¿Qué iré a encontrar?

El tráfico de diciembre en la Ciudad de México es desquiciante. Recorrer unos metros en auto se vuelve una hazaña como la del Cid Campeador. Lo que generalmente toma a un automovilista cinco minutos, en diciembre se transforma en veinte. La concentración de coches por metro cuadrado se multiplica. Todos tenemos interés de estar en la calle y me da la impresión de que no cabemos. La gente se desespera, es seguro que llegará tarde a sus citas, en esta época hay que salir mucho antes para llegar a tiempo. El humor de los conductores llega a niveles de irracionalidad absoluta, las caras avinagradas acompañan los acordes de villancicos. En esta época es preferible caminar. Claro que hay que hacerlo con precaución. La gente tiene tanta rabia de verse presa en su automóvil por más tiempo del presupuestado que son capaces de aventarte el coche con tal de pasar primero.
Este fenómeno decembrino es como una burbuja que empieza a crecer discretamente los últimos días de noviembre y para los días de las Posadas está en su máximo esplendor. Luego revienta. Después del veinticuatro todos regresan a sus casas, las hormiguitas regresan a sus agujeros y las calles de la Capital se ven desiertas.
Nos resulta una proeza llegar a la caseta de cobro de Tlalpan. Por el retrovisor puedo ver la fila interminable de camiones, autobuses, taxis, camionetas, sedanes, coupés que se alinean rumbo al norte. La cinta asfáltica de la autopista luce vacía rumbo a Cuernavaca. Es la primera vez que regreso a Acapulco desde que Ingrid y Manuel pasaron por ahí mojando todo dejando su huella de agua por doquier.
La Autopista del Sol se ve remozada, las rayas que dividen los carriles están recién pintadas, luce el contraste entre el negro asfáltico y el blanco brillante. Los túneles recién impermeabilizados están muy iluminados, las lamparas son nuevas. Las barreras de contención viejas, oxidadas y abolladas fueron retiradas y sus reemplazos lucen un atigrado amarillo-negro de precaución muy nuevo. Todos los radares que indican el nivel de velocidad del vehículo funcionan perfectamente. Los puentes atirantados se elevan con majestuosidad, especialmente el Mezcala desde donde puedo ver que el río lleva agua, bastante agua.
¿Cómo estarán las cosas en Acapulco? Al pasar por Chilpancingo compruebo que desde la autopista parece que no pasó nada. El túnel que se llenó de lodo está en perfectas condiciones, tal vez mejor que antes. Me sorprendo del buen estado en el que se encuentra la Autopista. Ésta que conozco desde sus cimientos, que como una criatura, conocí antes de nacer, de la que supe antes de que fuera un anteproyecto, a la que he recorrido tantas veces en lo próspero y en lo adverso, a la que le dediqué tantas horas de trabajo que se transformo en flores y frutos. Ésta a la que quiero tanto. Me da gusto verla tan bien, tan bonita.
Hoy la Autopista del Sol luce como una joven lista para debutar en sociedad. La han vestido, peinado y perfumado para recibir visitas. Se ve linda. Yo, que la conozco desde adentro puedo verle los defectos y se los perdono. Ya se que es cara, ya se que el trazo fue un capricho más del gobernador de aquellos años y el resultado de la complacencia de su cuñado El Señor Presidente, se de sus deslaves y derrumbes, y de la posibilidad de que todo eso se vuelva a dar, pero, ¿qué joven no es berrinchuda?
Le perdono todo porque la quiero, porque está Autopista me dio tantas alegrías, la principal fue acercar a la Ciudad de México con Acapulco, fue hacerme más fácil brincar entre una y otra. Aproximarme. Hacerme accesible volver y volver y volver a los brazos del puerto de mis amores.
Ya vamos llegando a Acapulco, ya puedo ver los techos de las torres de hoteles y condominios que se encuentran en el Boulevard de las Naciones. ¿Qué iré a encontrar?

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Después de la lluvia

Después de la lluvia viene la calma. No encontré motivos para salir huyendo de Acapulco. Al ver las escenas de civilidad en el Foro Imperial, en Costco y en la Base Naval de Icacos entendí que lo mejor era guardar la calma. Este era el típico caso en el que no por mucho madrugar, amanece más temprano, al revés. La prisa podía ponerme en un lado sumamente oscuro. El pánico obligó a muchos turistas a formarse desde muy temprano para ser los primeros en cruzar las casetas de Metlapil, El Túnel y La Venta. La recompensa fueron horas de espera, a pesar de que el Secretario de Comunicaciones y Transportes cumplió a carta cabal y con anticipación su promesa.
La Autopista del Sol se abrió a la circulación quince minutos antes de lo prometido. Aún así, los vehículos tardaron horas en en salir del puerto. Los primeros turistas en regresar a la Ciudad de México llegaron después de diez horas, se sometieron a largos periodos en los que estuvieron estacionados esperando a que los del contraflujo pudieran pasar, avanzaron lentamente y con el susto de ser los primeros, sin saber lo que se podían encontrar adelante.
¿Por qué no te regresas ya?, me preguntaba todo el mundo. Es difícil explicar que por primera vez en la vida la urgencia no se apoderó de mi, fui yo quien tomo el control de ella. Lo que tenía que perder, ya lo había perdido. Era mucho más lo que podía poner en riesgo. Los que me esperaban ya sabían que no iba a llegar. Los míos estaban conmigo.
Con esa perspectiva las urgencias me parecían como el método de valuación de inventarios en que la mercancía se clasifica por capas. Salen primero las más costosas, se quedan para el final las otras. Así, los que sintieron mayor prisa por regresar, fueron los que tuvieron razones para pagar caro el precio de su urgencia. Los demás nos quedamos a cerrar la puerta.
El recorrido de Acapulco a México nos tomó seis horas. No fue mucho. La Policía Federal de Caminos se aseguró de que el trayecto fuera seguro. Lo más lento fue el tramo entre Tierra Colorada y Palo Blanco ya que la carretera es de un carril por sentido. El entronque con la Autopista del Sol es un camino improvisado pero muy cuidado. Hay que decir que los ingenieros mexicanos son sumamente ingeniosos. Son capaces de resolver grandes problemas con un alfiler o con un pasador. Se sustituyó un par de túneles de altas especificaciones con un camino de tipo vecinal y funcionó a la perfección. Los puentes atirantados están en perfectas condiciones. El aforo vehicular con sentido a México era muy similar al que hay en temporada alta, nada extraordinario.
Me dio gusto ver que en el sentido que va rumbo a Acapulco iban camiones con ayuda para los necesitados y con abastecimientos para los almacenes. Huevo, pan, leche, camiones y trailers con mercaderías para los acapulqueños.
Después de la tormenta, el agua sí es vida. El río Papagayo y el Mezcala iban llenos. Lucían un caudal poderoso que parecía hacer guiños con el reflejo de los rayos del sol. A la vera, flores azul pizarra, magenta, morado obispo, en forma de campanas, de amapolas, pequeñitas y medianas adornaban el camino. Había de todos tipos y variedades.
Sí, cada uno tuvimos una lección que aprender en estos días de lluvia. La mía fue el dominio que no es lo mío. Que ahora lo es. Hoy toca recoger los pedazos de lo que se rompió, tratar de componer y rescatar. Dicen que de lo perdido, lo encontrado. Después de la lluvia es tiempo de poner atención para resolver el próximo acertijo. Sin embargo, el respeto por los que perdieron mucho, por los que perdieron todo, sus historias, lo que vi, lo que escuché merece quedar en un testimonio. Principalmente para que las palabras no se las lleve el viento, para poder dejar un llamado de alerta y que esa herida que repetidamente se abre en el mismo lugar, ya pueda sanar.

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Acapulco del alma

Siempre es igual. Cada que me voy de Acapulco la garganta se me pone gruesa y como que me quiero quedar. El amor por el puerto se anidó en mi corazón desde muy pequeña y se consolidó hace trece años. Desde entonces, cualquier pretexto es bueno para tomar los caminos del sur y llenarme los ojos con la vista de la Bahía de Santa Lucía, para mi, la más hermosa del mundo.
A lo largo de estos años he visto Acapulco pintarse de todos los colores, desde el anaranjado del sol que nace en la mañana, hasta el rosa de las nubes algodonadas del atardecer. He visto el verde de los pericos que vuelan en parejas, escuchado el rumor de las hojas de las palmeras cocoteras que se despeinan con la brisa del mar, he sentido los granos de arena en las plantas de los pies y me he hecho parte del regocijo de la tradición del jueves pozolero. También he sentido la preocupación por el yugo que la delincuencia la ha impuesto al puerto. Me ha tocado vivir temblores, unos fuertes y otros no tanto.
He tenido la suerte de compartir mi amor por este hermoso lugar con mi familia y mis amigos. Muchos de los recuerdos más entrañables de mi vida se han forjado en Acapulco. Aquí el Sácale le enseñó a mis hijas a esquiar, Santiago nos guarda la mejor palapa, Juan Daniel comparte con nosotros los secretos del tenis y Reyna me da clases de lo que es la lealtad a prueba de balas. Amor con amor se paga y mi Acapulco del alma corresponde a mi enamoramiento con los mejores atardeceres y los más bellos despertares. Estoy segura de que un pedazo de cielo se escurrió de los dedos de Dios y cayó en el estado de Guerrero. El que lo dude, venga a comprobar que mis palabras están llenas de verdad.
Jamás, jamás había visto al Acapulco color barro como el que vi en estos días. Dicen que en los tiempos del Paulina la situación era similar. En realidad, es difícil de precisar, pero parece que Manuel fue más malo. Aun así, el puerto sigue bello. Es verdad, habla una mujer enamorada.
Es preciso volver y, como siempre sucede, no me quiero ir. Especialmente hoy. Quisiera quedarme en el Acapulco de mi alma. Ese que siento tan mío y al que quiero ver otra vez brillar con el fulgor del que John y Jackie se enamoraron, que atrapó a Johnnie Westmuller, que vio caminar a Mauricio Garcés, a Pelayo y a TinTan; al puerto en el que mis padres vinieron a pasar su luna de miel. Al lugar que, a pesar de todo lo que vi, me deja un suave dulzor en la boca.
En la camioneta, Carlos sube perro, perico, gato, hijas y abordo mi versión moderna del Arca de Noé. Igual que en el Génesis ya vivimos nuestro diluvio, también ya sellamos la alianza con el Arco Iris que iba desde Icacos y se perdía más allá de Pie de la Cuesta.
No me he ido y ya se me hace tarde por regresar. Encontraré pretextos para volver a recorrer los caminos del sur y llegar al paraíso terrenal.

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#acapulco

La lluvia insiste, quiere quedarse en Acapulco. En cambio, los turistas quieren ir. Ayer llovió por la noche. Hubo rayos y truenos. La mañana amanece húmeda, con nubes muy bajas pero no llueve. Al menos no todavía. Dicen que han salido muchos turistas vía aérea, que habrá vuelos gratis, que hay que comunicarse a ciertos teléfonos o que hay que consultar ciertas páginas en Internet para conseguir el preciado tesoro que es un pase de abordar. Los teléfonos no contestan, las páginas no responden. En el Foro Imperial hay confusión. Las colas son eternas y las broncas y las peleas ya empezaron. No es fácil realizar el trámite en la aerolíneas, incluso si se tiene una reservación o un boleto pagado, no hay seguridad de poder abordar un avión.
La gente está enojada. La ansiedad y la angustia genera círculos viciosos. Hay desinformación. Hay desorganización. Hay desesperación y llantos. No hubo prevención. No avisaron, nadie alertó de los peligros y de la gravedad de los fenómenos meteorológicos que avanzaban sobre la República. Es cierto, Acapulco ha sido muy golpeado y muchos querían aprovechar el puente para que hubiera derrama económica. Nadie dio una alerta para que en el puerto no hubiera tanta gente. Eso aumenta el drama. En los hoteles no había planes de emergencia. A nadie nos dijeron que era lo que la población civil debíamos hacer. Hubiera sido mucho menos costoso para el puerto si se hubiera emitido un comunicado previniendo a la gente para quedarse en casa. Así la ayuda llegaría a las personas que perdieron sus casas sin tener que compartirla con aquellos que no pueden regresar a las suyas.
Si es difícil salir por aire de Acapulco, salir por tierra sigue siendo imposible. Dicen que para el viernes la Autopista del Sol estará parcialmente reestablecida. Conozco muy bien esa autopista, incluso desde antes de que empezara a operar. Trabajé muchos años en las tiendas de esa autopista y de la mano con sus administradores, tanto en la era de la concesión, como en la de CAPUFE, se de lo complicado de sus terrenos y de la inestabilidad de sus tierras. Si sigue lloviendo, será difícil cumplir el pronóstico del Secretario de Comunicaciones que dice que el viernes seguro se restablece el servicio. Lo dice triunfante y agrega que el servicio será gratis. ¿Habrá que hablar a un número 01-800, o consultar alguna página de internet?
La fragilidad de nuestra infraestructura se pone en evidencia. Un aeropuerto construido sobre un humedal. Una autopista, que se cuenta entre las más caras del mundo, que se trazó sobre terrenos que nos son firmes y que ante el menor estornudo se provocan derrumbes. Si a la naturaleza le da por llorar tres días, nuestras vías de comunicación se descomponen.
El Boulevard de las Naciones ya no está inundado. Puerto Marqués, Colosio, Emiliano Zapata, Ciudad Renacimiento y la mayor parte de Punta Diamante, sí. Las despensas del Fondo Nacional de Desastres se reparten con orden y diligencia en varios puntos de Acapulco. Parece que las pipas de gas ya pueden salir a hacer sus recorridos. Habrá gas, agua quién sabe. El servicio de CAPAMA, la empresa concesionaria que se encarga del agua potable de Acapulco a veces abre la llave y a veces la cierra. Eso en las zonas menos afectadas. Hay lugares en los que ni el gas, ni la luz, ni el agua, ni nada llega.
En la escuela de mis hijas me dicen que no me preocupe, pero que no hay forma de justificarle estas faltas. ¿Me pregunto si debo solicitarle al Secretario de Gobernación un justificante, o se lo deberé pedir al Gobernador?
Platiqué con el señor Walton, el presidente municipal de Acapulco. Llegaba a su casa y coincidimos. Acababa de sobre volar el puerto. Las ojeras le llegaban a las rodillas y su sonrisa revelaba la amabilidad típica del político, no felicidad. Me recomendó tener paciencia. Las cosas no van a cambiar mucho en los próximos días.
Entre las nubes ya van volando helicópteros que salen de la Base Naval de Icacos. Están trabajando. Hay mucha gente trabajando. Eso ni hablar. Sin embargo, la gente sigue pensando que hubiera sido mejor emitir un comunicado alertando de la gravedad de la situación. Eso, claro está no hubiera disminuido la violencia de los destrozos, pero si el número de gente que reclama ayuda. Habrá que tener paciencia. Parece que la lluvia insiste en quedarse por aquí. Pero en Acapulco, el sol volverá a salir.

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Castillos de lodo

Generalmente, cuando uno viene a la playa hay la ilusión de hacer castillos de arena. Fortalezas de granos dorados que representan ensueños y que tarde o temprano se llevará el mar. Hoy en Acapulco los castillos de arena son castillos de lodo. La ilusión se la llevó el agua desde antes. La mañana amanece casi sin nubes. Ya dejó de llover. Pero el olor a húmedo llena el ambiente. Ríos de lodo corren por donde antes había calles.
El lodo mancha, ensucia y a veces es sinónimo de deshonra. Enlodar el apellido significa desprestigio. Si dices que alguien tiene lodo en las manos quieres decir que hizo algo malo.Acapulco está lleno de lodo. Hay rapiña. Gente que se aprovecha del estado de confusión y roba. No me refiero a aquellos que roban comida. Ayer estuve afuera de Costco, había gente que se llevaba pantallas de plasma, colchones, equipos de sonido; carritos llenos de cacerolas, sartenes, botellas, almendras al limoncello, dulces, hieleras que luego remataban por doscientos pesos.
La tienda está inundada, hay que nadar para llegar ahí. Mujeres, jóvenes, niños también se llenaban de lodo las manos. No eran únicamente hombres fuertes. Salían totalmente mojados y con bolsas negras de basura llenas de todo lo que podían llevarse. Lástima, afuera estaban marinos que les quitaban todo lo que no era comida o artículos de primera necesidad. El castillo de lodo se caía. Algunos salían con las bolsas tan llenas que se les reventaban y todo su tesoro se quedaba flotando en las aguas terregosas. Adiós a la ilusión de quedarse con todas esas cosas.
La profundidad del agua en el,Boulevard de las Naciones ya bajó, es de un metro. Los camiones del ejercito que llevan despensas y ayuda pasan despacito rumbo a Puerto Marques en donde el agua tapa el primer piso de las casas. Algunos se quieren subir al camión y los soldados empuñan sus armas, no tienen pudor en apuntar a los que quieren invadir su espacio. Con los militares no se juega, seguro tienen licencia para dispararle al que se pase de listo.
Los turistas que quedaron varados cambian sus preocupaciones. Ayer se mortificaban por no poder llegar al trabajo, a la escuela o a sus labores cotidianas. Los planes se trastocaron seriamente. No podremos volver en un buen rato. El lodo obstruye el paso en carreteras y caminos. El lodo bloquea los túneles de la autopista del sol. La única forma de salir es por avión. Hay cinco vuelos diarios y cincuenta mil personas que quieren salir del puerto, a este ritmo llegaremos a nuestros destino diez minutos antes del día del juicio. Es urgente que el lodo se retire de los caminos.Hoy la preocupación ya no es llegar tarde, es perder el empleo, los proyectos, el año escolar. Hay gente a la que ya se le acabó el dinero. En los albergues hay tantas perdonas que la ayuda no alcanza.
El lodo es barro. El barro, aunque es lo mismo tiene una connotación positiva. Con el barro se construye. De barro fue hecho el primer hombre que recibió el soplo de Dios. Acapulco necesita el soplo de Dios. El barro, como material primigenio, da paso a la creación. Así se espera aquí la reconstrucción. Pero para llegar a esa etapa hace falta tiempo.
Hoy, los castillos son de lodo.

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