Infatigables 

Infatigables, así son nuestros héroes. Gente espontánea que se une a los escuadrones de ayuda y se convierten en rescatistas para apoyar a las víctimas. Unos preparan comida, otros corren a comprar víveres, otros ofrecen manos para clasificar la ayuda, otros orfecen mirada experta, opinión profesional, otros ponen las manos, otros talento, todos hacemos lo que mejor podemos con el corazón en la mano.  

Lo mismo los topos que militares que gente de la Armada de México e integrantes de la Sociedad Civil trabajan a pleno rayo del sol, en la oscuridad, entre polvo, bajo la lluvia, todos estos héroes mexicanos han dado su apoyo en forma masiva, a tal nivel que los centros de acopio y brigadistas han comunicado que ya no se requiern voluntarios. En la Ciudad de México, hay personas que hacen fila para empezar a ayudar.

El entusiasmo de los jóvenes emociona hasta los huesos. Se organizan en brigadas, forman líneas de producción, ayudan, se pintan en los brazos nombres, tipo de sangre, modos de identificación. Me asombra ver la forma entregada en la que se ofrecen manos y recursos. En medio de la desespeación, inyectan esperanza.

Los perros han sido rescatistas maravillosos. Estos animalitos son generosos y eficientes. Todos trabajan contra el tiempo. Las maniobras son cada vez más complicadas, más precisas, mas delicadas, en fin, más lentas. Frente a la impotencia de querer ayudar, de apresurarse y no poder, los héroes ponen sus fuerzas, su trabajo, au entusiasmo, sus oraciones, su esperanza.

La fatiga que provoca tanto dolor, no quita a nadie el impulso para poner su grano de arena. Restauranteros ofrecen café y pan, las filas son larguísimas y son para ofrecer ayuda. Los escombros nos abuman, la solidaridad que no acaba, nos conmueve. Nos unimos y si se eleva el puño cerrado, nos callamos. El silencio que se indica con el puño en alto, nos genera esperanza.

No nos podemos quedar sin hacer nada, es lo que decimos todos. Aplaudimos al Ejército y a nuestras Fuerzas Armadas, a nuestros Topos y por fin entendemos que todos somos héroes frente a la desgracia. Infatigables, eso somos hoy en México.

En medio de la crisis

Cuando se supone que deberíamos estar contentos porque los planes del Gobierno Federal habían funcionado a las mil maravillas, porque las reformas ya se habían implementado y se operaba el país a la mil maravillas, los misteriosos vientos de la desgracia pasaron por el territorio mexicano, causando tristeza, dolor y derribaron los castillos de naipes con los que nos hicieron soñar.
En medio de la crisis de la baja del precio del petróleo , que para una economía super petrolizada es una tragedia, el crimen organizado nos roba y masacra a cuarenta y tres muchachos y empieza la turbulencia. Tomas de casetas, actos vandálicos, gritos y sombrerazos y, por si fuera poco, estalla en mil pedazos un hospital de cuidados maternos en la delegación Cuajimalpa de la Ciudad de México.
Así, casi, casi, ensordecidas por el estallido, cuando la tierra apenas dejaba de retumbar, manos solidarias acudieron a ayudar. Manos industriosas quitaban escombros de un lugar que parecía sitio de guerra, filas de horas para donar sangre, para entregar pañales, cobijas, medicina. Tanta que algunos hospitales que recibieron a las víctimas salieron a dar las gracias y a decir que ya no era necesario ni posible recibir más.
Al caer la tarde, después de horas de retirar escombros a pleno rayo de sol, un aroma a comida rica comenzó a flotar en el ambiente. Las mujeres de las colonias vecinas se habían organizado y montaron una estación para dar de comer a los que, fatigados y hambrientos, seguían quitando piedras y despojos.
Una vez más, la sociedad civil en medio de la crisis, sacó la casta y el México que yo conozco, floreció. Ese mexicano que de forma anónima pone alma y corazón a favor del otro que lo necesita. De manera espontánea, sin otro interés, la ayuda para los que estaban ayudando, llegó. Sin manipulación oficial, las mejores mujeres y hombres de este país fueron a trabajar en favor del otro, por el puritito gusto de ayudar. ¡Qué diferencia a la crisis de la influenza AH1N1!
Tanta estupidez gubernamental nos recluyó en una burbuja y nos aisló, nos enfermó peor que lo que el virus pudo haber hecho. Nos infectó de egoísmo y nos previno que saludar de mano y darnos un beso nos podía robar la vida. Nos repelíamos unos a otros y nos mirábamos con recelo.
Pero, volvimos. Somos los mismos mexicanos de 1985, esos que sin técnica ni conocimiento pero con mucho corazón, salimos a rescatar víctimas del peor terremoto que haya vivido esta Ciudad. En medio de la crisis, de esta crisis del jueves pasado, con políticos chapulines, con un la moneda devaluada, con procuradores candado y presidentes que no entienden que no entienden, con el petróleo por los suelos, con un recorte presupuestario, con policías corruptos, sin trenes trasnpeninsulares ni de alta velocidad, con partidos que gastan lo que no deben, México se pone de pie sobre sus mejores bases, su gente.
En medio de la crisis, brota la esperanza del eterno manantial mexicano, su gente.

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En silla de ruedas

La perspectiva desde una silla de ruedas te obliga a ver el entorno de forma diferente. El punto de vista de quien empuja una silla de ruedas cambia en el momento en que toma la empuñadura para empezar a andar. Ya se sabe que el mundo está diseñado para el homo erectus y que las excepciones en este caso, prácticamente no interesan. Las calles, las banquetas, las mesas, las perillas, los botones de un elevador, el diseño de las llaves de un lavabo y casi cualquier cosa que uno pueda mencionar, está pensado para la gente normal, es decir, sana.
Antes de causar una revolución, debo decir que sí, efectivamente existen lugares preferentes reservados para discapacitados, que hay rampas en las esquinas en muchas ciudades del mundo y que mientras más desarrollado sea un país mayores facilidades se da a quienes andan en silla de ruedas. No son suficientes.
La gente que puede caminar no se entera de la dificultad que enfrenta una persona en silla de ruedas. Un pequeño borde se convierte en un obstáculo insalvable, una rendija puede ocasionar un accidente y la altura de un mostrador hace que quien está sentado no se vea.
En general, las personas se divide en dos: los que ayudan y los que no respetan. Son muchos los que ofrecen auxilio a los discapacitados, pero basta la desconsideración de unos cuantos para causar grandes problemas. La falta de empatía con la gente de silla de ruedas es, en muchos casos, por falta de educación. Nadie nos hace consientes de que hay que hacerle espacio a la silla en un elevador, aun si eso significa bajarse y esperar el siguiente turno.
Ahora que me a tocado empujar una silla de ruedas, entendí la brecha abismal que se abre entre quienes podemos caminar en dos piernas y quienes se tienen que auxiliar con ruedas. Me tocó experimentar que alguien se ofreciera a abrir la puerta y muchos aprovecharan el viaje para pasarse antes, o que una persona se subiera al taxi mientras nos acercábamos con la silla. Las madres con carritos compiten y avientan la carreola para ganar espacio. Cuidadito y las mires feo, son capaces de golpear. Los peores son los que por ir distraídos, pendientes de una pantalla, de teléfono o de cámara fotográfica, se tropiezan con la silla, unos hasta se van de bruces.
También pude darme cuenta que los niños son los que más ayudan. Fueron los más pequeños los que me tendieron la mano con mayor frecuencia, los que ofrecieron apretar el botón del elevador, abrir la puerta o ceder su lugar en la fila.
El de la silla de ruedas tiene que sacar diez de sus cinco sentidos para cuidarse. El que empuja tiene que estar dotado con veinte. Por eso hay muchos que van siempre con cara de angustia y preocupación. Hasta que aprendes a tomar las cosas con buen humor. Entonces, las cosas se aligeran y hasta puedes hacer chistes.
El mundo de los de la silla de ruedas también se divide en dos, los que resienten su estado y los que ya lo han aceptado. Saben que las cosas tienen otra velocidad y se toman el tiempo que sea necesario, no hay muchas alternativas.
Otra división para los de silla de ruedas se da en términos del tiempo: los que la usan mientras se rehabilitan y los que lo harán en forma permanente.
La experiencia de empuñar el manubrio de una silla de ruedas ha sido muy enriquecedora, me ha dado una perspectiva diferente y me ha enseñado la importancia de la empatía. He recibido múltiples atenciones de gente que no conocía y que seguramente no volveré a ver. Me ha llenado el corazón de esperanza y gratitud.

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Donar adecuadamente

Es la temporada para dar y recibir, son los días en los que el corazón se pone de modo y tenemos el ánimo listo para compartir. Hemos hecho el balance del año y sea que nos haya ido mejor o peor, si tenemos deseos de dar algo a los desfavorecidos lo mejor que podemos hacer es analizar.
Dar porque sí, es un acto de generosidad, sin embargo, entregar dinero sin pensarlo bien, en lugar de ayudar puede resultar lo contrario. Si entregamos dinero a alguien en la calle, lo más seguro es que termine gastándose en drogas o alcohol, o si a caso, en una ayuda efímera de corto aliento.
También es posible estar entregando dinero a estafadores que aprovechan la ocasión para pedir dinero y embolsárselo. Lo hacen grandes instituciones y lo hacen vagos en la calle. Luego, vemos a los administradores de causas caritativas gastar en artículos de uso personal, o a vagos que se quitan los andrajos al subirse a su coche de último modelo. El peor escenario es el de los vivales que poner a niños a pedir para luego quitarles el dinero. La indigencia como industria es un mal terrible. No hablo de la gente en pobreza extrema, o de los que no tienen techo o tienen hambre, sino de los que abusan de aquellos que tienen buena voluntad.
La generosidad es un bien escaso, por eso hay que administrarlo bien. En ocasiones se trata de un impulso de temporada que no se repite muy a menudo, por eso resulta imprescindible pensar bien a a quienes queremos beneficiar al hacer un donativo. Al analizar, podemos entregar dinero a causas que administren bien los recursos y que la ayuda sirva durante más tiempo y mejor que una dadiva fugaz que calme las cosquillas del corazón en la época navideña.
También podemos focalizar nuestra ayuda en esos aspectos que, desde nuestro punto de vista, ayudarán a hacer un mundo mejor. Algunos preferirán cooperar para la causa de los ancianos, otros se inclinarán por los niños, algunos por los que sufren una discapacidad, otros por los enfermos. El centro está en ayudar de forma inteligente para que instituciones que en verdad dan auxilio, puedan recibir recursos que prolonguen su actividad y favorezcan adecuadamente a quien necesita ayuda.
Si en está temporada sientes la tentación de ayudar, lo mejor es donar adecuadamente, dando recursos a instituciones que puedan continuar con su labor por más tiempo.

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Los indigentes de San Francisco

San Francisco es una ciudad con sabor especial. Tiene personalidad y se distingue de cualquier otra por sus múltiples características. Sigue usando tranvías que corren sobre la calle Powell; tiene trolebuses como los que se usaban en la Ciudad de México en los años 50s y 60s que recorren de principio a fin la calle de Market; tiene un puerto con mucha vida; una isla que fue prisión y ahora la dota de muchas leyendas; tiene tecnología, barrio chino, opera, museos, sinfónica… Y también tiene indigentes, muchos indigentes.
Por todos lados se puede ver a gente que decidió hacer de las calles su hogar. Mujeres, hombres, blancos, negros, jóvenes, viejos conforman este grupo singular que a veces van como pandilla caminando sobre la banqueta, o solos hablándose a sí mismos, en pareja pidiendo una moneda, empujando un carrito de supermercado repleto, en el que metieron toda su vida o enrollados en una cobija que les sirve de escudo protector contra el mundo.
¿Por qué hay tantos indigentes en las calles de San Francisco? No hay una respuesta única. Unos opinan que es porque la municipalidad los ayuda y eso los atrae, otros dicen que la vida es cara y no tienen más alternativa que la calle y el cielo abierto, unos dicen que les gusta la vagancia, otros piensan que los vicios los perdieron. Sabrá Dios cuál es la razón verdadera.
Se les ve por todos lados pero parece que su lugar favorito es Market Street entre la Sexta y la Octava. No hacen daño, es verdad, pero no todos son pacíficos. Las expresiones de esos rostros son lo que atrapan mi atención y me encogen el alma. Ceños fruncidos, labios arrugados, puños cerrados que se elevan al cielo y gritan, en unos casos y en otros, sonrisas bobaliconas con miradas extraviadas que me traspasan, para las que soy totalmente invisible y que ven algo que yo no puedo ver. Si no vas atento al caminar, te puedes tropezar con una persona que decidió que situarse en medio de una banqueta era el menor lugar para tomar una siesta. Unos usan harapos otros van casi desnudos. Muchos van callados mientras otros sostienen conversaciones consigo mismos. Unos gesticulan, otros no se mueven, parecen estatuas.
Los hoteleros no los quieren, hacen campañas para que los turistas no les den limosnas. Para entrar a los baños de los lobbys, hay que insertar la llave de la habitación o hay que teclear un código con el fin de evitar que los indigentes usen las instalaciones. Es duro, pero entran y asustan a los huéspedes, se bañan en los lavabos y revuelven la basura en busca de algo. Lo mismo pasa con los dueños de restaurantes y cafeterías. No los quieren dentro, tampoco cerca. No es bueno para el negocio, alejan a los clientes.
La ciudad de San Francisco destina anualmente treinta y cinco millones de dólares para refugios en los que se les da de comer, en los que pueden ir al baño, ducharse y quedarse a dormir. Son insuficientes. Son más los que llegan a las calles que los que se puede ayudar. A muchos no les interesa recibir ayuda. Este fenómeno es difícil de entender. ¿Cómo empezó y cómo podrá dársele fin?
San Francisco tiene un olor especial, es un tenue olor a azufre que se confunde con las fragancias de diseñador que se venden en los grandes almacenes, es el aroma a orines que no se alcanza a evaporar, a pesar del jabón y los cepillos con que los barrenderos tallan cada rincón que sirve de urinal. Dicen que así huele el infierno, no sé, nunca he estado ahí, pero al ver a esa gente, imagino que efectivamente, así debe ser.

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El ejemplo de la colonia Tabacalera

La vida de una comunidad se integra por las personas que la habitan y que a partir de las actividades que conforman su cotidianidad le otorgan identidad. Los vecinos que viven y conviven con los empresarios que llevaron ahí sus negocios, con los comerciantes que día a día elevan las cortinas por las mañanas y las cierran por las noches, con los trabajadores que se ganan el pan y la sal en ese lugar, y tantos otros, todos son parte activa de las colonias y barrios. Cada uno de ellos es tan importante como el otro y es necesario que convivan en armonía ya que de ello depende la salud de cada sector.
Una colonia que no tiene integrados a todos los elementos que conforman su anatomía lucirá sucia, pintarrajeada, descuidada. Si los vecinos se confrontan con los empresarios y con los comerciantes, si toman como rehenes a las autoridades y se amparan en argumentos de convivencia para usarlos de tapadera para encubrir intereses turbios, de nada valdrán la hermosura de sus calles, la historia de sus edificios, ni la belleza de su entorno, ni la importancia de las personalidades que ahí viven. Todo irá decayendo hasta el punto de perder lo más valioso que tiene una comunidad que es la fraternidad armónica de su gente. Vayan a darse una vuelta por el centro de Coyoacán para ver de lo que estoy hablando.
Pero hay un ejemplo de cómo hacer las cosas bien. Vecinos, comerciantes, empresarios y trabajadores de la colonia Tabacalera ponen manos a la obra, unen sus talentos y sus voluntades de querer vivir bien y se comprometen para reactivar la vida social y económica de este barrio que últimamente ha sido tan golpeado por circunstancias tan ajenas a ellos. Nos dan ejemplo de lo que se debe hacer. Quieren crear un proyecto de recuperación de la plaza de la República, buscan crear y concretar planes artísticos y culturales en el monumento de la Revolución. Se apoyan unos y otros.
La cosa va en serio, tiene toda una planeación estratégica que se encargará de organizar a la gente que trabaja y vive en la colonia
Tabacalera. Todos pusieron de su parte para lograr un acuerdo y buscar soluciones a la terrible situación en la que quedó la vida del barrio después de hospedar al plantón magisterial. No buscan apoyos del gobierno, que no los ha amparado, más bien unen sus talentos para rehabilitar sus espacios. Se valen por ellos mismos, apelan a la buena vecindad para salir adelante. Se dan la mano y se complementan para que resurja la vida en su colonia.
Bien por ellos. Limpiarán el graffiti, levantarán la basura, compondrán las calles y sus aceras, tallarán la mugre. Adiós a las heces fecales de humanos y animales en la vía pública, a las lámparas rotas y a las oscuridades que engendran crimen y corrupción. ¡Bravo!
Me gusta lo que están haciendo en la colonia Tabacalera. Los vecinos optan por la unión en vez del enfrentamiento. Saben que es mejor la convivencia pacífica y hermanada que tener sellos de clausura por todos lados, plagas de roedores en sus jardines, pintas en las paredes y basura en las banquetas.
La vida tomará ritmo y tono, le dará una identidad a su barrio. Será una personalidad que refleje el espíritu de sus habitantes. Porque cada colonia, sin querer y queriendo, es un espejo de sus habitantes. La imagen que los tabacaleros nos están dando es admirable. De su unión brota la reconstrucción y la recuperación de su barrio. ¡Enhorabuena! Nos faltan ejemplos como los de ellos para saber como sí se pueden hacer bien las cosas.

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¿Y Luis Miguel?

¿Alguien sabe dónde anda Luis Miguel? Sí, me refiero a ese personaje que se le conoce como El Sol y cuya imagen inunda los escaparates en Acapulco. Ese que luce la piel eternamente bronceada y que le cantaba a los bikinis chiquititos, muy bonitos, de color amarillo y que entonaba cantos para no culpar ni a la playa, ni a la lluvia, ni a nada. A ese Luis Miguel me refiero. Al que se toma fotos con el señor Gobernador luciendo una a sonrisa perfecta.
Es importante saber de él, pues este Acapulco en el que filmó esos vídeos manejando un waverunner necesita ayuda. Por desgracia, el protagonista del que hablo aún no aparece en escena. Ya han levantado la mano para ofrecer ayuda muchas personalidades, El Potrillo, Alejandro Fernández ya se puso con su cuerno, Eugenio Derbez comprometió la taquilla de su más reciente película en favor de los damnificados. Es más, hasta los que no somos estrellas fulgurantes hemos puesto nuestro granito de arena. Veo muchos centros de acopio en la Ciudad de México y en todos se ha recibido mucha ayuda. Ayer vi a un niño que escribía un mensaje de consuelo y esperanza en el empaque de rollos de papel higiénico, ” es para que quien lo reciba sepa que les mando esto con cariño.”
Así es, en el elenco de ayuda, no luce el brillo del Sol; por lo menos no todavía. Cuando digo el Sol, me refiero a Luis Miguel, no al sol que hace días, por fin, se dejo ver en Acapulco. Las nubes de Manuel se van alejando.
Si alguien ve a Luis Miguel, avísenle, por favor, lo que está pasando en el puerto. Estoy segura de que aún no lo sabe, si no, no se entiende cómo es que no ha levantado la mano para ofrecer su ayuda. Seguro anda ocupado, o paseándose por Roma, o meditando en el Tíbet, o jugando en Las Vegas.
Por favor, explíquenle que hay comunidades perdidas debajo del lodo, familias que después de la tromba perdieron casa, vestido y sustento. Díganle que Acapulco está de luto. Infórmenle de la situación, estoy segura de que no sabe. Y, sería muy lamentable que por falta de información vaya a pasar a la historia como un personaje codo e indolente. Estoy segura de que tan pronto se entere, va a correr a hacer un depósito súper generoso a favor de los damnificados por Manuel. También sé que les va a ir mal a su representante y a su gerente de relaciones públicas. Los regañará y los reprenderá por no haberlo enterado, y de inmediato se pondrá a mano con este puerto, del cual dice ser imagen.
Por favor, si alguien sabe dónde anda Luis Miguel, cántenle la canción del Flaco de Oro “Acuérdate de Acapulco” , sí, esa que incluyó en su disco de Boleros, a ver si la tonada le trae recuerdos para que ya se decida ayudar al puerto.

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Toms y Abercrombie and Fat

Lo que se ve no se juzga, reza el dicho popular. Por lo tanto, calladitos nos vemos más bonitos. Eso aplica para la vida personal como para el quehacer profesional. Desgraciadamente el mundo empresarial nos empuja a hablar, a publicitar, a abrir la boca. La discreción se valora poco, se vulnera y este desparpajo cobra cuotas caras cuando se lleva a la exageración.
Miren nada más los esfuerzos que está haciendo la marca Abercrombie and Fitch para lavar su imagen después que a su CEO se le fue la lengua. Dijo, y todos lo sabíamos, que ellos creaban ropa para adolescentes guapos, delgados y exitosos. No se tenía que ser muy inteligente para darse cuenta, bastaba con entrar a la tienda. El volumen de la música en sus locales es estruendosamente elevado, sólo los jóvenes la aguantan; las tallas que ofrecen son para personas flacas, la última vez que estuve en una de sus sucursales no recuerdo haber visto tallas marcadas con la etiqueta XXL en ninguno de los anaqueles; los precios dan una barrera de entrada y restringen la adquisición de sus prendas a cierto sector de la población mundial. Es decir, sin palabras, ya estaba dicho, qué necesidad de abrir la boca. ¿O, será necedad? Es evidente, A&F tiene y siempre ha tenido claro su mercado objetivo, lo que constituye un acierto, lo desafortunado es que, al emitir declaraciones sin cuidado que hieran sentimientos. Ahora vemos una campaña de limpieza que suena poco sincera. Después de haber jugado con las palabras de la marca, —Abercrombie & Fitch, Abercrombie & Fit, Abercrombie and Fat—, es difícil componer las cosas. La gente ve esta campaña como una bandera de hipocresía, el esfuerzo les salió peor. Lejos de lavar su nombre, lo ensucian más.
Las declaraciones de Mikel Jeffries, capitán de A&F, destaparon una cloaca y se les salieron de lugar los fantasmas. Ya no saben como detener el odio que generaron contra la marca. Por un hoyito les brotó un géiser. Se desconfía de la honestidad de la marca, se le acusa de haber intimidado a los que no cumplían con sus estándares de belleza, los jóvenes no creen en la sinceridad de la compañía y todos opinan que la campaña en la que sale una modelo talla XXL no es creíble.
Mal. Y peor el #Fitchthehomless, que invitaba a la gente a regalar las prendas de la marca a indigentes, se volvió trending topic, y el video que se subió a Youtube para apoyar la idea lleva siete millones de visitas.
Por su lado y en el otro extremo de la recta, la firma de alpargatas Toms, lanzó una campaña para ayudar a niños pobres del planeta. El programa “One for one” dona a pequeños de escasos recursos un par de alpargatas por cada uno que venda. Evidentemente, la marca se ha vuelto de las más populares. La gente sabe que son una opción cómoda y versátil para los fines de semana o para las vacaciones, que además tiene un programa de ayuda.
Bien. No sólo son una opción divertida sino con causa. Incluyen modelos jóvenes y viejos, de todos los colores y sabores. Una verdadera estrategia aderezada con responsabilidad social funciona.
Si la campaña en protesta contra A&F progresa, será posible ver indigentes usando una playera de algodón con un alce bordado y alpargatas. La diferencia radicará en la forma en que unas ya otras llegarían a ese destino.

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