Faltas de respeto

Parece que está de moda confundir la crítica con la falta de respeto. En muchos sentidos, la forma es el fondo y todo se puede decir, pero hay maneras. Las bravatas, el manoteo, los gritos, las palabras altisonantes divirten al público pero no dejan de ser un circo que se diluye pues es tan frágil como una burbuja de jabón. La vulgaridad de quien toma un micrófono para eructar, la falta de educación del que arrebata la palabra y no deja hablar, las valentonadas de quien escribe y publica una crítica sin sustento se repite una y otra vez con la facilidad que da el encono, pero hay que tener cuidado. No todo lo que brilla es oro.

Hablar mal del Presidente es el eterno lugar común. Hacer chistes de la autoridad es una costumbre vieja. Desde los tiempos de Tiberio, el pueblo se burlaba del emperador como una especie de catarsis frente al despota. Era una especie de revancha. No obstante, después de la risa ya no hay nada. Atreverse a gritar consignas no tiene mérito. Criticar requiere de argumentos sólidos y de sustento. Lo demás son espejos que nos quieren vender. Tristemente, el encono va ganando terreno y personas con prestigio emiten opiniones sin el más mínimo análisis. Ofenden por ofender y faltan al respeto con la responsabilidad de un niño que llega a una dulcería con la cartera abierta.

Me refiero a la facilidad con la que se falta al rigor crítico. Para decir que algo está mal, hay que decir qué fue incorrecto y las razones que sustentan esa opinión. Si esa condición no se da, estamos frente a un berrinchudo que hizo uso de un medio para escupir letras y manchar innecesariamente un espacio. Es un mal endémico que se da por doquier. Criticar a Putin, a Obama, a Rajoy, a Peña, y no se diga a Trump es muy fácil. Decir que son despotas, blandengues, irresponsables, tontos o abusivos es repetir lo evidente. Faltan razones.

Si digo que Putin es despota y doy cuenta de la falta de libertad de expresión, si digo que Obama fue un indigno Premio Nobel de la Paz y me refiero a las guerras que se han continuado e iniciado durante su gestión, si hago notar los meses que España lleva sin gobierno formal, si hablo de la forma en la que Peña maneja la política exterior y si analizo las veces en las que Trump dice una cosa y luego se desdice, entonces ya pasamos un flitro que se llama reflexión. Hay datos que apoyan los dichos. Hay base de argumentación.

Ultimamente, he leído artículos en prensa escrita en los que sus autores elevaron la pluma para insultar, (Denise Dresser, Reforma, 05/09), o subieron a la red una entrevista en la que le manotearon al Presidente Peña, no lo dejaron hablar, le arrebataron la palabra y se rieron de él en su cara (Carlos Marín/Milenio) y me parece lamentable. No se trata de defender a Enrique Peña Nieto, que él haga su trabajo. Se trata de evitar que la crítica se convierta en una bravata sin formato y sin sustento. Decirle estúpido al Primer Mandatario en un periódico parece audaz, pero para que lo sea hay que explicar. Entrevistar a gritos a la autoridad y no dejarlo hablar, aparentemente es muy valiente, pero para que lo sea hay que escuchar las respuestas.

El artículo que nada más insulta, es un desatino. La entrevista que plantea preguntas necesarias y no da espacio a las respuestas, es un desperdicio. Carlos Marín preguntó eso que muchos mexicanos quisieramos saber, pero su patanería no le permitio cerrar la boca para ver qué es lo que Peña tenía que contestar. Me quedé con las ganas de conocer las razones que le hicieron pensar al mandatario mexicano que invitar a Trump, pasando por alto a su Canciller y a la Embajadora, era buena idea. Si se le hubiera dado la oportunidad de contestar, tendríamos una verdadera pieza periodística. Así sólo quedó una falta de respeto.

Es peligroso aplaudir el abuso de la falta de respeto. El ánimo majadero se permea en el ambiente y trae consecuencias. Es alarmante que gente respetada, que académicos serios estén cruzando el umbral de la incorrección. No están midiendo las posibles resultantes. Si los pequeños entran en la emoción de la bravuconería, los estamos enseñando a ser intolerantes. Las consecuencias para las generaciones jóvenes y más vulnerables son terribles. Y, para no caer en lo criticado, va un dato duro: el nivel de abuso y complacencia a la intolerancia cobró otra víctima en Monterrey. Un chico de doce años optó por la muerte, decidió abandonar la vida porque no aguantó el abuso colectivo. Nuestros chicos aprenden rápido. Es mejor enseñarlos a debatir con argumentos que a gritar para hacerse escuchar. Es mejor educar para el respeto y no para que sea tan fácil faltar a la más mínima y elemental educación. Empezamos muertos de risa aplaudiendo al que se atreve a cruzar la línea y terminamos llorando a nuestros muertos.

Faltas de respeto

Parece que está de moda confundir la crítica con la falta de respeto. En muchos sentidos, la forma es el fondo y todo se puede decir, pero hay maneras. Las bravatas, el manoteo, los gritos, las palabras altisonantes divirten al público pero no dejan de ser un circo que se diluye pues es tan frágil como una burbuja de jabón. La vulgaridad de quien toma un micrófono para eructar, la falta de educación del que arrebata la palabra y no deja hablar, las valentonadas de quien escribe y publica una crítica sin sustento se repite una y otra vez con la facilidad que da el encono, pero hay que tener cuidado. No todo lo que brilla es oro.

Hablar mal del Presidente es el eterno lugar común. Hacer chistes de la autoridad es una costumbre vieja. Desde los tiempos de Tiberio, el pueblo se burlaba del emperador como una especie de catarsis frente al despota. Era una especie de revancha. No obstante, después de la risa ya no hay nada. Atreverse a gritar consignas no tiene mérito. Criticar requiere de argumentos sólidos y de sustento. Lo demás son espejos que nos quieren vender. Tristemente, el encono va ganando terreno y personas con prestigio emiten opiniones sin el más mínimo análisis. Ofenden por ofender y faltan al respeto con la responsabilidad de un niño que llega a una dulcería con la cartera abierta.

Me refiero a la facilidad con la que se falta al rigor crítico. Para decir que algo está mal, hay que decir qué fue incorrecto y las razones que sustentan esa opinión. Si esa condición no se da, estamos frente a un berrinchudo que hizo uso de un medio para escupir letras y manchar innecesariamente un espacio. Es un mal endémico que se da por doquier. Criticar a Putin, a Obama, a Rajoy, a Peña, y no se diga a Trump es muy fácil. Decir que son despotas, blandengues, irresponsables, tontos o abusivos es repetir lo evidente. Faltan razones.

Si digo que Putin es despota y doy cuenta de la falta de libertad de expresión, si digo que Obama fue un indigno Premio Nobel de la Paz y me refiero a las guerras que se han continuado e iniciado durante su gestión, si hago notar los meses que España lleva sin gobierno formal, si hablo de la forma en la que Peña maneja la política exterior y si analizo las veces en las que Trump dice una cosa y luego se desdice, entonces ya pasamos un flitro que se llama reflexión. Hay datos que apoyan los dichos. Hay base de argumentación.

Ultimamente, he leído artículos en prensa escrita en los que sus autores elevaron la pluma para insultar, (Denise Dresser, Reforma, 05/09), o subieron a la red una entrevista en la que le manotearon al Presidente Peña, no lo dejaron hablar, le arrebataron la palabra y se rieron de él en su cara (Carlos Marín/Milenio) y me parece lamentable. No se trata de defender a Enrique Peña Nieto, que él haga su trabajo. Se trata de evitar que la crítica se convierta en una bravata sin formato y sin sustento. Decirle estúpido al Primer Mandatario en un periódico parece audaz, pero para que lo sea hay que explicar. Entrevistar a gritos a la autoridad y no dejarlo hablar, aparentemente es muy valiente, pero para que lo sea hay que escuchar las respuestas.

El artículo que nada más insulta, es un desatino. La entrevista que plantea preguntas necesarias y no da espacio a las respuestas, es un desperdicio. Carlos Marín preguntó eso que muchos mexicanos quisieramos saber, pero su patanería no le permitio cerrar la boca para ver qué es lo que Peña tenía que contestar. Me quedé con las ganas de conocer las razones que le hicieron pensar al mandatario mexicano que invitar a Trump, pasando por alto a su Canciller y a la Embajadora, era buena idea. Si se le hubiera dado la oportunidad de contestar, tendríamos una verdadera pieza periodística. Así sólo quedó una falta de respeto.

Es peligroso aplaudir el abuso de la falta de respeto. El ánimo majadero se permea en el ambiente y trae consecuencias. Es alarmante que gente respetada, que académicos serios estén cruzando el umbral de la incorrección. No están midiendo las posibles resultantes. Si los pequeños entran en la emoción de la bravuconería, los estamos enseñando a ser intolerantes. Las consecuencias para las generaciones jóvenes y más vulnerables son terribles. Y, para no caer en lo criticado, va un dato duro: el nivel de abuso y complacencia a la intolerancia cobró otra víctima en Monterrey. Un chico de doce años optó por la muerte, decidió abandonar la vida porque no aguantó el abuso colectivo. Nuestros chicos aprenden rápido. Es mejor enseñarlos a debatir con argumentos que a gritar para hacerse escuchar. Es mejor educar para el respeto y no para que sea tan fácil faltar a la más mínima y elemental educación. Empezamos muertos de risa aplaudiendo al que se atreve a cruzar la línea y terminamos llorando a nuestros muertos.

Faltas de respeto

Parece que está de moda confundir la crítica con la falta de respeto. En muchos sentidos, la forma es el fondo y todo se puede decir, pero hay maneras. Las bravatas, el manoteo, los gritos, las palabras altisonantes divirten al público pero no dejan de ser un circo que se diluye pues es tan frágil como una burbuja de jabón. La vulgaridad de quien toma un micrófono para eructar, la falta de educación del que arrebata la palabra y no deja hablar, las valentonadas de quien escribe y publica una crítica sin sustento se repite una y otra vez con la facilidad que da el encono, pero hay que tener cuidado. No todo lo que brilla es oro.

Hablar mal del Presidente es el eterno lugar común. Hacer chistes de la autoridad es una costumbre vieja. Desde los tiempos de Tiberio, el pueblo se burlaba del emperador como una especie de catarsis frente al despota. Era una especie de revancha. No obstante, después de la risa ya no hay nada. Atreverse a gritar consignas no tiene mérito. Criticar requiere de argumentos sólidos y de sustento. Lo demás son espejos que nos quieren vender. Tristemente, el encono va ganando terreno y personas con prestigio emiten opiniones sin el más mínimo análisis. Ofenden por ofender y faltan al respeto con la responsabilidad de un niño que llega a una dulcería con la cartera abierta.

Me refiero a la facilidad con la que se falta al rigor crítico. Para decir que algo está mal, hay que decir qué fue incorrecto y las razones que sustentan esa opinión. Si esa condición no se da, estamos frente a un berrinchudo que hizo uso de un medio para escupir letras y manchar innecesariamente un espacio. Es un mal endémico que se da por doquier. Criticar a Putin, a Obama, a Rajoy, a Peña, y no se diga a Trump es muy fácil. Decir que son despotas, blandengues, irresponsables, tontos o abusivos es repetir lo evidente. Faltan razones.

Si digo que Putin es despota y doy cuenta de la falta de libertad de expresión, si digo que Obama fue un indigno Premio Nobel de la Paz y me refiero a las guerras que se han continuado e iniciado durante su gestión, si hago notar los meses que España lleva sin gobierno formal, si hablo de la forma en la que Peña maneja la política exterior y si analizo las veces en las que Trump dice una cosa y luego se desdice, entonces ya pasamos un flitro que se llama reflexión. Hay datos que apoyan los dichos. Hay base de argumentación.

Ultimamente, he leído artículos en prensa escrita en los que sus autores elevaron la pluma para insultar, (Denise Dresser, Reforma, 28/08), o subieron a la red una entrevista en la que le manotearon al Presidente Peña, no lo dejaron hablar, le arrebataron la palabra y se rieron de él en su cara (Carlos Marín/Milenio) y me parece lamentable. No se trata de defender a Enrique Peña Nieto, que él haga su trabajo. Se trata de evitar que la crítica se convierta en una bravata sin formato y sin sustento. Decirle estúpido al Primer Mandatario en un periódico parece audaz, pero para que lo sea hay que explicar. Entrevistar a gritos a la autoridad y no dejarlo hablar, aparentemente es muy valiente, pero para que lo sea hay que escuchar las respuestas.

El artículo que nada más insulta, es un desatino. La entrevista que plantea preguntas necesarias y no da espacio a las respuestas, es un desperdicio. Carlos Marín preguntó eso que muchos mexicanos quisieramos saber, pero su patanería no le permitio cerrar la boca para ver qué es lo que Peña tenía que contestar. Me quedé con las ganas de conocer las razones que le hicieron pensar al mandatario mexicano que invitar a Trump, pasando por alto a su Canciller y a la Embajadora, era buena idea. Si se le hubiera dado la oportunidad de contestar, tendríamos una verdadera pieza periodística. Así sólo quedó una falta de respeto.

Es peligroso aplaudir el abuso de la falta de respeto. El ánimo majadero se permea en el ambiente y trae consecuencias. Es alarmante que gente respetada, que académicos serios estén cruzando el umbral de la incorrección. No están midiendo las posibles resultantes. Si los pequeños entran en la emoción de la bravuconería, los estamos enseñando a ser intolerantes. Las consecuencias para las generaciones jóvenes y más vulnerables son terribles. Y, para no caer en lo criticado, va un dato duro: el nivel de abuso y complacencia a la intolerancia cobró otra víctima en Monterrey. Un chico de doce años optó por la muerte, decidió abandonar la vida porque no aguantó el abuso colectivo. Nuestros chicos aprenden rápido. Es mejor enseñarlos a debatir con argumentos que a gritar para hacerse escuchar. Es mejor educar para el respeto y no para que sea tan fácil faltar a la más mínima y elemental educación. Empezamos muertos de risa aplaudiendo al que se atreve a cruzar la línea y terminamos llorando a nuestros muertos. 

Faltas de respeto

Parece que está de moda confundir la crítica con la falta de respeto. En muchos sentidos, la forma es el fondo y todo se puede decir, pero hay maneras. Las bravatas, el manoteo, los gritos, las palabras altisonantes divirten al público pero no dejan de ser un circo que se diluye pues es tan frágil como una burbuja de jabón. La vulgaridad de quien toma un micrófono para eructar, la falta de educación del que arrebata la palabra y no deja hablar, las valentonadas de quien escribe y publica una crítica sin sustento se repite una y otra vez con la facilidad que da el encono, pero hay que tener cuidado. No todo lo que brilla es oro.

Hablar mal del Presidente es el eterno lugar común. Hacer chistes de la autoridad es una costumbre vieja. Desde los tiempos de Tiberio, el pueblo se burlaba del emperador como una especie de catarsis frente al despota. Era una especie de revancha. No obstante, después de la risa ya no hay nada. Atreverse a gritar consignas no tiene mérito. Criticar requiere de argumentos sólidos y de sustento. Lo demás son espejos que nos quieren vender. Tristemente, el encono va ganando terreno y personas con prestigio emiten opiniones sin el más mínimo análisis. Ofenden por ofender y faltan al respeto con la responsabilidad de un niño que llega a una dulcería con la cartera abierta.

Me refiero a la facilidad con la que se falta al rigor crítico. Para decir que algo está mal, hay que decir qué fue incorrecto y las razones que sustentan esa opinión. Si esa condición no se da, estamos frente a un berrinchudo que hizo uso de un medio para escupir letras y manchar innecesariamente un espacio. Es un mal endémico que se da por doquier. Criticar a Putin, a Obama, a Rajoy, a Peña, y no se diga a Trump es muy fácil. Decir que son despotas, blandengues, irresponsables, tontos o abusivos es repetir lo evidente. Faltan razones.

Si digo que Putin es despota y doy cuenta de la falta de libertad de expresión, si digo que Obama fue un indigno Premio Nobel de la Paz y me refiero a las guerras que se han continuado e iniciado durante su gestión, si hago notar los meses que España lleva sin gobierno formal, si hablo de la forma en la que Peña maneja la política exterior y si analizo las veces en las que Trump dice una cosa y luego se desdice, entonces ya pasamos un flitro que se llama reflexión. Hay datos que apoyan los dichos. Hay base de argumentación.

Ultimamente, he leído artículos en prensa escrita en los que sus autores elevaron la pluma para insultar, (Denise Dresser, Reforma, 05/09), o subieron a la red una entrevista en la que le manotearon al Presidente Peña, no lo dejaron hablar, le arrebataron la palabra y se rieron de él en su cara (Carlos Marín/Milenio) y me parece lamentable. No se trata de defender a Enrique Peña Nieto, que él haga su trabajo. Se trata de evitar que la crítica se convierta en una bravata sin formato y sin sustento. Decirle estúpido al Primer Mandatario en un periódico parece audaz, pero para que lo sea hay que explicar. Entrevistar a gritos a la autoridad y no dejarlo hablar, aparentemente es muy valiente, pero para que lo sea hay que escuchar las respuestas.

El artículo que nada más insulta, es un desatino. La entrevista que plantea preguntas necesarias y no da espacio a las respuestas, es un desperdicio. Carlos Marín preguntó eso que muchos mexicanos quisieramos saber, pero su patanería no le permitio cerrar la boca para ver qué es lo que Peña tenía que contestar. Me quedé con las ganas de conocer las razones que le hicieron pensar al mandatario mexicano que invitar a Trump, pasando por alto a su Canciller y a la Embajadora, era buena idea. Si se le hubiera dado la oportunidad de contestar, tendríamos una verdadera pieza periodística. Así sólo quedó una falta de respeto.

Es peligroso aplaudir el abuso de la falta de respeto. El ánimo majadero se permea en el ambiente y trae consecuencias. Es alarmante que gente respetada, que académicos serios estén cruzando el umbral de la incorrección. No están midiendo las posibles resultantes. Si los pequeños entran en la emoción de la bravuconería, los estamos enseñando a ser intolerantes. Las consecuencias para las generaciones jóvenes y más vulnerables son terribles. Y, para no caer en lo criticado, va un dato duro: el nivel de abuso y complacencia a la intolerancia cobró otra víctima en Monterrey. Un chico de doce años optó por la muerte, decidió abandonar la vida porque no aguantó el abuso colectivo. Nuestros chicos aprenden rápido. Es mejor enseñarlos a debatir con argumentos que a gritar para hacerse escuchar. Es mejor educar para el respeto y no para que sea tan fácil faltar a la más mínima y elemental educación. Empezamos muertos de risa aplaudiendo al que se atreve a cruzar la línea y terminamos llorando a nuestros muertos.

Culpa de los padres

Me pregunto qué pensará la madre de Héctor Alejandro Méndez Ramírez, cuando escucha las declaraciones del Secretario de Gobernación o del Jefe de Gobierno con respecto al bullying. ¿Qué sentirá una mujer que por la mañana despide a su hijo, lo manda a la escuela y se lo regresan casi muerto, cuando se entera que Emilio Chuayfett y Miguel Ángel Mancera dicen que los responsables del bullying son los padres de familia? Me pongo en el lugar de los padres de este niño que murió por los golpes de sus compañeros y porque una maestra no fue capaz de parar el abuso a tiempo. ¿Qué podrían haber hecho estos padres?
Cada mañana, millones de padres de familia confiamos la educación y la seguridad de nuestros hijos a una institución educativa que debe hacerse responsable de la academia y de la integridad física y psicológica de sus estudiantes. Muchos hasta pagamos por eso.
Es verdad, los padres debemos estar presentes y al pendiente de nuestra parte en la formación de nuestros niños. Sin embargo, creo firmemente en el trabajo en equipo que se debe hacer y en los puentes de comunicación que debe haber entre la escuela y la casa.
Aquí nadie debe sacarle las manos al asunto.
Cada quien debe cumplir a cabalidad con su tramo de responsabilidad. Aventarle la culpa a los padres de lo que sucede en las escuelas me parece negligente. Dejar a la escuela sola, también. Me cuesta trabajo escuchar las declaraciones de las autoridades porque me parece que se lavan las manos, como de costumbre.
Maestros desbordados, autoridades permisivas, niños agresivos, padres distraídos suena a una pésima combinación. Pero abrir la boca sin hacer nada, no se vale. Tengo una propuesta.
¿Y si cada quién hacemos lo que nos toca? Los padres debemos desalentar la violencia y acercarnos a nuestros hijos, hablar y enteramos de lo que sucede en sus vidas. La escuela debe propiciar ambientes cordiales y los maestros deben asegurarse de que así sea. Si algo se sale de orden, hay que comunicar. Muchos padres, especialmente de adolescentes no saben lo que sucede con sus hijos, no porque no estén al cuidado sino porque ellos se portan de una forma en casa y de otra fuera de ella. No hay que asustarse, así es la naturaleza humana.
Si algo anda mal en la escuela, la casa debe apoyar y corregir. Lo mismo debe suceder en ambas vías. Pero si los colegios no informan, los maestros se distraen o no quieren meter las manos, los padres seguramente no nos enteraremos. Por eso pasan las tragedias como la de Tamaulipas con Héctor Alejandro que por desgracia quedará como un estigma.
Me parece injusto culpar a los padres por el bullying. Especialmente cuando los abusos suceden en presencia de autoridades escolares, en terrenos en los que ni padres ni madres están presentes. Estamos en mal camino si buscamos a quién echarle la culpa del bullying en vez de ocuparnos en encontrar caminos de solución. ¿Y las víctimas?
Si las partes interesadas se avientan la bolita ¿quién protege a las víctimas?

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Agitando el avispero

La violencia no se contrarresta con más violencia, es al revés, se exacerba. Esta semana que recién concluye se enterró a Héctor Alejandro en Tampico quien murió después que sus compañeros lo estrellaron varias veces contra la pared. Pero hace unas cuantas semanas vimos como en las tribunas de un partido de futbol, la porra casi mata a un policía, y en un barrio de la Ciudad de México los habitantes apedrearon a varios guardias que cuidaban las obras de entubamiento de agua potable. También hemos visto como en Michoacán las autodefensas pasan de ser defensores de la sociedad, a narcos mimetizados, a héroes que reguardan al pueblo, a ser amenazas.
En medio de tanta violencia las personas nos sentimos desprotegidas. Los que deben hacer su trabajo, no lo hacen. Los que requieren de mayor atención son los niños y jóvenes. Se nos olvida que México es un país firmante de la Convención sobre Derechos de los Niños y que el compromiso es que el Estado adopté medidas legislativas, administrativas y sociales para protegerlos.
El menor debe ser cuidado y garantizar que estará libre de toda forma de prejuicio, abuso físico o mental, descuido o trato negligente, malos modos, o explotación. La seguridad de nuestros niños debe ser una prioridad permanente, no una moda pasajera o una ocupación momentánea.
Por desgracia, sé de muchas instituciones educativas que no son congruentes, se pronuncian por la no violencia, hablan de equidad de género, escriben sobre acoso escolar y a la hora de tener que honrar las palabras con hechos, todo se cae como un castillo de arena.
Me da gusto que el Presidente Peña haga compromisos para detener el acoso escolar, sin embargo, mientras los padres de familia no estemos al pendiente y las autoridades escolares no activen protocolos antiviolencia, seguiremos en un marco de abuso creciente. ¡Basta ya!
Sé de autoridades en escuelas particulares que lejos de promover la denuncia y apoyar a las víctimas de abuso, cuestionan a los que sufren abuso o violencia de género. Nada menos la semana pasada, en un incidente de violencia de género, la psicóloga de una escuela muy prestigiada de la Ciudad de México se atrevió a preguntarle a una niña qué había hecho para recibir insultos. En una actitud de inquisidora del siglo XVI, misógina a ultranza, arrinconó a la alumna y le dijo, después de los insultos recibidos, que ésta era una lección de vida para que no volviera a provocar a sus compañeros. ¿Y la autoestima de la niña? A esta mujer no le interesó.
Mientras existan psicólogas incompetentes, autoridades complacientes, maestros ineptos y víctimas sin atención, será imposible acabar con la violencia. Al mismo tiempo que en Tampico enterraban a Héctor Alejandro, una niña en la Ciudad de México era llevada a la oficina de la escuela para ser cuestionada en vez de ser protegida. Fue víctima dos veces.
El presidente tiene razón, el nivel de violencia en las escuelas es reflejo de lo que se vive en las calles. Es necesario que maestros, estudiantes, autoridades escolares combatamos el fenómeno de manera frontal y decidida. De otra forma, nada más estamos agitando el avispero.

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Violencia y omisión

Nadie ha dicho que ser maestro de secundaria sea fácil,todo lo contrario. Los chicos a esa edad son sumamente inquietos, dispersos, inestables, volubles y dependiendo del temperamento y educación pueden ser groseros y agresivos.
Para ser maestro de secundaria se requiere de algo más que paciencia y conocimiento del tema, hace falta vocación. Si dar clases a muchachos no resulta agradable o no es gratificante en ningún sentido, mejor ni acercarse al aula.
Lo malo es que tenemos salones de clases con maestros que preferirían estar en otro lado y no frente a sus alumnos. Aceptan dar clases por ser su última o única alternativa, en vez de que sea su modo de realización en la vida. Es cierto que el trabajo de un maestro es poco valorado, mal pagado, ni hablar. También es verdad que hay gente a la que no le es suficiente ver como se le ilumina el rostro a un jovencito cuando le sale bien un ejercicio, cuando resuelve correctamente un examen o cuando reciben una buena calificación.
Pero, si no es fácil ser maestro de secundaria, es peor ser un padre o una madre que por negligencia y omisión recibe a su hijo lastimado por un pleito a golpes, víctima de acoso escolar o a su hija insultada, martirizada por violencia de género.
El problema es grave y crece a velocidades vertiginosas. Las consecuencias fatales como el asesinato de Héctor Alejandro Méndez Ramírez deberían hacernos reflexionar. ¿Dónde estaban las autoridades de la escuela? ¿De qué están hechos los profesores que no pudieron —o no quisieron— parar esta tragedia? ¿Qué pensaba la psicóloga de la escuela?
En las declaraciones ante el Ministerio Público de la maestra de español Denise Serna Muñiz se justifica diciendo que cada vez que azotaban a Héctor contra la pared él se levantaba riéndose. Mejor debería de callarse. Ella debió parar ese juego desmedido, sancionar a los abusadores y dar atención a la víctima.
Héctor Alejandro no contó con el auxilio de nadie, ni de la maestra que le negó ayuda, ni la trabajadora social, ni el director estuvieron ahí para detener la tragedia. Nadie estuvo ahí para la víctima. ¿En qué estarían pensando los docentes y autoridades de la escuela? Seguro estaban entretenidos en las pantallas de su teléfono mientras mataban a un estudiante que pidió auxilio.
La subdirectora de la institución, Sandra Luz Garza, y el supervisor de secundarias de la zona 4, Paulino Galaviz, están señalados de incurrir en omisión y desacato de protocolos de seguridad y atención a hechos relacionados con estudiantes y que habrían provocado el deceso del alumno de la secundaria “Eleazar Cervantes Gómez”, en Ciudad Victoria. Es decir, no han fallado una sino dos veces. ¿Cuántos niños más deben morir por negligencia? ¿Cuantas víctimas de violencia más se necesitan para sancionar la falta de atención?
El aumento de bullying y de violencia de género en las escuelas secundarias aumenta por la omisión de los que deberían estar a cargo. Son problemas difíciles que se complican más si no se atienden desde el principio y si no se paran desde su origen. Lo malo es que los maestros no se quieren molestar, no quieren recibir insultos, malas caras o faltas de respeto. No hay sorpresas, así son los chicos. Pero también son tiernos, ingeniosos, simpáticos y sorprendentes si se les sabe tratar. No es culpa de los adolescentes, es culpa de los adultos que no los saben controlar.
Aquí el problema es la falta de vocación de los que están a cargo de los jóvenes. Ya dije que no es fácil ser maestro de secundara, pero hoy más que nunca, hay que sacar del aula a la gente que no tenga vocación.
Si a la maestra le molestan los muchachos, si las psicólogas se incomodan con las preguntas, si los prefectos no quieren hacerse cargo, si los directivos no quieren meter las manos, que se vayan. Busquen otro trabajo ¿Qué hacen ahí?
Lo único que hacen con su omisión es provocar que las cifras de bullying y violencia de género aumenten a velocidades vertiginosas.

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Toms y Abercrombie and Fat

Lo que se ve no se juzga, reza el dicho popular. Por lo tanto, calladitos nos vemos más bonitos. Eso aplica para la vida personal como para el quehacer profesional. Desgraciadamente el mundo empresarial nos empuja a hablar, a publicitar, a abrir la boca. La discreción se valora poco, se vulnera y este desparpajo cobra cuotas caras cuando se lleva a la exageración.
Miren nada más los esfuerzos que está haciendo la marca Abercrombie and Fitch para lavar su imagen después que a su CEO se le fue la lengua. Dijo, y todos lo sabíamos, que ellos creaban ropa para adolescentes guapos, delgados y exitosos. No se tenía que ser muy inteligente para darse cuenta, bastaba con entrar a la tienda. El volumen de la música en sus locales es estruendosamente elevado, sólo los jóvenes la aguantan; las tallas que ofrecen son para personas flacas, la última vez que estuve en una de sus sucursales no recuerdo haber visto tallas marcadas con la etiqueta XXL en ninguno de los anaqueles; los precios dan una barrera de entrada y restringen la adquisición de sus prendas a cierto sector de la población mundial. Es decir, sin palabras, ya estaba dicho, qué necesidad de abrir la boca. ¿O, será necedad? Es evidente, A&F tiene y siempre ha tenido claro su mercado objetivo, lo que constituye un acierto, lo desafortunado es que, al emitir declaraciones sin cuidado que hieran sentimientos. Ahora vemos una campaña de limpieza que suena poco sincera. Después de haber jugado con las palabras de la marca, —Abercrombie & Fitch, Abercrombie & Fit, Abercrombie and Fat—, es difícil componer las cosas. La gente ve esta campaña como una bandera de hipocresía, el esfuerzo les salió peor. Lejos de lavar su nombre, lo ensucian más.
Las declaraciones de Mikel Jeffries, capitán de A&F, destaparon una cloaca y se les salieron de lugar los fantasmas. Ya no saben como detener el odio que generaron contra la marca. Por un hoyito les brotó un géiser. Se desconfía de la honestidad de la marca, se le acusa de haber intimidado a los que no cumplían con sus estándares de belleza, los jóvenes no creen en la sinceridad de la compañía y todos opinan que la campaña en la que sale una modelo talla XXL no es creíble.
Mal. Y peor el #Fitchthehomless, que invitaba a la gente a regalar las prendas de la marca a indigentes, se volvió trending topic, y el video que se subió a Youtube para apoyar la idea lleva siete millones de visitas.
Por su lado y en el otro extremo de la recta, la firma de alpargatas Toms, lanzó una campaña para ayudar a niños pobres del planeta. El programa “One for one” dona a pequeños de escasos recursos un par de alpargatas por cada uno que venda. Evidentemente, la marca se ha vuelto de las más populares. La gente sabe que son una opción cómoda y versátil para los fines de semana o para las vacaciones, que además tiene un programa de ayuda.
Bien. No sólo son una opción divertida sino con causa. Incluyen modelos jóvenes y viejos, de todos los colores y sabores. Una verdadera estrategia aderezada con responsabilidad social funciona.
Si la campaña en protesta contra A&F progresa, será posible ver indigentes usando una playera de algodón con un alce bordado y alpargatas. La diferencia radicará en la forma en que unas ya otras llegarían a ese destino.

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Transporte escolar

Todos los días, a las seis de la mañana, despido a mis hijas. Es la hora en la que el transporte escolar pasa por ellas. Será hasta diez minutos antes de que den las cuatro de la tarde cuando regresen a casa. Casi diez hora fuera y más del veinte por ciento de ese tiempo están en el autobús escolar. Se van antes de que salga el sol, regresan mareadas. Es verdad que la promesa es que lleguen a las tres y veinte, pero en la Ciudad de México no hay palabra de honor cuando se trata de tránsito.
Jamás he estado de acuerdo con la imposición del servicio de transporte escolar. No es únicamente el incremento en el gasto familiar y el golpe al flujo de efectivo de la casa, que es duro créanme, un quince por ciento adicional no es poco, en una economía en la que los sueldos crecen a niveles cercanos a cero.
En honor a la verdad, debo decir que para el colegio de mis hijas el asunto del autobús escolar no es negocio, es más bien una complicación. He hecho cuentas, ya les dije que a mi me gusta contar, y llegué a la conclusión de que facturan este servicio prácticamente al costo. Además fue de las pocas instituciones que se defendió con unas y dientes para no imponer a los padres esta carga adicional. Sin embargo, desde el año pasado hubo que acatar la disposición.
He esperado un año para ver los beneficios de esta ocurrencia oficial. Sigo esperando. Me argumentaron que los niveles de contaminación bajarían al reducirse el número de coches en circulación. Ni bajó la contaminación, ni se redujo el numero de coches circulando. Me dijeron que se elevaría la velocidad promedio de crucero en la ciudad y por lo tanto disminuirían las emisiones de gases contaminantes. Eso sí sucedió, la velocidad aumentó de 20 a 25 km/ hr. en la cuadra donde esta la escuela. Por desgracia los semáforos están mal sincronizados y a la siguiente cuadra invariablemente toca un alto que provoca embotellamientos y emisiones que se querían evitar. La velocidad de crucero baja a 0 km/hr. ¿Entonces?
Puedo hablar eternamente de lo mal que ha funcionado esta disposición oficial, de los pocos resultados que ha dado en términos de vialidad. También puedo decir que para muchas familias este servicio les aligera la vida y les es muy útil. Padres y madres ganan tiempo y productividad al no tener que ir por sus hijos a la escuela. Si, por eso este servicio debería ser opcional.
En mi caso el ritmo familiar se ha alterado. Las horas de comida que eran las de convivencia familiar se han trastocado. Esto no es poca cosa. Se han violentado los espacios de comunicación, los momentos que en torno a la mesa, acompañados por el pan ya la sal, convivíamos y nos enterábamos de lo que sucedía en la vida de cada uno. Y soy de las afortunadas que únicamente se le movieron los horarios.
Muchas familias padecen, igual que yo, el transporte escolar, pues han perdido definitivamente esos minutos de cercanía. Para muchos padres, el trayecto de la casa a la escuela en las mañanas, era la oportunidad para estar con sus hijos, pues salen a trabajar ya llegan tan tarde que encuentran a los hijos dormidos. Para muchas madres ir a recoger a sus hijos era la oportunidad para conocer a sus amigos, platicar con otras madres, enterarse por otras fuentes de lo que pasa en el entorno escolar. Estar al pendiente.
Eso sin hablar de que hay estudios de que el autobús es un lugar propicio para el bullying, para que los niños se descontrolen y hagan fechorías, de unos a otros o a transeúntes o conductores de vehículos. En el mejor escenario, los niños llegan hartos a casa después de un trayecto de más de una hora, en comparación con los minutos de recorrido cuando los recogían sus padres.
A la luz de los resultados esperados por las autoridades de la ciudad, me parece que se ha perdido más de lo que se ha ganado. Ya ha pasado un año y no veo frutos. Insisto, el transporte escolar debería ser una opción, no una imposición.

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