Restaurar

Mientras los expertos debaten sobre cómo se debe restaurar la Catedral de París, si debe de ser con los mismos materiales o si se deben utilizar nuevos, si se debe preservar la misma estructura o se puede renovar y en tanto unos van de un punto de vista al otro, en lo que todos estarán de acuerdo es que Notre Dame no puede quedarse en cenizas.

Me parece que restaurar, tal como lo define la RAE: “Poner una cosa en el estado o estimación que antes tenía”, requiere de una reflexión profunda. El espíritu original de Notre Dame era ser un templo, un espacio de oración en el que se venere a Dios desde la fe católica. Por fortuna, en Francia, al cardenal todavía no se le había ocurrido al feliz idea de cobrar por entrar a rezar como sucede en muchas partes de Europa, pero el espacio de oración era sumamente reducido y quienes entraban a la catedral lo hacían como quienes traspasan el umbral de un museo.

La reflexión debiera girar en torno a devolverle el estado y estimación por el cual se construyó. Los católicos hemos hecho muy mal en permitir que la devoción que merece un lugar dedicado al culto sea tratado como una sala de exhibición. Como ejemplo, en Jerusalem, los turistas no pueden entrar a la Mezquita de la Roca porque para ellos ese es un espacio santo.

Me parece que los católicos debiéramos empezar a replantearnos por qué el Islam, tan escrito en su observancia, está ganando espacios en una Francia que parece tan indiferente a los temas de fe. Restaurar Notre Dame puede significar, en estos momentos, devolverle esa tradición de irse a encontrar con Dios en un espacio dedicado a la Virgen María en todas sus advocaciones.

Muchos podrán pensar que exagero, sin embargo, Notre Dame es una Catedral y tal vez sea tiempo de recuperar su esencia, eso para lo que fue creada. Restaurar es, en esta condición, devolverle esa cualidad intrínseca para la que fue edificada.

Notre Dame de París

Uno piensa que la eternidad toca ciertos elementos que hay en la tierra. Es falso. Nada es para siempre. Tristemente, lo hoy hoy vemos, mañana puede no estar ahí. ¿Quién se hubiera atrevido a imaginar que la catedral de París dejaría de ser como siempre ha sido?

Las imágenes nos revolvieron el corazón. Notre Dame estaba envuelta en llamas y, a la distancia, nadie sabía por qué se había desatado un incendio de esa magnitud. Queríamos que los bomberos acabaran rápido, que pararan la destrucción y cuando cayó la aguja, los católicos perdimos para siempre uno de los monumentos más hermosos dedicados a Dios.

Las fotografías de dentro del templo reportan menos daños de los que creíamos que habría. Se perdió mucho, al menos no se perdió todo. Los católicos del mundo, los franceses, los parisinos, los que amamos el arte, los que creemos que Notre Dame es un lugar sagrado, los que admiramos lo que ahí se resguarda, los que sentimos devoción estamos de luto.

Esta Semana Santa, las conmemoraciones de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo tienen un tinte de dramatismo terrible. Hay mucha tristeza, hay duelo, hay pérdida. Por fortuna, todo quedó en un saldo blanco, sólo hubo heroicos bomberos que salieron heridos al tratar de rescatar la casa de María en París.

Nada es para siempre. Ni siquiera este dolor que nos parte el corazón. Se restaurará Notre Dame. No será lo mismo. El fuego se comió parte de este santuario, de sus cenizas se erigirá una nueva versión. Habrá heridas que se tengan que sanar. Hoy, los católicos necesitamos consuelo. No nos queda más que elevar la mirada al cielo y buscar la eternidad en aquel que es el motivo y fuente del amor que dura por siempre.

Recibir a los Reyes Magos

Cada mañana de seis de enero evoca en los católicos un sentimiento infantil que abre la puerta a una serie de recuerdos maravillosos. Y, son maravillosos porque nos vuelven a ese estado de la niñez en el que se mezcla la inocencia con la ilusión. La víspera nos acostamos temprano para recibir a los reyes del oriente que, dependiendo de nuestro comportamiento durante el año, nos dejaran lo que pedimos en la carta o carbon.

Esa noche, los niños se van a dormir sin rechistarle a los padres, dejarán a los pies del Árbol de Navidad su zapato para que los Reyes Magos identifiquen dónde deben de dejar la entrega en cuestión y también dejarán galletas y leche para los viajeros que seguro estarán cansados de darle la vuelta al mundo cargando regalos.

Como padres, la ilusión y la inocencia germinan en los corazones. Es convertirse en cómplice y testigos de felicidad. Las mañanas del seis de enero generalmente están cargadas de gozo, sonrisas y juego. Son gloriosas. Y, aunque no faltan los chistes, los cuentos y las anécdotas que narran situaciones amargas, la verdad sea dicha, Melchor, Gaspar y Baltazar son figuras que significan gusto para los niños.

El enigma de los Santos Reyes que vinieron siguiendo la Estrella de Belén es también una figura que encarna dos virtudes teologales: la esperanza y la fe. Los sabios de oriente salieron de la comodidad de sus reinos para ir en busca de Dios, escucharon el llamado, siguieron sus señales, caminaron, buscaron y recibieron su recompensa: adoraron al Niño Jesús en el pesebre. No se dejaron confundir por las apariencias, no se dejaron desanimar por el reto, no le tuvieron miedo a la incomodidad, padecieron la incomprensión, la incertidumbre y la duda con gallardía. Miraron al frente. Llegaron a su destino.

Tuvieron el discernimiento de sabios para diferenciar entre un rey malvado al que le notaron las intenciones y un bebé que estaba acostado en un pajar, entre animales, pastores y sus padres. Esa es la estampa navideña que nos traen los benditos Reyes Magos, la de la perseverancia que rinde frutos. Más allá de los regalos, más que el oro, incienso y mirra, los Santos Reyes nos dejan el regalo de la claridad de quienes con fe buscaron a Dios y lo encontraron.

Sacerdocio para las mujeres

El tema no es nada nuevo, la discusión lleva años, muchos años. En general, pensar en que una mujer tome los votos sacerdotales, causa escándalo. Para las católicas, resulta impensable, ese es un privilegio reservado a los hombres. No obsante, no todos los cristianos piensan igual. El 11 de noviembre de 1992, tras veinte polémicos años de intensos debates, el sínodo de la Iglesia Anglicana rompió con más de cuatro siglos de tradición al admitir el sacerdocio de las mujeres. Por supuesto, hubo reacciones.

 Hasta los propios elevaron las cejas. Mil sacerdotes de la Iglesia anglicana consideraron la determinación como un inadmisible alarde de modernidad y amenazaron, antes de emitir su voto, con renunciar e incluso a convertirse al catolicismo en el caso de aprobarse la ordenación de las mujeres en el seno de su iglesia. La Iglesia de Inglaterra se enfrentó al acontecimiento más revolucionario de su historia, desde que su fundador, el separatista Enrique VIII, decidiese romper con la autoridad de la Iglesia de Roma y provocase la escisión de la institución católica en 1530. Su amor por Ana Bolena y su deseo de contraer matrimonio con la que se convertiría en la segunda de sus seis esposas y sus ambiciones dinásticas dividieron a los cristianos.

Hoy, parece que el tema de las mujeres vuelve a causar divisiones. Hoy, la Iglesia católica, cauta, hace un esfuerzo consciente para mantenerse al margen de la decisión de la Iglesia Anglicana de ordenar a mujeres sacerdotes. Pero la  conocida rivalidad entre ambas iglesias no tarda en aflorar. El Vaticano califica la decisión como un grave obstáculo al proceso de reconciliación mantenido con la Iglesia de Inglaterra, que permanece inalterable.

Pasaron poco más de dos años para que el 11 de marzo de 1994, la Iglesia Anglicana volviera  a romper cánones. Treinta y dos mujeres protagonizaron una revolución con su acceso al sacerdocio. A finales de 1994 hay  más de mil son ‘ascendidas’ a sacerdotes y como tales están autorizadas a consagrar el pan y el vino en la eucaristía y a administrar la absolución. En Inglaterra hay cinco millones de católicos, lo que no implica que sean practicantes, poco más de una cuarta parte acude a misa los domingos.

En el 2016, el Papa Francisco declara: “El papa santo Juan Pablo II ha tenido la última palabra clara al respecto y esto sigue en pie”, en respuesta a las preguntas de los periodistas, subrayando que esta regla estará vigente para siempre, refiriéndose al documento de 1994 que estipula que las mujeres nunca podrán participar en el sacerdocio de conformidad con la tradición de la Iglesia. En Estados Unidos, Australia, Canadá y Swazilandia hay movimientos cristianos que ya autorizan la ordenación de mujeres como obispos. Conocido por su habilidad diplomática, Francisco dice ‘Hay muchas otras cosas que las mujeres hacen mejor que los hombres”, en referencia a la así llamada “dimensión femenina de la Iglesia”.

La fortuna de confesarme abiertamente católica prácticamente es que puedo hablar desde el conocimiento de mi ejercicio religioso. Voy a misa los domingos y veo más viejos que jóvenes en misa. Si me fijo con mayor cuidado, puedo contar a menos hombres sentados en las bancas. Hay más mujeres. También, sé que la mies es mucha y los operarios son pocos. Más allá de escándalos –cada sacerdote tendrá que darle cuentas a Dios por sus hechos y actos en su magisterio–, más allá de rivalidades, escisiones, gustos, me parece que un sacerdote está para hablar de amor, para acompañar, para consolar, para dar a conocer a Dios y eso se puede llevar a cabo desde la ternura femenina.

No habría que confundirnos, otorgar absolciones, consagrar no es un atributo de los hombres, es Dios que se vale del Hombre como instrumento. No sé, sin otro afán y entendiendo lo polémico del tema, me parece que si el Creador sólo quisiera herramientas masculinas, no nos habría dotado con los dones inherentes a la actividad sacerdotal. Cuando Dios no quiere, no dota. Dios no quiso que los hombres dieran a luz, no pueden parir, jamás lo podrán hacer. Pero, en mi condición femenina, cada día me topo con la posibilidad de dar consejo, amor, consuelo, compañía.  

Sabrá Dios, hoy hace veinte años la iglesia anglicana abrió sus puertas para dejar entrar a las mujeres a un lugar reservado a los hombres. ¿Que habra pensando el Altísimo desde su trono celestial? No sé, pero me lo imagino sonriendo.

Sacerdocio para las mujeres

El tema no es nada nuevo, la discusión lleva años, muchos años. En general, pensar en que una mujer tome los votos sacerdotales, causa escándalo. Para las católicas, resulta impensable, ese es un privilegio reservado a los hombres. No obsante, no todos los cristianos piensan igual. El 11 de noviembre de 1992, tras veinte polémicos años de intensos debates, el sínodo de la Iglesia Anglicana rompió con más de cuatro siglos de tradición al admitir el sacerdocio de las mujeres. Por supuesto, hubo reacciones.

 Hasta los propios elevaron las cejas. Mil sacerdotes de la Iglesia anglicana consideraron la determinación como un inadmisible alarde de modernidad y amenazaron, antes de emitir su voto, con renunciar e incluso a convertirse al catolicismo en el caso de aprobarse la ordenación de las mujeres en el seno de su iglesia. La Iglesia de Inglaterra se enfrentó al acontecimiento más revolucionario de su historia, desde que su fundador, el separatista Enrique VIII, decidiese romper con la autoridad de la Iglesia de Roma y provocase la escisión de la institución católica en 1530. Su amor por Ana Bolena y su deseo de contraer matrimonio con la que se convertiría en la segunda de sus seis esposas y sus ambiciones dinásticas dividieron a los cristianos.

Hoy, parece que el tema de las mujeres vuelve a causar divisiones. Hoy, la Iglesia católica, cauta, hace un esfuerzo consciente para mantenerse al margen de la decisión de la Iglesia Anglicana de ordenar a mujeres sacerdotes. Pero la  conocida rivalidad entre ambas iglesias no tarda en aflorar. El Vaticano califica la decisión como un grave obstáculo al proceso de reconciliación mantenido con la Iglesia de Inglaterra, que permanece inalterable.

Pasaron poco más de dos años para que el 11 de marzo de 1994, la Iglesia Anglicana volviera  a romper cánones. Treinta y dos mujeres protagonizaron una revolución con su acceso al sacerdocio. A finales de 1994 hay  más de mil son ‘ascendidas’ a sacerdotes y como tales están autorizadas a consagrar el pan y el vino en la eucaristía y a administrar la absolución. En Inglaterra hay cinco millones de católicos, lo que no implica que sean practicantes, poco más de una cuarta parte acude a misa los domingos.

En el 2016, el Papa Francisco declara: “El papa santo Juan Pablo II ha tenido la última palabra clara al respecto y esto sigue en pie”, en respuesta a las preguntas de los periodistas, subrayando que esta regla estará vigente para siempre, refiriéndose al documento de 1994 que estipula que las mujeres nunca podrán participar en el sacerdocio de conformidad con la tradición de la Iglesia. En Estados Unidos, Australia, Canadá y Swazilandia hay movimientos cristianos que ya autorizan la ordenación de mujeres como obispos. Conocido por su habilidad diplomática, Francisco dice ‘Hay muchas otras cosas que las mujeres hacen mejor que los hombres”, en referencia a la así llamada “dimensión femenina de la Iglesia”.

La fortuna de confesarme abiertamente católica prácticamente es que puedo hablar desde el conocimiento de mi ejercicio religioso. Voy a misa los domingos y veo más viejos que jóvenes en misa. Si me fijo con mayor cuidado, puedo contar a menos hombres sentados en las bancas. Hay más mujeres. También, sé que la mies es mucha y los operarios son pocos. Más allá de escándalos —cada sacerdote tendrá que darle cuentas a Dios por sus hechos y actos en su magisterio—, más allá de rivalidades, escisiones, gustos, me parece que un sacerdote está para hablar de amor, para acompañar, para consolar, para dar a conocer a Dios y eso se puede llevar a cabo desde la ternura femenina.

No habría que confundirnos, otorgar absolciones, consagrar no es un atributo de los hombres, es Dios que se vale del Hombre como instrumento. No sé, sin otro afán y entendiendo lo polémico del tema, me parece que si el Creador sólo quisiera herramientas masculinas, no nos habría dotado con los dones inherentes a la actividad sacerdotal. Cuando Dios no quiere, no dota. Dios no quiso que los hombres dieran a luz, no pueden parir, jamás lo podrán hacer. Pero, en mi condición femenina, cada día me topo con la posibilidad de dar consejo, amor, consuelo, compañía.  

Sabrá Dios, hoy hace veinte años la iglesia anglicana abrió sus puertas para dejar entrar a las mujeres a un lugar reservado a los hombres. ¿Que habra pensando el Altísimo desde su trono celestial? No sé, pero me lo imagino sonriendo.

Sacerdocio para las mujeres

El tema no es nada nuevo, la discusión lleva años, muchos años. En general, pensar en que una mujer tome los votos sacerdotales, causa escándalo. Para las católicas, resulta impensable, ese es un privilegio reservado a los hombres. No obsante, no todos los cristianos piensan igual. El 11 de noviembre de 1992, tras veinte polémicos años de intensos debates, el sínodo de la Iglesia Anglicana rompió con más de cuatro siglos de tradición al admitir el sacerdocio de las mujeres. Por supuesto, hubo reacciones.

 Hasta los propios elevaron las cejas. Mil sacerdotes de la Iglesia anglicana consideraron la determinación como un inadmisible alarde de modernidad y amenazaron, antes de emitir su voto, con renunciar e incluso a convertirse al catolicismo en el caso de aprobarse la ordenación de las mujeres en el seno de su iglesia. La Iglesia de Inglaterra se enfrentó al acontecimiento más revolucionario de su historia, desde que su fundador, el separatista Enrique VIII, decidiese romper con la autoridad de la Iglesia de Roma y provocase la escisión de la institución católica en 1530. Su amor por Ana Bolena y su deseo de contraer matrimonio con la que se convertiría en la segunda de sus seis esposas y sus ambiciones dinásticas dividieron a los cristianos.

Hoy, parece que el tema de las mujeres vuelve a causar divisiones. Hoy, la Iglesia católica, cauta, hace un esfuerzo consciente para mantenerse al margen de la decisión de la Iglesia Anglicana de ordenar a mujeres sacerdotes. Pero la  conocida rivalidad entre ambas iglesias no tarda en aflorar. El Vaticano califica la decisión como un grave obstáculo al proceso de reconciliación mantenido con la Iglesia de Inglaterra, que permanece inalterable.

Pasaron poco más de dos años para que el 11 de marzo de 1994, la Iglesia Anglicana volviera  a romper cánones. Treinta y dos mujeres protagonizaron una revolución con su acceso al sacerdocio. A finales de 1994 hay  más de mil son ‘ascendidas’ a sacerdotes y como tales están autorizadas a consagrar el pan y el vino en la eucaristía y a administrar la absolución. En Inglaterra hay cinco millones de católicos, lo que no implica que sean practicantes, poco más de una cuarta parte acude a misa los domingos.

En el 2016, el Papa Francisco declara: “El papa santo Juan Pablo II ha tenido la última palabra clara al respecto y esto sigue en pie”, en respuesta a las preguntas de los periodistas, subrayando que esta regla estará vigente para siempre, refiriéndose al documento de 1994 que estipula que las mujeres nunca podrán participar en el sacerdocio de conformidad con la tradición de la Iglesia. En Estados Unidos, Australia, Canadá y Swazilandia hay movimientos cristianos que ya autorizan la ordenación de mujeres como obispos. Conocido por su habilidad diplomática, Francisco dice ‘Hay muchas otras cosas que las mujeres hacen mejor que los hombres”, en referencia a la así llamada “dimensión femenina de la Iglesia”.

La fortuna de confesarme abiertamente católica prácticamente es que puedo hablar desde el conocimiento de mi ejercicio religioso. Voy a misa los domingos y veo más viejos que jóvenes en misa. Si me fijo con mayor cuidado, puedo contar a menos hombres sentados en las bancas. Hay más mujeres. También, sé que la mies es mucha y los operarios son pocos. Más allá de escándalos —cada sacerdote tendrá que darle cuentas a Dios por sus hechos y actos en su magisterio—, más allá de rivalidades, escisiones, gustos, me parece que un sacerdote está para hablar de amor, para acompañar, para consolar, para dar a conocer a Dios y eso se puede llevar a cabo desde la ternura femenina.

No habría que confundirnos, otorgar absolciones, consagrar no es un atributo de los hombres, es Dios que se vale del Hombre como instrumento. No sé, sin otro afán y entendiendo lo polémico del tema, me parece que si el Creador sólo quisiera herramientas masculinas, no nos habría dotado con los dones inherentes a la actividad sacerdotal. Cuando Dios no quiere, no dota. Dios no quiso que los hombres dieran a luz, no pueden parir, jamás lo podrán hacer. Pero, en mi condición femenina, cada día me topo con la posibilidad de dar consejo, amor, consuelo, compañía.  

Sabrá Dios, hoy hace veinte años la iglesia anglicana abrió sus puertas para dejar entrar a las mujeres a un lugar reservado a los hombres. ¿Que habra pensando el Altísimo desde su trono celestial? No sé, pero me lo imagino sonriendo.

Sacerdocio para las mujeres

El tema no es nada nuevo, la discusión lleva años, muchos años. En general, pensar en que una mujer tome los votos sacerdotales, causa escándalo. Para las católicas, resulta impensable, ese es un privilegio reservado a los hombres. No obsante, no todos los cristianos piensan igual. El 11 de noviembre de 1992, tras veinte polémicos años de intensos debates, el sínodo de la Iglesia Anglicana rompió con más de cuatro siglos de tradición al admitir el sacerdocio de las mujeres. Por supuesto, hubo reacciones.

 Hasta los propios elevaron las cejas. Mil sacerdotes de la Iglesia anglicana consideraron la determinación como un inadmisible alarde de modernidad y amenazaron, antes de emitir su voto, con renunciar e incluso a convertirse al catolicismo en el caso de aprobarse la ordenación de las mujeres en el seno de su iglesia. La Iglesia de Inglaterra se enfrentó al acontecimiento más revolucionario de su historia, desde que su fundador, el separatista Enrique VIII, decidiese romper con la autoridad de la Iglesia de Roma y provocase la escisión de la institución católica en 1530. Su amor por Ana Bolena y su deseo de contraer matrimonio con la que se convertiría en la segunda de sus seis esposas y sus ambiciones dinásticas dividieron a los cristianos.

Hoy, parece que el tema de las mujeres vuelve a causar divisiones. Hoy, la Iglesia católica, cauta, hace un esfuerzo consciente para mantenerse al margen de la decisión de la Iglesia Anglicana de ordenar a mujeres sacerdotes. Pero la  conocida rivalidad entre ambas iglesias no tarda en aflorar. El Vaticano califica la decisión como un grave obstáculo al proceso de reconciliación mantenido con la Iglesia de Inglaterra, que permanece inalterable.

Pasaron poco más de dos años para que el 11 de marzo de 1994, la Iglesia Anglicana volviera  a romper cánones. Treinta y dos mujeres protagonizaron una revolución con su acceso al sacerdocio. A finales de 1994 hay  más de mil son ‘ascendidas’ a sacerdotes y como tales están autorizadas a consagrar el pan y el vino en la eucaristía y a administrar la absolución. En Inglaterra hay cinco millones de católicos, lo que no implica que sean practicantes, poco más de una cuarta parte acude a misa los domingos.

En el 2016, el Papa Francisco declara: “El papa santo Juan Pablo II ha tenido la última palabra clara al respecto y esto sigue en pie”, en respuesta a las preguntas de los periodistas, subrayando que esta regla estará vigente para siempre, refiriéndose al documento de 1994 que estipula que las mujeres nunca podrán participar en el sacerdocio de conformidad con la tradición de la Iglesia. En Estados Unidos, Australia, Canadá y Swazilandia hay movimientos cristianos que ya autorizan la ordenación de mujeres como obispos. Conocido por su habilidad diplomática, Francisco dice ‘Hay muchas otras cosas que las mujeres hacen mejor que los hombres”, en referencia a la así llamada “dimensión femenina de la Iglesia”.

La fortuna de confesarme abiertamente católica prácticamente es que puedo hablar desde el conocimiento de mi ejercicio religioso. Voy a misa los domingos y veo más viejos que jóvenes en misa. Si me fijo con mayor cuidado, puedo contar a menos hombres sentados en las bancas. Hay más mujeres. También, sé que la mies es mucha y los operarios son pocos. Más allá de escándalos —cada sacerdote tendrá que darle cuentas a Dios por sus hechos y actos en su magisterio—, más allá de rivalidades, escisiones, gustos, me parece que un sacerdote está para hablar de amor, para acompañar, para consolar, para dar a conocer a Dios y eso se puede llevar a cabo desde la ternura femenina.

No habría que confundirnos, otorgar absolciones, consagrar no es un atributo de los hombres, es Dios que se vale del Hombre como instrumento. No sé, sin otro afán y entendiendo lo polémico del tema, me parece que si el Creador sólo quisiera herramientas masculinas, no nos habría dotado con los dones inherentes a la actividad sacerdotal. Cuando Dios no quiere, no dota. Dios no quiso que los hombres dieran a luz, no pueden parir, jamás lo podrán hacer. Pero, en mi condición femenina, cada día me topo con la posibilidad de dar consejo, amor, consuelo, compañía.  

Sabrá Dios, hoy hace veinte años la iglesia anglicana abrió sus puertas para dejar entrar a las mujeres a un lugar reservado a los hombres. ¿Que habra pensando el Altísimo desde su trono celestial? No sé, pero me lo imagino sonriendo.

Familia, la alegría del amor

Familia, según la RAE, es: Grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas o en lugares diferentes, y especialmente el formado por el matrimonio y los hijos. Así, la definición puede causar molestia a ciertos grupos. El concepto ha cambiado mucho. Hoy, las familias como las que describe la RAE son más bien raras. Lo común es encontrar familias uniparentales en las que la figura paterna no existe. Lo cotidiano es ver a mujeres que forman hogar, que cuidan hijos y hombres ausentes porque están trabajando lejos, porque  trabajan muchas horas y no pueden convivir con los hijos o porque abandonaron a las madres y se olvidaron de los hijos. También están las parejas rotas y los padres que ejercen paternidades de fin de semana o madres que sólo ven a sus hijos de vez en cuando. Por supuesto, existen los casos en que los roles tradicionales se intercambian, ella sale a trabajar y él se queda al cuidado del hogar. O, situaciones en las que hay dos papás o dos mamás en casa.  

En fin, la familia también se define como ese grupo de personas que están unidos por un lazo legal o religioso por el cual se valida un proyecto de vida común en el que generalmente se incluye a los hijos. Sí, aunque también hay planes que nacen de la unión libre o matrimonios que no tienen hijos. ¿Ellos no son familia? El termino ha evolucionado, las definiciones que hay a la mano no logran determinar con exactitud eso que nos enseñaron es la base de la sociedad. En esa condición, tenemos una crisis de identidad. Las definiciones deberían ser más amplias y más incluyentes para que todos se sientan identificados. Por eso, no es de extrañar que la familia haya sido tan criticada en los últimos tiempos y tan atacada. Lo indefinido aterra, lo perfecto da comezón.

Además, las familias tienen lo suyo. Competencia fraternal, preferencias, traiciones, favoritismos. Tragedias. Hermanos que le clavan una quijada de burro al más capaz, madres que incitan al hijo a engañar al padre, hijos que cambian  todo por un plato de lentejas, padres que son capaces de elevar las armas contra sus hijas. La complejidad del tema nos debe llevar a abordarlo desde lo básico. Si no sabemos definir lo qué es una familia, ¿cómo le vamos a dar un código de conducta? Las reglas estrictas, las normas de corrección y los juicios de valor no ayudan, más bien alejan. Parece que el Papa Francisco ha escuchado a su grey y emite una hermosa exhortación: La alegría del amor: sobre el amor en familia. Este documento brota de las reflexiones de los Sínodos de la familia y en ella Francisco abre las puertas de la Iglesia.

Los católicos vuelven a las conclusiones del Vaticano II. El Pontífice  incluye a los laicos y los ponen frente a la mirada amorosa de Dios. Cada quien, con su circunstancia y en consciencia, habla con la fuente de amor infinita y toma decisiones. Divorcios, anticonceptivos, paternidad responsable se deja al criterio del laico que, en conciencia, se pone frene a Dios y decide.  La Iglesia va en busca de sus ovejas y las invita al redil. Nada de exclusiones, se ofrece el acompañamiento pastoral por encima del juicio. Cada uno sabe su propia circunstancia y esa no es motivo de separación de Dios. Reconoce la complejidad de la vida familiar moderna, pero acentúa mucho más la necesidad de que la Iglesia y sus ministros estén cerca de las personas sin importar la situación en que se encuentren o lo alejados que se puedan sentir de la Iglesia. Amoris laetitia no es un texto teórico desconectado de los problemas reales de la gente.

Francisco nos da un texto impecablemente escrito que queda al alcance de cualquiera. Es un documento indispensable para cardenales y obispos, para curas y sacerdotes que también es accesible para cualquier católico. El autor nos exorta a leerlo con cuidado, con detenimiento, dando tiempo a la meditación, a que las palabras se asienten, tomen su lugar y nos lleven a una reflexión. Eso estoy haciendo. Lo leo con cuidado. Lo estoy disfrutando.

La lectura de Amoris laetitia está teniendo un efecto de amplio espectro. No puedo dejar de ver la pulcritud del documento, la precisión de lo escrito, la selección de los textos y las referencias que ocupó el Papa. También como católica me da mucho gusto sentirme cercana al pensamiento de mi pastor. Pero, sobretodo, he sentido una enorme alegría de recorrer los renglones de este exhorto. Me llena de gozo entender y concordar con el autor. Siento la mano de un abuelo experto, de un sabio que toma la mía y con   suavidad me guía a un camino. Al camino del amor, al que privilegia el acompañamiento por encima del jucio, la misericordia sobre el error, la disposición permanente y, sobre todo, la exposición directa a un Diosque más   que un juzgador, es una fuente de cariño absoluto. ¿Cómo no sentir esa alegría?

¿Clarito? Preguntó el Papa hace poco, en el vuelo que lo llevaba de regreso a Roma al concluir su visita pastoral a México. Sí, Su Santidad, clarísimo. Enhorabuena.

  

Pascuas de Resurrección 

El sudario está doblado, la mortaja no contiene el cuerpo. En el sepulcro que José que Arimatea ofreció a Jesús no hay nadie. Las mujeres que con las prisas de los acontecimientos de un viernes terrible que se anecia en convertirse en sábado, no pudieron amoertajarlo, habían ido a perfumar y a preparar los restos mortuorios del Maestro, encuentran el sepulcro vacío.

Forma es vacío y vacío es forma.

Apenas las toma el sobresalto, cuando un humilde jardinero les hace la pregunta que obra la maravilla de abrirlres los ojos: ¿por qué lo buscan entre los muertos? y, caen en la cuenta de que el milagro se ha consumado. Es Jesús mismo el que le hace la pregunta. Ahi ya no hay nadie. Después, muchos verán y creerán. Comerán con él, platicarán, escucharán, verán sus llagas y hasta meterán la mano en la herida del costado. Creerán. Otros, creeremos sin haber visto.

Forma es vacío y vacío es forma.

Las explicaciones de lo que sucedió en el sepulcro de Arimatea son siempre insuficientes para el que no quiere creer, ninguna evidencia basta. En cambio hay quienes abrazamos la fe mas allá de todo eso. Vivmos la fe como un don que nos ha sido dado de lo alto y agradecemos el ser depositarios de esa virtud. No se recibe por méritos propios, es un regalo.

Para los Cristianos, la Pascua de Resurrección es una fiesta de felicidad y júbilo. Es entender que las puertas se abrieron y que Jesús nos espera y que también está con nosotros, a la distancia del pensamiento. Sé que hay quienes no lo sienten así, no obsante, no por ello deja de ser cierto. 

Forma es vacío y vacío es forma.

La soledad del seplulcro es la evidencia de que ahí se cumplieron las palabras. El que tenga ojos, que vea. Esa es la invitación. En ese hueco sepulcral, en esa tumba, no hay nadie. Está vacía. Esa es la felicidad del cristiano. Jesús vive.

Así como las representaciones del camino al Calvario en Latinoamérica, Cristos dolientes, lastimados, sangrinetos, se aproximan con justicia a la verdad,  las hechas en Europa sobre el triunfo de Jesús son reflejo claro de lo que creemos que sucedió en el sepulcro. Salió un Jesús triunfante, fuerte, vencedor. La representación del resucitado que está en el frontispicio de la Basílica de San Pedro o en San Juan de Letrán enfrentan al observador con el milagro que hoy festejamos: ¡Resucitó, aleluya!

Forma es vacío y vacío es fondo.

Por ello, por todo en lo que creemos, por la alegría de la mejor noticia, por lo que sucedio en ese sepulcro, por las visitas que Jesús le hizo a sus discípulos, por las veces que me hace sentir su presencia, para los que tienen fe y para los que no la tienen, para los que la sienten robustecida y para aquellos que la ven flaquear, para todos: ¡Felices Pascuas de Resurrección!

  

Muerte de cruz

Para el mundo cristiano, el Viernes Santo es un día de reflexión. Pensamos en la muerte, en la muerte que para el corazón, que deja los pulmones sin aire, sin temperatura a la piel y le niega movimiento al cuerpo. En ese estado desconocido, que para tantos es definitivo y para otros significa un paso, meditamos. Para todos la muerte es algo tan difícil de entender. No nos gusta pensar en ella ni en primera persona ni en lo que sucederá cuando le pase a nuestros seres queridos. Mejor ni hablar del tema. 

La muerte de Jesús para los cristianos está envuelta entre signos. Se forma un arco simbólico entre el Pesebre de Belén y la Cruz del Calvario. Claro que es más fácil observar la escena de un nacimiento que contemplar el martirio de la muerte. Los católicos hemos reproducido escenas de la Cruz en miles de formas: pinturas, esculturas, vitrales. Las representaciones latinoamericanas se aproximan más a la verdad que las europeas.

Ahí la dificultad. Esos Cristos ensangrentados, coronados con espinas, heridos, tristes son imagenes que se acercan mucho a lo que sucedió y dan miedo. No hay misterios, la muerte sobresalta, inquieta incluso al más sereno. Los acontecimientos del Viernes Santo desasosegaron incluso a los más queridos por Jesús. Pedro, el más valiente fue cobarde. Judas traicionó. Todos corrieron espantados y se encerraron. 

Sólo la Madre y el más querido de sus apóstoles estuvieron al pie de la Cruz.

Siete palabras. 

No fueron suficientes los azotes, los clavos, las caídas, hubo que traspasar el costado con una lanza. El cuerpo sin vida de Jesús quedó colgado en la Cruz. Los evangelistas reportan un eclipse, se rasgó el manto del templo, la tierra tembló. El Hijo del Hombre moría. ¿La muerte, dónde está la muerte?, pregunta Pablo en la Primera Carta a los Corintios. Ahí, en ese cuerpo sin vida. En esa espalda lacerada, en esa frente perforada, en ese pecho abierto y entre esas llagas. Ahí está la muerte. Jesús se sometió a la muerte y no a cualquiera, a una muerte de cruz con todo lo que ello significó para las suyos en ese tiempo y para los que creemos en él sin haberlo visto.

La muerte de un cuerpo que entrega la vida. La que debe entrar en el sepulcro de Arimatea. La que no se mueve. La que todos, creyentes o no, encontraremos algún día.  

Muchos creeran que ese fue el final. Otros, como los apóstles ante la muerte, correrán asustados. Pocos se atreveran a fijar los ojos en el misterio y aguantar el signo de la Cruz. Juan y María se sobrepusieron al miedo y al dolor. Ahí estuvieron. Die pie, junto a Jesús. 

Hoy, los cristianos reflexionamos en torno a la muerte. Hoy, los que tenemos fe sabemos que perderla es tan fácil como correr a esconderse y conservarla es una cuestión de valor.  

  

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