta intachable contra quienes no siguen esos patrones de conducta.

El amor de Carlitos lo vuelve humano, tangible y entrañable: Estaba sólo, nadie podía ayudarme. El mismo Héctor consideraba todo una gran travesura, algo divertido, un vidrio roto por un pelotazo. Ni mis padres ni mis hermanos ni Mondragón ni el padre Ferrán ni los autores de los tests se daban cuenta de nada, me juzgaban según sus leyes en las que no cabían mis actos (43). Carlitos es un niño lo suficientemente consciente para ver los juicios que los adultos, desde su visión, hacen de su conducta y al mismo tiempo lleno de sentimientos e ideales tan profundos que enfrentan a una sociedad que no logra comprender y eso constituye el nudo de la obra.

José Emilio Pacheco hizo de las palabras el vehículo que nos lleva al pasado y nos permite ver un panorama que ya no existe. Ya no existen esos edificios que fueron derrumbados y esos ideales de un hombre que recuerda por amor a su primera ilusión logra reflejar y denunciar de manera impecable las formas de un México que se llenó de polvo y terminó por desvanecerse. También hizo del lenguaje un instrumento maravilloso de ternura.

  

Los oficiales de policía Padilla y Jaramillo

Siempre me he preguntado por qué en México cuando uno ve a un oficial de la policía lejos de sentir protección, siente desamparo. Ayer tuve mi respuesta. Hace quince días empecé a dar un taller de emprendimiento en la Universidad del Claustro de Sor Juana, en el Centro de la Ciudad de México.
La fascinación que ejercen los callejones, los ritmos tan distintos que vive esa zona se la ciudad, lo viejo de sus edificios, las vistas llenas de cúpulas de iglesias antiguas y la Torre Latinoamericana como cereza del pastel hicieron que la ilusión por ir a trabajar ganara dimensión. Ayer la rompieron y la hicieron añicos. Hay que reconstruir.
Salí del Claustro alrededor de las nueve de la noche. A esas horas las calles están solas y oscuras. Tomé la calle de Isabel la Católica y al llegar a la esquina de República del Salvador quise dar vuelta a la derecha pero un oficial me advirtió que la vuelta estaba prohibida pues la calle es de uso exclusivo del Metrobús. Me eché en reversa de inmediato, sin siquiera haber pisado el carril prohibido. Tomé nuevamente la calle de Isabel la Católica y cien metros más adelante llegó un policía en motocicleta y me pidió que me orillara. Eligió el lugar mas oscuro. Sentí la piel chinita y el estómago me dio un vuelco. ¿Y ahora, qué quiere este sujeto?
La historia ya la pueden intuir, los amables policías del Centro Histórico de la Ciudad de México se agolparon en torno a mi coche como si fuera una manifestante con bomba molotov. Sirenas, luces, torretas y un enjambre de uniformados aparecieron de Dios sabe dónde. Los oficiales Jaramillo y Padilla me amenazaron con llevarme al corralón, me advirtieron que ya estaba dada una alerta por radio a todas las unidades de la zona para que no pudiera escapar y que si lo hacía había una pena corporal que purgar. ¿Qué hice?
Infringió la ley. ¿Cuándo? Se dio la vuelta en República del Salvador. No, me eché en reversa. Deme sus documentos. ¿Por? ¿Quiere que llame a la fuerza pública para que la arresten?
Estaba sola y rodeada por una jauría dispuesta a bajarme del coche y dejarme en la oscuridad de la calle. Yo seguía confundida, sin entender la gravedad de mi delito. Entregué mis documentos, temblando ante la posibilidad de pasar la noche en un separo del Ministerio Público del Centro. Ya lo antiguo de los edificios y los callejones no me parecían tan pintorescos. No había nada de romántico en la situación, todo era mas bien gótico. Era el tiempo de la Inquisición del siglo XXI, estaba siendo acusada por una falta que iba a cometer y tenía que pagar por ello.
Desesperada, y para mi propia sorpresa, empecé a llorar. Los hombres reaccionaron como perros frente a la sangre. Les di cuerda. Los nobles oficiales Padilla y Jaramillo se reían a carcajadas, llamaron a la grúa y le pidieron que me enganchara. Oiga, no pueden hacer eso, estoy en el vehículo. ¡Bájate, güera! ¡Ni la hagas de tos, madrecita! ¡Y no lloré que nadie le está haciendo nada!
Señores, vengo de trabajar, de hacer las cosas por la buena. Me equivoqué al tratar de dar una vuelta prohibida pero no la di. ¡Ay, güera, que necia eres! ¿Por qué no buscamos la manera de arreglar las cosas, madrecita? Adelántate, estaciónate allá en la esquina para ponernos de acuerdo.
No fue terror, fue pánico lo que sentí.
Siempre he defendido a los policías porque creo que son un sector muy maltratado, porque los tienen mal entrenados y sin muchas garantías. Creo firmemente en la figura del policía de la esquina, ese individuo que protege a la gente, la conoce y forma parte de la vida de los barrios. Ese uniformado que ayuda y da seguridad.
Por desgracia, ayer los agentes Padilla y Jaramillo se encargaron de ponerme frente a una realidad terrible. Ellos no quieren proteger a nadie, quieren extorsionar. El Centro está lleno de bandidos que portan uniforme, tienen permiso de sacar una pistola, tienen la autoridad de detener a una mujer y amenazarla con llevarla a los separos y meterla ahí a pasar la noche.
Mientras paso ese trago amargo, el Delegado de Cuauhtémoc pide licencia y se la dan. ¿Quien está encargado del despacho? La oficina del Jefe de Gobierno está a unos cuantos metros de donde, todos los días, se extorsiona a la gente de bien. ¿Qué nadie le contará lo que pasa justo en sus narices?
Ayer por la noche, Padilla y Jaramillo me trataron como delincuente por algo que iba a hacer mal pero no hice. Ahí está la respuesta. Por eso en México, la gente siente desamparo al ver a un policía en vez de sentirse protegida. Hay que reconstruir, lo malo es que los que deberían de ocuparse en hacerlo andan consagrados en buscarse otra posición que les permita seguir viviendo del erario público.

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