Ida Vitale, Premio Cervantes

Si no fuera porque al fondo de la imagen se ce al Rey de España de pie aplaudiendo, la fotografía pareciera la de una abuelita tan dulce y mirada de una mujer con cabellera totalmente blanca, arrugas marcadas y una sonrisa que parece que va a estallar en llanto. Pero, no es cualquier persona la que se lleva los brazos al pecho, es Ida Vitale la que abraza el Premio Cervantes.

Novelista, traductora, ensayista, académica y sobre todo, poeta, esta mujer uruguaya sabe de un tema que nos ocupa y nos preocupa: el exilio. Salió de aquel Uruguay agitado, con el salvoconducto del embajador de México en Montevideo y vino a estudiar a este país que ha sido tan afortunado al abrirle las puertas a tantas personas a lo largo de la Historia. “Un país de acogida que, a la vez, se benefició de la presencia de escritores…” dijo atinadamente el Rey de España sin dejar a un lado que sus propias tierras los habían expulsado. Sí, si no fuera por México tantos exiliados no habrían encontrado cobijo.

Ida Vitale recibió el premio como lo hacen las grandes: con humildad. Bella, a sus noventa y dos años, con la emoción que nos tocó como tantos de sus poemas, le arrebató ovaciones a su público que estalló en aplausos a favor de la premiada al recibir el Cervantes.

¿Por qué en Guanajuato?

Guanajuato tiene un amor perpetuo por Cervantes, por El Quijote de la Mancha y por los personajes cervantinos tan grande como no hay otro igual en el mundo. Ni Alcalá de Henares, ni Madrid, ni en los Campos de Criptana se le muestra la devoción de los fervorosos guanajuatenses. Se le ve en muchos sitios y de mil formas, aquí una  escultura, allá otra, por aquí una camiseta estampada con esa figura seca y estilizada. Reproducciones de pinturas, oleos, figuritas de barro, de metal, caricaturas adornan el paisaje y salen al encuentro de los caminantes que recorren las callejuelas y callejones de la ciudad. Todos saben quién es el Ingenioso Hidalgo aunque pocos hayan pasado las hojas del libro.

¿Qué hace Don Quijote tan lejos de La Mancha? La respuesta se ilimina con la pintura de Antonio Rodríguez Luna, Don Quijote en el exilio, un mural de técnica mixta, rectangular, de doscientos por trescientos cincuenta centímetros de dimensión. El pintor plasma sobre un azul plumbago de fondo, la figura tan blanca de Don Quijote montando a Rocinante que prescide una procesión. Atrás lo sigue un contingente que avanza a paso lento, cabizbajo, pintados en un azul denso que se vuelve un gris pesado que se alarga y se pierde en el horizonte de nubarrones ennegrecidos.

Por la manchega llanura se vuelve a ver la figura de Don Quijote pasar… Hazme un sitio en la montura, Rodríguez Luna salió de España, como tantos, y encontró el refugio a su destierro como muchos otros que partieron expulsados por El Generalísimo. Los campos manchegos se cambian por los del Bajío mexicano, como el mismo León Felipe lo dijo: no un triste Don Quijote en el exilio, sino uno que encontró nueva patria junto con los compatriotas aue lo trajeron consigo y fuimos recibidos con tal regocijo.

En el sentimiento reflejado en esta pintura, poesía plástica, encontramos la respuesta, al ¿por qué Guanajuato? El drama de republicanos que se refleja entre las pinceladas de una pieza que cuelga en el Museo Iconográfico del Quijote. El espacio es La hazaña de Eulalio Ferrer, cervantista y adorador del Quijote, que supo transmitir el amor hacia Cervantes, por las causas nobles y desinteresadas del Hidalgo, por la revelación de los ideales ocultos detras de la locura y por el llamado que desde el trastorno se hace a la razón. 

Antes de que los puristas me saquen los ojos y me agobien con las quejas de que el ícono no debe sustitur al personaje literario, y que la plástica no es literatura, permítanme recordar las palabras de Octavio Paz, Ardúa pero plausible, la pintura vuelve la tela blanca en ocre llano del que brota, en el povlo castellano, corporal arquitectura.   O, como dijo Agustín Yañez, el culto al señor Don Quijote encuentra una capilla ardiente que le propicia uberrimo culto.

Así que, ¿dónde si no en Guanajuato? Cervantes podrá reposar en su nueva tumba en el Monasterio de las Descalzas Reales, pero vive aquí, en este lugar que lo ha hecho eje de vida, promotor de cultura y signo de identidad. 

  

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