Rulfo

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo... Las primeras palabras de la novela de Rulfo son deslumbrantes. El lector recorre las líneas y entra a un mundo sin saber a dónde va a llegar. Se traspasa el umbral en forma inocente, y la magia de las letras empieza a apretar el cuello y no te suelta. Creemos que el oxígeno no llega al cerebro y por eso no entendemos. Tal vez no se trate de entender, se trate de resistir. 

La curiosidad que mata al gato fuerza al lector a seguir leyendo, a toparse con la locura de Susana San Juan que la mantiene a salvo, con la fraternidad de Abundio que guía a Juan Preciado, con el desprecio a Miguel Páramo y el circo de su muerte, con el pecado del Padre Rentería. Nos subimos a una ráfaga de viento polvosa que nos mete al centro de Comala que vive oyendo murmullos de los muertos que la habitan.

Rulfo escribió y luego guardó la pluma. No volvío a publicar nada. ¿Para qué? Ya estaba escrito y lo había hecho muy bien. Hoy, el hombre cumpliría cien años. Ese que en su juventud fue tan guapo y que logró cubrirse con un halo de misterio que se confeccionó a la medida para transformarlo en leyenda.

Recuerdo que un día, cuando era una niña pequeña, fuimos a cenar tacos a un lugar en la calle de Miguel Ángel de Quevedo que se llamaba Los Tecolotes, o Los Búhos o algo así. Al entrar, mi papá se agachó y me dijo: mira ese señor es Juan Rulfo, es escritor. El tono que ocupó fue casi reverencial, me dejó claro que eso de escribir era algo importante y que se le reserva a los grandes.

Lo recuerdo sentado en una mesa, como si estuviera esperando a alguien. Estaba solo, vestido de traje negro, bien peinado, con canas, camisa blanca, un lunar en la mejilla izquierda. Podría decir que lo que más me impresionó fue su mirada, pero lo que me llamó la atención fue la corbata de formas geométricas que usaba. Fumaba. En ese teimpo era normal y permitido que la gente sacara sus cigarros y los encendiera en todos lados. Me gustaría decir que esa noche hablamos de la fuerza narrariva de Rulfo, del uso austero del lenguaje, de la potencia de su palabra, de la estructura de Pedro Paramo, de la influencia del Llano en Llamas sobre los autores de boom, pero sería mentir. Rulfo no fue tema en nuestra mesa.

Buenas noches, dijimos al entrar y él respondió con una sonrisa. Mi mamá me dijo que era mala educación estarlo viendo, asi que me concentré en mi plato para que mi mamá no me regañara. Por eso, no puedo decir que desde niña me adentré en el misterio del silencio rulfiano, del testimonio de abandono que se imprime en el Comala individual de cada mexicano o que tuve la certeza de estar a unos metros de quien tuvo el poder infinito de crear. 

Me gustaría decir que Rulfo me sonrió, que me invitó a su mesa y que platiqué con él sobre la forma en la que escribió tantas maravillas y, desde luego, serían patrañas. Me encantaría presumir que Rulfo me reveló los secretos de la escritura y no haría más que evidenciar que soy una mentirosa. Me gustaría decir que no obedecí a mi madre y que me pasé toda la noche viendo a Juan Rulfo, pero no es cierto.

Me tengo que conformar con decir que una noche que fui a cenar tacos con mi familia, vi a Juan Rulfo. No es mucho y tal vez sea demasiado. La anécdota no está para encender fuegos narrativos, pero me valgo de ella para recordar a un escritor —lo digo con la reverencia que usó mi padre— que nació hace cien años. Es preciso celebrar esas mentes que nos dejaron legados tan maravillosos. 

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¿Y las letras de oro? Homenaje a Octavio Paz

No cabe duda de que no hay muerto malo. Tal parece que cuando alguien cruza el umbral de la muerte se gana, en automático, las cualidades que en vida nadie le reconoció. Así sucede con todos, lo mismo con el Charifas que con el gran Hidalgo. Algo pasa que cuando se extingue la vida, también se acaban los defectos. Los efectos de la personalidad del muerto se vuelven beatíficos y es muy mal visto que alguien rememore sus defectos o se acuerde de las cosas que hizo mal.
Se ve peor que aquellos que lo criticaron cuando aún estaba vivito y coleando intenten decir algo.
Esta amnesia frente a la muerte y este celebrar las cualidades ignoradas es una seña muy peculiar que se exacerba en el carácter de los mexicanos con respecto a los que ya no están. Es especialmente exagerada cuando se trata de figuras que le dan honra a la Nación. Con mayor entusiasmo si el sujeto en cuestión fue un hombre de pensamiento claro, de bellas letras, crítico culto y además Premio Nobel de Literatura.
Hoy, todos celebramos a Octavio Paz. Lo elevamos a los pedestales del honor, lo alabamos y festejamos que hace cien años abrió los ojos en el seno de una familia mexicana que vivía en el ombligo del mundo. Hoy, nadie recuerda ni se quiere acordar de aquellos que lo criticaron, lo tacharon de neoliberal, de traidor de la izquierda, de defensor de la dictadura perfecta. Sí, en el día de su cumpleaños se llevó a cabo una sesión solemne en la Cámara de Diputados y muchos de los que entonces lo atacaron ahora lo alabaron por ser una mente brillante, un hombre plural, un mexicano máximo. Hoy todo son loas y elogios. La amnesia selectiva de algunos sujetos es inaudita. Hoy todos, propios y extraños se deshacen en aclamaciones. Muchos son los arribistas que aprovechan la oportunidad.
¿Y el recelo que despertó por sus comentarios? ¿Y las palabras airadas que se ganó por defender una economía más próxima a Keynes que a Marx? Sí, tal vez no debemos recordar esas cosas, opinan algunos. Sí, las palabras de un poeta hablan por él. Los renglones de crítica literaria, sus reflexiones en torno a la mexicanidad, el espacio que le dio en su obra a los migrantes, las traducciones y el trabajo de Octavio Paz le ganaron un lugar de honor. Su obra habla más y mejor que esos elogios desabridos de quienes ya olvidaron todas las quejas y reclamos que en sus días le hicieron.
Paz merece mejores elogios. Merecemos los mexicanos ver inscrito con letra de oro el nombre de quién fuera una de las mejores plumas que ha dado México y que le dio tanta gloria a la Literatura.
¿Dónde está la generosidad que le debemos a este nombre? ¿Para qué tanto discurso y palabra insulsa? Su nombre merece aparecer entre los grandes y ser escrito inscrito con letras de oro. ¿O, no?

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