Amanecer cerca del mar

Ver un amanecer cerca del mar nos lleva a entender porque Afrodita decidió que le rindieran culto cerca de la playa y no en las acrópolis. Para la diosa del amor que era la protectora de los marinos, estar cerca de sus protegidos era importante. No obstante, creo que la diosa llevaba otra agenda. El placer de ver como la oscuridad se vence ante la luz.

La magia de la primera claridad del día se potencia cerca del mar. Hay un diálogo entre las aguas que se contienen en el cielo y las que fueron separadas para la tierra. Las olas parecen mas tranquilas y la calma de las nubes que se aborregan se platican las esperanzas del nuevo día.

Si el cielo en lo alto se ve azul y rosa, el mar se convierte en el espejo que repite esa misma imagen y Afrodita levanta la batuta para dirigir una sinfonía silenciosa que solo los madrugadores pueden ver. Tal vez, la diosa despliega esa belleza para animar a salir al mar, para dar dulzura antes de empezar o, sencillamente lo haga por el gusto de darle un regalo a los que decidieron admirar las primeras horas en vez de dormir.

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El último día de vacaciones

La mañana del último día de vacaciones tiene un gusto agridulce. Abres los ojos, consultas el reloj y haces consciencia de que al día siguiente a esas horas ya andarás a la carreras,  en prisas vertigiosas que preceden a la adaptación propia de la cotidianidad. Sí, pero justo en este momento, sigues entre la cobijas, calientita, hecha bolita sintiendo el privilegio de estar todavía de asueto. 

Los últimos minutos de algo siempre son así. Las salas de espera en un aeropuerto antes de abordar el vuelo de regreso,los momentos   antes de subir por última vez al barco, la estación del tren cuando ya estás en el asiento esperando a que el vagón se ponga en movimiento, subir los peldaños del autobús que va a casa significan ese estar sin estar. Es como el resto del helado que está por teminar, sabe más rico.

La última mañana de vacaciones tiene esa delicia tibia de las sábanas que te retienen en la cama y la posibilidad de quedarse en ese abrazo alegremente. Claro que mientras estás así, también estás pensando en el día siguiente, en el ajetreo, en la lista de tareas por hacer, en los pendientes que habrá que hacer y en las ocupaciones que ya casi están aquí. Sí, pero todavía no.

Hay una nostalgia por lo que ya no será y que aún está. La tranquilidad vacacional se va infectando de cierta tensión. El aburrimiento se invade de emoción. Hay cierta urgencia porque comience lo que ha de venir y cierta resistencia por dejarlo llegar. Una resistencia natural flota en el aire que lucha contra esa urgencia de reanudar el día a día.

Las manecillas del reloj, desobedientes como son, ni aceptan quedarse inmóviles para eternizar la dulzura de las sábanas y las cobijas envolviendo el cuerpo, ni caen en la tentación de apresurar el paso para inaugurar las actividades diarias. Qué bueno que el tiempo no obedece más que a sus propios ritmos. Así, hoy, puedo sacar la nariz para verificar la temperatura exterior y volverme a cobijar, puedo acurrucarme y regresar la cabeza a la almohada. Mañana comenzarán las carreras.

Sí, eso será mañana.

  

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