¿Qué tan grande debe ser mi cementerio?

Pienso en lo simpático que este mundo global se ha vuelto. Tanto es así que me resulta extraño leer Babelia, el suplemento sabatino de El País, mientras espero abordar el avión que me regresará de Madrid a México, en vez de salir a comprarlo con mi marido, tal como lo hago cada semana. Así es, este planeta se acerca tanto que leer un periódico de cualquier parte del mundo es realmente sencillo, enterarse de lo que sucede al otro lado del mundo es tan fácil como contar con una conexión a Internet.
Y, a pesar de todo, seguimos divididos. No hace falta que nos separe un océano para encontrar un pretexto y fijar las las diferencia, los motivos de segregación. Están ahí, a milímetros de distancia, lo único que hace falta es poner la mirada más allá de la nariz para darse cuenta.
Antes de volar a España, estuve en Acapulco. Vi las diferencias que hay entre la gente decente y la que no lo es, vi a personas modificar su vocabulario para cambiar las palabras amables por las formas de mayor vulgaridad, vi a gente hacer trampas para ganarse un asiento en un avión, presumir influencias y empujase unos a otros sin importarles que sus hijos los estuvieran viendo. Vi a varios tirar la mascara de personas civilizadas para mostrar el rostro del verdadero salvaje.Y, eso fue lo de menos. Vi la rapiña, el robo de mercancías y la depredación de un almacén que tuvo la desgracia de haber conseguido un permiso de construcción que le autorizó a edificar la tienda en humedales y por eso se inundó. Supe de familias enteras que desaparecieron debajo del lodo y de más de cincuenta niños perdidos que fueron arrastrados por la corriente del agua que dejó Manuel en el puerto. Las fronteras en Acapulco se daban por canales de agua hedionda. La desigualdad se marcaba de forma acentuada entre los que estaban mojados y los que no.
Antes de volar de regreso leo la tragedia de la isla italiana de Lampedusa. Otra tragedia de inmigrantes africanos que buscan una mejor vida en Italia. No todos los sueños termonan boen, este terminó fatal. Todavía ayer seguían flotando cadáveres en el mar y ya se sabia que los inmigrantes muertos podían contarse por centenares. La alcaldesa, desesperada, pedía ayuda. Se dirigía al primer ministro, Enrico Letta, diciendo: Venga aquí a mirar el horror a la cara. Venga a contar los muertos conmigo.
¿Fue el señor Letta a la isla de Lampedusa? ¡Claro que no! Prefirió estar en la catedral de Asís para asistir, en primera fila, a la misa del Papa Francisco por las festividades del cuatro de octubre. Me pregunto lo que pensaría el Poverello de esta bella acción. Mientras en Italia y Europa se cruzan las criticas y las acusaciones, los muertos flotan en el Mediterráneo. Muchos se quedaron ahí, esperando a que los pescadores les aventaran sus redes y los salvaran. no recibieron ayuda, murieron tragando agua, exhaustos de luchar contra las olas, tristes de ver que un semejante no pudo ofrecerle la manos fue la xenofobia pudo más que la misericordia.
Así, Acapulco, Chilpancingo, Tixtla, Atoyac y varios municipios de Guerrero se llenaban de lodo mientras el señor gobernador festejaba con anticipación las fiestas patrias. El agua llegaba al cuello de la mayoría de los municipios del estado, pero al ejecutivo estatal no se le podía molestar en el festejo. Los abismos que separan a las personas a veces son de dimensiones milimétricas. Unos allá, otros acá. Ojalá no nos toque estar en el lugar incorrecto.
Como sucede en este simpático mundo global, todavía no se entierra a los muertos de la tragedia y ya empezaron los empellones políticos. Yo no fui, fue Teté. La alcaldesa de Lampedusa pregunta a los medios ¿Qué tan grande debe ser el cementerio de mi isla? Y mientras ella clasifica a los náufragos en dos grupos, los que sobrevivieron y los que no, en Roma gritan porque Europa no se ha hecho cargo de proteger sus fronteras, y se van como perros hambrientos en contra de esos diferentes que no tienen que comer.
Que los de allá no se acerquen a los de acá. Que los diferentes se regresen por los hoyos de los que salieron para invadir nuestras plazas, parques y jardines. ¡Cómo si el hambre, la necesidad y la diferencia se subsanaran elevando, aun más los muros!
Mientras en Italia y México la tragedia masiva se pone frente del escenario, en España ya se registro el primer muerto por desnutrición, es decir por hambre. No fue un subsahariano, fue jn ciudadano español.La muerte es terrible cuando se está del otro lado.
Hay países europeos que al elevar el reclamo en contra de inmigrantes dejan de ver que ellos también están expulsando a su gente. Europa la pasa mal, no hay trabajo, o hay muy poco. Los que hace unos días pedían leyes migratorias más duras hoy piden asilo en otro lugar del mundo. Es fácil cruzar del otro lado, pasar a ser diferente.
Por ello, mientras leo la sección de Babelia de El País antes de abordar el avión que me llevará a México, veo una foto en la que un guardia italiano le da la mano a un africano que no sabe nadar para ayudarlo a subir a la lancha de rescate. Si nos toca estar de un lado, lo mejor es extender la mano al que esta del otro. Volver la mirada a otro sitio es pecado mortal de obra, no de omisión.
La distancia entre ese hombre que logró auxilio y el que murió ahogado fue milimétrica y abismal. La separación entre mis hijas y mi marido que me esperan en casa es la que el proporciona una pantalla y una conexión de Internet para avisarles que ya estoy lista para abordar el avión que me llevará de Madrid a la Ciudad de México.

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Mata más una esperanza

Nunca como hoy entiendo el dicho este que dice Mata más una esperanza que una desilusión. La agonía de los padres de los doce jóvenes del barrio de Tepito que fueron secuestrados en el antro Heavens After de la Zona Rosa de la Ciudad de México terminó. Ya saben la verdad.
Aparecieron trece cadáveres en las inmediaciones de Talamanalco en una fosa clandestina en el rancho La Negra. Aarecieron trece, sólo cinco han sido identificados.
Es una desgracia, sin duda, pero ya saben lo que sucedió. La vida dejó de estar en pausa, la duda se despejó. La verdad, por más dolorosa que sea, libera. Es evidente que para estos padres no fue agradable recibir la llamada en la que fueron notificados de lo que sucedió con sus hijos. Pero, en medio de todo, la espera terminó.
Se acabó la duda. No habrá más días esperando que la puerta se abra para verlos entrar, ni habrá horas y horas junto al teléfono pidiéndole que suene para oír su voz, ni juntas con la policía para escuchar que el realidad no saben nada, ni con la autoridades que, en apariencia, daba golpes de ciego y no daban respuestas contundentes.
Después de noventa días les llegó la respuesta, no la que querían, sin embargo, sí la que esperaban. Después de tantos y tantos días, es obvio que estarían sospechando que la llamada no les iba a traer una noticia buena. Pero la esperanza es necia, se arraiga a pesar de que no haya razones, brota porque es lo último que debe morir.
Hoy la verdad, aunque dura, ya se conoce. Podrán las familias llorar a sus hijos. Enterrarlos. Decirles adiós. Darles una tumba. En estos momentos, después de noventa días de espera, pocos sabemos de la importancia de saber la verdad; de lo relevante de un pedazo de piedra que tenga grabados el nombre y las fechas de nacimiento y muerte de aquel ser tan querido. De un lugar para lograrlos y ¿por qué no? Para orar por ellos.
No. No hay consuelo. Pero hay que dar las condolencias. Acompañar ese dolor y esa herida que, siendo de ellos, también es nuestra.

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