Enojos y enconos

Nuestro planeta esta viviendo tiempos de mucho enojo y de necesidad de venganza. Es un fenómeno que devino de llevar al al poder a sujetos populistas que al son de divide y vencerás, se olvidan de la solidaridad y la justicia social. Tristemente, estos personajes que son tan valientes en la palestra frente al micrófono, se achican frente a las crisis y tiemblan por las esquinas aferrados al cetro que los hace sentir poderosos.

Basta darse una vuelta por los titulares de la prensa: Evo Morales, Chile, Bagdad, Brexit, Culiacán son algunos temas que nos muestran los enojos y enconos que, como demiurgos furiosos andan mordiendo mortales que ni la deben pero tienen que pagar por ella. Por si fuera poco, nos recetan el desenterramiento de Francisco Franco. El acto parece un acto de Estado y, a pasar de ser una humillación máxima, los que la padecieron fueron los que presenciaron semejante acto, porque los huesos del dictador hace rato que están fríos.

¿Para qué? Para qué azuzar al avispero. ¿Que se ganó con todo lo que sucedió, con tanta demostración de enojo y encono? Me gustaría ver mejores mandatarios, gente valiente ocupada de lo relevante. Lo relevante son las personas que tienen hambre, la gente que no tiene servicios de salud, las familias que no tienen techo, los niños que caminan solos, las mujeres que son maltratadas, la suciedad que se traduce en corrupción y contaminación.

Me gustaría ver a líderes de verdad, gente que en vez de envalentonarse frente al micrófono, pudiera hacer lo que les toca. Líderes que en vez de dividir. Se pongan a trabajar en equipo. Gobernantes que, por fin entiendan, que los golpes mediáticos están enfadando a la gente.

Necear

Parece que las necedades en el mundo tienen víctimas, pero los necios siguen ya que los victimarios no las padecen, al menos no en primera instancia. Sin embargo, la obstinación es un escupitajo que se lanza al cielo y la ley de gravedad no se puede modificar. Las cosas caen por su propio peso. El muro atrapa a Trump, las andanzas de Maduro lo condenan al aislamiento, la crisis política de Nicaragua hunde la economía, el Reino Unido pasa aceite con el Brexit y en México a pocos días de iniciado el mandato de López Obrador vemos que las buenas intenciones no bastan.

Las necedades terminan siendo un asunto central y un signo que lastima a los ciudadanos. En Venezuela no se cuenta con el apoyo del grupo de Lima y México se acoge al principio de no intervención para no firmar la condena a los hechos de Maduro. Tal vez, por lo mismo, Mexico guarda silencio ante la crisis nicaragüense que tiene a tantos ciudadanos huyendo en busca de algo mejor, muchos están viviendo en situaciones terribles en la frontera, mientras esperan entrar a los Estados Unidos. Con el tema del muro, Trump se desespera e insulta, acá el silencio de la administración y la templanza del Canciller Ebrard empieza a ser incómodo.

La gente no sólo no está contenta, sino que sufre. Los venezolanos, los nicaragüenses, los hondureños y muchos mexicanos padecen las necedades de sus mandatarios. Necear es una muestra de que se está acabando el margen de maniobra. Las seducciones que se lograron a base de espejismos no pueden durar toda la vida y llega el momento de darse cuenta.

Necear también es signo de falta de pericia. Es ver que alguien llegó a un callejón sin salida y ya se paralizó, no ve opciones, no aprecia alternativa, no tiene otro plan. En Gran Bretaña el Parlamento acorrala a May, Trump tiene cerrada la administración de su país, Maduro recibe condenas mundiales… Hay que entender que no hay capital político que alcance frente a un necio y nadie deja de ver sus afectaciones por más cariño que un político carismático lo intente.

Desinformación y ganancias políticas

En una columna muy lúcida, Miguel Ángel del Fresno escribe sobre el maridaje entre la desinformación y la tecnología que da como resultado fatal un uso político que lleva agua al molino de la gente que sabe manipular masas. La mezcla es sencilla, digo un montón de imprecisiones, las mezclo con algo de verdad para hacerlas verosímiles y la receta trae resultados magníficos.

Así, sin importar la Verdad, sin tener en cuenta los hechos, se generan discursos basados en opiniones, en pareceres, en puntos de vista que si se pasaran por el tamiz de la razón nos daríamos cuenta de que no habría forma de que se sostuvieran. Sin embargo, se sostienen, crecen, se multiplican y abruman. ¿Por cuánto tiempo?

La fórmula ha sido usada desde tiempos antiguos: Platón lo denunció y la búsqueda de la Verdad cribada por la razón ha sido tema de los grandes filósofos desde los griegos hasta Kant. El uso faccioso de la mentira revuelta con algo que simule lo cierto es practica vieja y muy eficiente. Entonces, cuando las mentes serenas analizan y se dan cuenta de la trampa son fulminadas por la pasión que engendró el manipulador.

Así, vemos a Donald Trump desatando una guerra comercial, a Theresa May haciendo malabares para justificar el Brexit, a Benjamin Netanyahu santificando la ocupación de la franja de Gaza, a López Obrador proponiendo cambios según la audiencia que lo escucha.

El problema es que la Verdad es una, la guerra de Trump genera simpatías a su base pero trae consecuencias económicas que son perjudiciales para su propia gente, el Brexit ha impactado negativamente al Reino Unido, Netanyahu agita una bomba de tiempo y de injusticia, López Obrador promete a todos y no se entiende cómo le va a hacer para cumplir.

Pero, la desinformación rinde frutos. Los eslóganes que saben meter el dedo en la yaga reditúan. Pero, el corto plazo es su vigencia, la caducidad es corta. Entonces, la Humanidad se regodea con los bocadillos del banquete sin darse cuenta que de seguir así no vamos a llegar al postre.

A veces, como el Bautista, vamos clamando en el desierto.

Arrepentimientos

Es difícil aprender en apcabeza ajena, pero es posible. Apenas hace un año, nos asombrabamos de los alcances del odio. El mundo del espectáculo nos sorprendía con el poder de seducción abrimador y se nos saltaban los ojos al ver como vendedores de espejotos y encantadores de serpientes llegaban a puestos de elección popular como conquistadores en el siglo XVI. Los incrédulos pensabamos que sus voces se diluirían por su falta de consistencia y que esos caballos desbocados que iban por el mundo dando coces no llegarían lejos. Nos equivocamos. Llegaron aventando gente a sentarse en las primeras posiciones hacienod gala de sus horribles modales y ejerciendo el odio como su principal seña de identidad.

¿Qué está pasando? El antivalor triunfaba y en el cerebro se nos descolocaban las ideas, no entendíamos nada. Las neuronas se hacían nudo tratando de interpretar cómo era posible que la Humanidad optara por muros, separaciones, desprecio y falta de consideración. Los ingleses dieron un sí irreflexivo a Europa, con la ingenuidad del que cree que las nubes son de algodón, los estadounidenses creyeron que la luna es de queso. La realidad, lo sabemos es otra. Está llegando el momento de la verdad y con ella, los arrepentimientos.

El Presidente Trump está siendo investigado por lo que era evidente, el tipo creyó que fue electo para ser monarca y no presidente. La prepotencia que le caracteriza y que lo llevó a donde está es la que puede desbarrancarlo. Theresa May avivó el fuego y ahora arde entre las llamas de una pesadilla. La protesta social saca a la gente a las calles y en su confusión la Primera Ministra, presionada por las críticas de su gestión y por su pobre desempeño dice que se pondrá a trabajar pero no toma una iniciativa clara en favor a la población.

La patanería es un callejón sin salida. La vida del abusador es un pequeño corralito en el que su reinado es tan sólido como un pedazo de papel de china. Estos personajes han puesto pies en polvorosa. Su suerte está echada: o cambian o los van a cambiar. No falta mucho para verlo.

En 1989

1989 fue un año de grandes consolidaciones que cambiaron las formas en el escenario mundial. La caída del Muro de Berlín fue el signo que coronaba la intención de desdibujar los límites, de propiciar mayor libertad de movimiento a personas y mercancías. Los grandes teóricos del comercio internacional, como Mika Ronkainen, nos enseñaron que el desarrollo más dinámico se logra a partir de un mejor intercambio internacional. Volvíamos la mirada a la teoría de David Ricardo sobre la ventaja comparativa, es decir, dejar que el que hiciera economicamente mejor las cosas —a mejor precio en el emjor tiempo de entrega— y confiamos en que una mayor industrialización traería mayor progreso y mejor distribución del ingreso. 

El mundo cambiaba, dejaba atrás las políticas proteccionistas y apostaba por la globalización. En términos ideológicos, la aspiración de vivir en un planeta más unido, generaba esperanza. Las frases de todos los sabios se reunían en torno a que la Tierra se hacía cada vez más pequeña y todos estaríamos más próximos. Eran los años de Ronald Reagan, Margaret Thatcher, Juan Pablo II, Lech Walesa, Michael Gorvachov y el mundo como lo conocíamos, cambió. Es justo decir que muchas cosas cambiaron para bien y otras no. No hubo un cuidado para evitar los excesos del mercado. Picketty tiene razón, la concentración de la riqueza es absurda, pocos tienen mucho y muchos casi no tienen nada. La brecha entre esos mundos es ominosa. 

Como en aquellos años, hoy el mundo está cambiando. El miedo a lo diferente, el desprecio a la proximidad, las fallas en la compasión al semejante, el disimulo y sobretodo la falta de empleo están haciendo que el Hombre reconsidere los cambios que se concretaron desde 1989. No queremos que nos quiten nuestros empleos, parece haber sido la razón más imperante para que Brexit y Trump hayan triunfado más allá de la lógica. Sin embargo, resulta evidente. Si en bienestar global no llega a mi mesa, si la riqueza se concentra y no llega a mi bolsillo, si la propsperidad se nota en las variables macroeconómicas pero a mí no me toca nada, claro que quiero cambiar las cosas. Entonces, si alguien me promete un cambio que se notará en mi hacienda personal, tentará mi curiosidad y tal vez conquiste mi preferencia. Claro que las promesas que se hacen son arrojadas y cumplir no será tan fácil. Del dicho al hecho, hay un trecho tan grande como la brecha que divide a los que viven la opulencia y los que padecen pobreza alimentaria.

Los cambios que se proponen son un golpe de timón, están planteados como una destrucción de lo que se construyó. Las destrucciones causan miedo. Las posiciones globalifóbicas, los nacionalismos y la radicalización de izquierdas y de derechas no han abonado a un cambio para mejorar. Encerrarse en casa para evitar los vientos, nos quita también los rayos de sol. Parar la rueda económica del intercambio internacional no parece ser una buena idea. Como tampoco lo fue dejar que diera vueltas y vueltas sin vigilancia alguna, sin protección a los desvalidos. Hoy esos desvalidos están enojados y quieren el cambio, su voz les abrió camino a los que buscan destejer las estructuras. La modificación de los escenarios ya está en marcha. Brexit, Trump y además se muere Fidel. 

Hoy, las palabras de un líder astuto, resuenan en el planeta. Frente a la ONU, Fidel Castro pronunció un discurso que no aplicó y que contenía advertencias pertinentes. El intercambio desigual afecta a los pueblos. ¡Y debe cesar! El proteccionismo arruina a nuestros pueblos. ¡Y debe cesar! El desequilibrio en la explotación de recursos es abusivo. ¡Debe ser abolido! Los recursos financieros que reciben los países en vías de desarrollo son insuficientes. ¡Y, deben ser aumentados! Los gastos en armamentos son irracionales. ¡Deben cesar y sus fondos deben ser empleados en financiar el desarrollo.

No parecen malas ideas las que expresó el líder cubano. En ese discurso, el hombre describió los problemas que el mundo aún no ha resuelto. Pareciera que, independientemente de la figura en la que se convirtió y de lo poco congruente que resulta su envestidura, sus palabras sí son importantes y debieramos poner atención. Los pendientes que le señaló a la Humanidad fueron oportunos y siguen vigentes. En 1989, año de cambios, no lo escuchamos, tal vez porque representaba aquello con lo que se quería acabar. Hoy, que se presenta una nueva oportunidad, tal vez lo deberíamos hacer. Si vamos a destejer las estructuras, hay que cuidar bien lo que se quiere hacer. Hay que destruir lo que no sirve y dejar lo que sí.

La palabras de Theresa May

Pensar en políticos que dicen una cosa y hacen otra no es sorpresa en ninguna parte del mundo. Ver que la impecable flema inglesa se resbala y cae en lo mismo, causa ese tipo de escándalo que levantan polvo y luego todos olvidan. Le tocó a Theresa May, Primera Ministra de Gran Bretaña, quedar expuesta. Se tropezó con su propia lengua y el periódico The Guardian la puso en el balcón. Ella que hizo del apoyo al Brexit bandera y catapulta para escalar peldaños, en reunión con ejecutivos de Goldman and Sachs expresó su preocupación sobre lo que implicaría dejar Europa si el referéndum daba como resultado salir de la zona de libre comercio.

Más allá de la incongruencia que raya en la hipocresía, las palabras de May reflejan la preocupación real que significa bloquear el flujo de personas y mercancías de y hacia la Gran Bretaña. Lo demás, son discursos populistas que se valen del odio y el miedo para solventar intereses particulares que se disfrazan de nacionalismo, de un amparo casi maternal que busca defender del perjuicio que puede traer el exterior a la isla. ¡Patrañas! Se habla del peligro de lo diferente y no se toma en cuenta que el intercambio beneficia mucho más de lo que perjudica. 

Sin embargo, el discurso que mezcla el miedo y el odio se ha difundido en el mundo. La razón es simple: trae buenos resultados para quienes lo pronuncian. La gente pierde capacidad de análisis cuando está asustada y deja de ser objetiva cuando se enoja. Los líderes que usan esos conceptos saben muy bien que ganaràn adeptos aunque, como quedó expuesto,  i ellos. Ismos estén tan seguros de sus propios dichos.

Elevar barreras, construir muros, aislarse no sólo no es buena idea, es imposible. La tecnología nos ha llevado a un mundo globalizado en el que lo que pasa en un pueblito asiático afecta a los habitantes de Londres y viveversa. Lo que pasa en París mueve lo que sucede en el desierto del Sahara, un movimiento en Michoacán puede perjudicar a Washington y lo que acuerden en Otawa modifica la vida en Shangai. La afectación, positiva y negativa, es para las grandes corporaciones y para los pequeños negocios. 

Y, aunque los miedos y los enojos tienen un sustento real, las consecuencias del aislamiento son peores que las del libre comercio. Tal como lo dijo Theresa May en privado, aunque en público diga algo diferente. No hay forma de tapar el sol un dedo, como no hay discurso que pueda frenar la influencia de una región sobre otra. La prohibición es una quimera, una aspiración tonta, prejuiciosa y al mismo tiempo inalcanzable. La ciencia nos hace ver que lo que ella ha unido, jamás lo separará nadie.

Un domingo cualquiera en Londres

El domingo el Londres, después del Brexit, deja ciertas reflexiones. Muchos quisieran cantarle al reloj para que pare las horas, porque parece que van a enloquecer. Los británicos se deben sentir muy extraños al ver que como resultado de su referendum, no solamente salen de la Unión Europea si no que se llevan las felicitaciones de Le Pen y del mismísimo Donlad Trump. Me imagino lo felices que se sienten.

En esta borrachera de orgullo por lo conseguido, me figuro a Woody Allen caminando por Bond Street recordándoles a los británicos que aquellos que nos celebran son los que se sienten alineados con nuestros pensamientos y nuestros ideales. Ahora veo a los flemáticos ingleses siendo vitoreados por Le Pen, siempre ecuánime y por Trump fuente de inteligencia y cordura. No habrá cantidades de té suficientes para que se les calmen los nervios.

Con estas evidencias, no es de extrañar que más de dos millones de ciudadanos le estén pidiendo al Parlamento que repitan el referendum. Además, casi suplican que pidan un margen de sesenta por ciento para tomarlos en serio. Los londineneses de plano están pidiendo que la capital se independice y Escocia se replantea si debe quedarse en tan antípatica sociedad. ¿A quién le gusta ser aclamado por Trump y felicitado por Le Pen? En una de esas, si Idi Amin saliera de su tumba, les estaría dedicando entudiasmados aplausos.

Los que celebran la victoria están felices porque van a recuperar su nación. No les gusta salir a las calles sin poder identificar quién es inglés, quién búlgaro, quién indio, quién polaco porque me imagino que a los orientales sí los identifican, aunque no se enteren si son chinos, japoneses, coreanos o vietnamitas. En el embriagamiento inglés, eso es lo de menos. Un catalán es lo mismo que un peruano, no son ingleses. 

Por si las moscas, la Primera Ministra de Escocia ya se acercó a la Unión Europea para apartar su silla en el Parlamento Europero. Por favor, que no nos confundan, pedirá. No somos lo mismo. El pobre David Cameron, que apoyó quedarse en el club de países, afrontará presiones y seguramente le será exigido que deje el recinto cuando se reunan el próximo martes en Bruselas. Los integrantes de la unión dicen, si te vas a ir, vete ya. Mientras mas rápido mejor. Todas las funciones que el Reino Unido tenía o planeaba fungir, le serán relevadas. ¿Eso querían, no?

Angela Maerkel toma una postura conciliadora, no hay necesidad de ser particularmente groseros, las negociaciones tienen que llevarse a cabo correctamente. Los que quisieron recuperar la nación están viendo como la libra vuelve a sus brazos a valores de caída libre. Está tan flaquita la moneda que esperemos que en ese abrazo de acogida no se les rompa en mil pedazos. La recuperación la esta dejando muy despostilladita.

Lo triste es que lo que planeaban recuperar con el Brexit será difícil de lograr. Los que apuestan por la pureza de raza, por los muros fronterizos, por los bloqueos al tránsito, están escupiendo al cielo; quieren tapar la grieta del dique con un tapón de sidra. Su principal obstáculo es el germen de su idea: van contracorriente. El flujo tecnológico marcha en pos de la integración, no veo como se pueda parar. Ni balas, ni rifles, ni muros, ni alambradas, ni picos pueden con la tendencia integradora. La xenofobia es tan inteligente como el que apunta a su propia pierna y le jala al gatillo.

Tal vez por eso, los jóvenes quieren echar marcha atrás, porque saben. Tal vez este domingo, no sea como cualquier otro, despues de todo y la victoria venga ensalivada. Si Trump y Le Pen felicitan, seguro el domingo ya de visos de lo que vendrá en la semana. ¡Ay, Dios!

Separados

Gran Bretaña decidió por la opción de separarse. Tal como una película de suspenso con final de vuelta de tuerca, la jornada transcurrió con una leve ventaja por permanecer en Europa, hasta Farage, el principal promotor de la separación pronosticó un cierre a favor de seguir unidos, pero, conforme avanzó la tarde, la tendencia cambió y la decisión de separarse avanzó hasta ganar por una leve ventaja. La BBC fue de las primeras agencias en anunciarlo.

Una vez más la Isla le da un golpe a la Historia y decide cambiar el mapa geográfico. Tal como sucedió en tiempos de Enrique VIII, los británicos miran hacia sí mismos y deciden que ellos pueden solos. No necesitan compañía, no quieren asociados y en, esa condición, cambian al mundo. La transformación que pergeña esta elección es de grandes proporciones. Es tan radical que lo que se dijo hasta ayer en un aula universitaria sobre comercio internacional, hoy ya no es válido. La teoría cambia de un día para otro ya que el escenario se ajustó. La globalidad, el libre comercio, las fronteras indelebles, el libre tránsito sufrieron un golpe que puede ser mortal. El Brexit triunfó.

Desde que se inició la tendencia, los mercados reaccionaron. El Nikkei bajó 7%, la bolsas en Europa amanecen a la baja, el dólar se aprecia y el peso pierde terreno. Seguramente, el Banco de México saldrá a intervenir para que nuestra moneda no se desplome, más. Pero, la decisión de los británicos ya les pegó a ellos en la cabeza, la libra esterlina se devaluó a niveles que   no se veían hace treinta años. Y, es probable que en ese momento, al ver su moneda por los suelos, hayan recordado las razones que los llevaron a estar en Europa.

La crisis de la libra esterlina de hace veinticinco o treinta años era tal, que su caída al precipicio se veía inevitable. Su relación frenta al dólar les hacía perder terreno y no se veía que algün plan pudiera ayudarles. Los trabajos eran escasos y las condiciones económicas, desastrosas.En esa condición, su alianza con Europa les trajo los mejores frutos. Sin embargo, los británicos de hoy creen tanto en sí mismos, en su liga de naciones, en la estabildad de su moneda y en el crecimiento de su economía que prefierieron caminar en solitario que seguir acompañando a Italia, Irlanda, Portugal, Grecia, España y todas las naciones que como cigarras hicieron fiestas en vez de ser hormigas y ponerse a trabajar.  Lo malo es que también dejaron de lado a Alemania y a Francia y a todos los demás.

Sorpende la salida y al mismo tiempo, ya lo sabiamos. En la isla, todo es al revés. Desde la circulación, hasta el volante de los autos, desde la forma de comer hasta las tradiciones. Ganan las diferencias por sobre las similitudes. Ni hablar, hasta los dedos de la mano son diferentes. El mundo va a padecer los primeros dolores del cambio, pero, como siempre, todo se va a ajustar. Aprenderemos a modificar el lenguaje que aprendimos hace veinticinco años. Camreon tendrá que asumir las consecuencias, también los ingleses. Escocia elevará la mano y tal vez, ahora sí se vaya. Ellos son más iguales a los otros que a los diferentes, o, son tan diferentes como ellos pero como que no les caen muy bien y ahora menos. Ya se verá.

Las separaciones son dolorosas aunque sean tranquilas. Este será un divorcio amigable y pausado. La transición durará dos años. Ya para entonces sabremos qué es mejor, si celebrar diferencias o encontrar puntos de encuentro, hoy es tan pronto. Sin embargo, los mercados, fríos y objetivos ya están empezando a opinar. Ni hablar, se abren puertas a un mundo distinto, a uno que parece que cruzó la línea del espejo y echó las manecillas hacia atrás, veremos cuáles son los efectos.

Integrarse o desintegrarse, ¿ese es el dilema?

Los discursos cambian de un momento a otro. Los movimientos son drásticos, lo que antes era vigente deja de serlo y las ideas actuales toman causes antagónicos. Apenas hace unos años, la globalización era el tema regente y la intención mundial era tirar las barreras fronterizas. Mientras más integrado estuviera el mundo, mejor. Así, regiones comerciales hechas una, tratados de libre comercio, zonas económicas unificadas era lo que perfilaba al mundo. Hoy, parece que eso ya no es relevante. Hay que celebrar las diferencias, aunque sean mínimas; hay que elevar murallas, poner obstáculos, establecer fronteras dificiles de franquear. 

Si el Ser Humano en lo individual se hace más individualista, los países tienden a volverse más restrictivos. Si antes las diferencias se diluían, hoy se subrayan. La integración lucha contra los nacionalismos. Y, lo que ayer parecía una buena idea, en estos momentos está a punto de desintegrarse. Europa tiembla, le salen grietas. Gran Bretaña se siente el hermano mayor que ya se enfadó de los berrinches de los chiquitos, se hartó de los desordenes, de las fiestas y los abusos; quiere revalorar su posición, no le gusta pagar los platos que los ingleses no rompieron.

Hoy, acuden a las urnas. Opinarán si se quedan o se van. Irse, les aliviará esa sensación de estar cargando con una serie de pesos que no le corresponden pero, habrá que valorar si ese alivio no les traerá más agobio. David Cameron sale a advertir de los impactos. Los mercados aguardan, ¿queremos volver al súper dólar? Por un lado, arrear a unos puede implicar molestia, pero quita una subordinación que en el pasado resultó un yugo difícil de llevar.

Los europeos lamentan que los ingleses se quieran ir. No les gusta el desprecio, pero temen la soledad a que esta desintegración los puede condenar. Perefieren estar acompañados, aunque que unos sean más diferentes que otros.

Los ingleses olvidan que no se puede tener todo. Quedarse tiene ventajas, irse trae consecuencias y viceversa. Lo cierto es que el mundo se globalizó y nadie puede tender muros tan altos que paren en flujo de la tecnología. En la simpleza se encuentran buenas respuestas. Tal vez los británicos no deberían brincar tanto y podrían enterarse de que el suelo está parejo. Tal vez deberían enterarse que si siguen brincando, van a hacer un hoyo que puede servir de fosa de enterramiento. ¿Y luego, qué?

El Brexit, pone al mundo a la lupa. ¿Somos uno o no? ¿Qué nos conviene? La diferencias se notan, siempre se notarán, pero, veremos si son cimiento para construir o grietas que no se pueden salvar. 

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