Balas en la Universidad

Parece que nos confundimos. Las aulas se usan para dar y recibir clases. Los espacios universitarios son para llevar una vida estudiantil. Quienes ahí asistimos, con independencia de la institución educativa a la que vayamos, tenemos que tener amor al conocimiento, a forjar pensamiento crítico, a los libros, al pizarrón, a los alumnos y a los maestros. En fin, se va a estos lugares a aprender.

Veo que en muchos casos, la universidad sirve de pretexto a muchos para hacer otras cosas. El reventón y el rigor universitario son difíciles de combinar. Las distracciones generan bajos rendimientos y los malos hábitos de estudio se gestan cuando a lo largo del semestre se distribuye mal la carga de trabajo y como la liebre de la fábula, se quiere correr a la meta en los últimos minutos. Por supuesto, las horas que se le robaron al estudio se compensan con noches de desvelo, jarras de café, súplicas a los profesores y algunos se ayudan con sustancias para aguantar el ritmo de estudios en forma artificial.

Claro, ahí está el blanco perfecto. El mercado ideal en el que se demanda ayuda para el estrés, algo para aguantar noches y noches despierto, lo que sea para combatir el insomnio. Y, en vez de que exista una autoridad que acompañe a estos chicos para ayudarlos a forjar buenos hábitos de estudio y de vida, resulta más fácil mirar a otro lado o invocar una autonomía que a estas alturas tiene a la máxima casa de estudio con un problema de narco menudeo y balas en sus facultades.

En la UNAM suceden cosas que no debieran pasar. La venta de cigarros de marihuana, tachas y demás sustancias prohibidas se hace a plena luz del día, con un descaro que me lleva a pensar que ahí no hay una autoridad real que pueda poner un alto a estos maleantes que van a profanar la vida universitaria. Nos escandalizamos ante lo que sucede en las escuelas en Estados Unidos y aquí no hacemos nada por proteger a nuestros muchachos estudiantes.

Nos asustamos de la muerte y nos abrazamos a la mortaja. Por favor, la autonomía no debe ser anarquía. A Ciudad Universitaria entra cualquiera sin necesidad de identificarse. En el corazón de la Universidad, hay gente que no tiene nada que ver con la institución que tiene secuestrado el auditorio Justo Sierra y hace años que todos lo sabemos. Hace años que nadie hace nada.

Me parece que la autonomía no está para generar caos, está para propiciar el libre pensamiento. Las balas y la drogas van en contra de ello. ¿Hasta cuándo la rectoría, el gobierno de la Ciudad de México y el gobierno federal se van a dejar de echar la bolita? ¿Cuántas balas más? ¿Qué están esperando?

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Maestros armados

Ya no sé si me da risa o me da pánico oír las ocurrencias del presidente de Estados Unidos. Donald Trump propone armar a los maestros y entrenarlos para que en caso de que a algún estudiante se le ocurra sacar una metralleta en el salón de clase, la maestra saque una pistola o un rifle y ponga orden. Claramente, el señor no tiene idea de lo que es ser un profesor. Por suerte, yo no soy maestra en ninguna universidad estadounidense, sino, ya me veo cargando computadora, bolsa y rifle por los pasillos hasta llegar al salón de clases.

Si, de por sí toda la vida ando con dolor de espalda por todo lo que cargo desde el estacionamiento hasta el aula, un rifle sería como ponerle una raya más al tigre. Tendría que sumarle a la computadora, exámenes, libros y cuadernos, el peso de un arma poderosa porque una pistolita daría risa. O, tendría que decidir entre llegar al salón con libros o con una Ak-47. Me imagino que mis alumnos se sentirían felices de ver a sus profesores caminar por los pasillos con sus armas colgadas al hombro. Tal vez, pondrían mas atención a una mujer que además de enseñarlos a pensar, los persuada con un rifle como mejor argumento.

Seguro que ningún loco entraría a mi salón, presa del miedo de verme armada. Se mosquearía y no se atrevería a disparar a sus compañeros porque ahí estaría yo con mi rifle para defenderlos. Entonces, según imagino, el maestro que se vea en semejante situación deberá apuntar y disparar al alumno para evitar mas muerte. Entonces, un profesor deberá anotar en su descripción de puestos que una de las habilidades para pararse frente a un grupo es la puntería y otra será la sangre fría. Habrá que disparar y matar, ¿cuántos maestros de kínder hasta doctorado querrán hacer eso?

Por suerte, no soy maestra en Estados Unidos. Pero, me imagino a Michael Porter entrando a Harvard con semejante ametralladora y a Mika Ronkainen en Georgetown con un rifle de alto poder o a Miss Christie en el Jardín de Niños, o al Profe Paul en la primaria… ¿irán a poner percheros para colgar las pistolas o las tendrán que dejar el arma sobre el escritorio? Tal vez las de los profesores de diseño serán de colores y las de la facultad de medicina vendrán con un dispositivo que tenga gel antibacterial.

Yo que creía que enseñar era compartir, ahora me entero que para el presidente de los Estados Unidos es mejor volver a los tiempos en los que la letra entraba con sangre. ¿Cuántos maestros se querrán ensuciar las manos? Me aterra pensar en la respuesta, mejor que nos gane la risa.

La marcha por nuestras vidas

Una matanza tras otra y luego, el olvido. Un individuo saca una pistola y mata porque puede, porque tiene un arma a la mano. La fórmula macabra marca la consecuencia, si no se hace nada, si no se pone un alto, la tragedia vuelve a suceder. Vemos con estupefacción que este tipo de sucesos se repiten con mayor frecuencia y el dolor desaparece del recuerdo, se diluye en la mente colectiva hasta que viene el siguiente. Por supuesto, para prevenir, habría que hacer algo distinto. Si se sigue haciendo lo mismo, ¿cómo se pretenden resultados diferentes? Es curioso, en los Estados Unidos es más fácil conseguir un arma que un medicamento.

Pero, los estudiantes de Parkland en Florida quieren hacer la diferencia. La marcha por nuestras vidas busca generar el cambio que se necesita para prevenir una nueva matanza. Es tiempo de sostener la cara, de manifestar el desacuerdo, de decirle a los políticos que es indignante que estén tomando dinero de la asociación del rifle, que apoyen esas posturas, que vean como se vulnera la seguridad del ciudadano y que apuesten por el olvido.

Irán a Washington con l a intención de poner al gobierno contra la pared. Exigirán que no haya ni uno sólo más que muera en esta forma tan absurda. Se trata de detener el derramamiento de sangre, se trata de ponerle un punto final a esta política sangrienta. No bastaron las imágenes de horror ni los familiares llorosos ni los funerales ni la angustia. Todos esos sentimientos fueron desestimados. Las fotos con el presidente y la primera dama en el hospital no sirven de nada, como tampoco sirvieron las lágrimas sentidísimas de un presidente.

Sirve la acción, sirve cambiar las reglas, sirve tocar las puertas al congreso estadounidense para exigir que las armas sean reguladas. Veo las fotografías de cazadores que guardan un arsenal de rifles y armas de fuego que le causarían envidia a algún ejercito pobre. ¿En serio se necesita tanto? Me parece que el riesgo de esa pseudolibertad es muy alto. Pero, los que miramos a la distancia aplaudimos esta iniciativa de los jóvenes que buscan despertar la consciencia de una nación aletargada por el ego consumista y por el amor ridículo a las armas.

¿Quieres más a sus rifles que a sus hijos? La pregunta está en el aire. La respuesta la hemos conocido por los hechos. Las armas de alto poder son un boleto a la destrucción, no a la defensa personal. Si no me creen, vean y juzguen.

Las balas de Nikolas Cruz

Desde que este blog tiene vida, ha habido nueve masacres por tiroteos en los Estados Unidos. En este milenio son doce. Doce eventos en los que un aparente lobo solitario saca un arma y se dedica a tirar balazos por el gusto de hacerlo y mata a inocentes porque puede y no hay quien se lo impida. No son ataques terroristas ni se reivindica ningún ideal religioso o político. Se mata y ya está. Luego, vienen los abogados y buscan cualquier excusa, desde desequilibrio mental, angustia extrema, incapacidad civil para que al final, olvidemos nombres y apellidos y nos enteremos, al tiempo, que volvió a suceder.

Desde abril de 2007 a la fecha los eventos de Virginia Tech, Birmingham, Fort Hood, Aurora, Sandy Hook, Base Naval de Washington, Roseburg, San Bernardino, Orlando, Las Vegas, Sutherland Springs y Parkland, casi cuatrocientas personas perdieron la vida sin sospechar que la muerte les andaba rondando. Se despidieron por la mañana y no pudieron volver por la tarde.

Cada historia es diferente, Nikolas Cruz acababa de perder a su madre. Estaba tristísimo porque Lunda Cruz su madre adoptiva falleció el pasado noviembre. Entonces, para curarse la depresión, fue a comprar un fusil de asalto AR-15 que. O exige ni permiso ni licencia y se fue a la escuela donde había sido expulsado por indisciplina y asesinó a diecisiete personas. El chico tiene diecinueve años.

Imagino que para Cruz fue más fácil comprar armas que antidepresivos, pues en Estados Unidos es más sencillo comprar una pistola que una caja de antibióticos ya no hablemos de conseguir ansiolíticos. Ayer, el joven asesino compareció ante un juez y se declaró profundamente arrepentido. Por lo menos dice estar consciente de lo que hizo. Y, de repente el,sueño americano se viene abajo, se mancha de sangre y un lugar maravilloso como Florida o Sandy Hook, un lugar divertido como Las Vegas, un cine en Aurora, un espacio de alta seguridad como una Base naval, una ciudad o un pueblo se convierten en el escenario de una masacre porque es muy fácil que alguien coja una pistola.

Las balas de Nikolas Cruz debieran servir para reflexionar. Nos enfrentamos al desguace de la imagen del americano pacífico que vive la vida sonriendo, comiendo hamburguesas y vestido de shorts. La tristeza es que los estereotipos se desgastan y nos ponemos frente a una nación que quiere defender su sentir bélico. Es irracional que se pueda comprar un arma en el súper, es terrible que haya balas al alcance de muchachos de diecinueve años y que se las vendan como quien compra una coca-cola porque una cerveza es más difícil de comprar si no te identificas.

Y, después de tantas lágrimas, se insiste en la estupidez extrema. Se cree que con inteligencia y procesos de espionaje se abatirá el problema. ¿Y si hubiera menos armas? Si eso sucediera, en Estados Unidos bajaría la venta de armamento y eso es económicamente pésimo para gente que prefiere ver como aumentan sus ingresos mientras aumentan sus muertos.

Rotos

Se nos mueve la tierra. La superficie se agita y en unos cuantos segundos, se desmoronan casas, se hacen polvo las vialidades, se arrebatan vidas y lo que queda en pie luce tan frágil que nos da miedo estornudar. Nos tallamos los ojos para afocar la mirada, para valorar y entender lo que acababa de suceder cuando nos avisan que ahí viene un huracán categoría uno.

Los vientos que presagian la llegada de Max son tan poderosos que las cosas salen volando a gran velocidad. Por ahí se ve una silla de playa que va volando junto a una sombrilla, como si fueran fantasmas y cerramos los ojos porque no nos queremos imaginar el impacto cuando estos dos caigan al suelo o se estrellen contra una pared. No es lo único que vuela por los aires.

En Corea del Norte, siguen haciendo pruebas nucleares. Un día sí y otro también, nos enteramos con terror de que un necio va a la cabeza de la carrera armamentista y que no le importa nada. Él quiere estallar bombas como quien se divierte jugando con fuego. El nuevo Nerón siente fascinación por los aparatos de destrucción masiva y nadie le da una nalgada, le quita sus juguetes y lo manda a reflexionar al rincón. 

No se entiende nada.

La destrucción que causa un fenómeno natural nos da perspectiva, somos pequeños. La destrucción que se causa por la voluntad de un hombre nos pone en otra reflexión, somos imbéciles. 

Hace falta poner atención. El sufrimiento de gente en Chiapas y Oaxaca, en Houston o Miamai es doloroso. Ricos y poderosos quedan a la misma altura de los pobres y débiles. Se pierde todo y encontrar fuerzas para empezar de nuevo es cosa de grandes espíritus. La solidaridad y la ayuda es inherente al ser humano. Extender la mano es natural. También, hacer daño.

El mundo hace ruido, la tierra se mueve, los aires se agitan y en algún lugar del mundo, alguien se frota las manos y sonríe mientras ve que puede causar destrucción. Lo imagino tocando su lira mientras prepara el incendio. ¿Y si viera las fotografías de Juchitán? A lo mejor con esas imágenes se le calman las ansías. Andamos rotos, no hay duda.

Amenezas que no son bastante duras

Es la típica situación que se repite en todos los hogares del mundo. Un hijo hace algo que no debería haber hecho, una travesura, una grosería, algo que no fue correcto.para que se corrija y cambie su comportamiento se recurre a una amenaza:  un castigo ejemplar,  un azote, no poder jugar con los juguetes, no salir al parque o lo que sea que le ponga sobre aviso. Si haces algo vendrá una consecuencia. Pero, si la amenaza no se cumple, el límite se desgasta. Si vamos a amenazar y no estamos dispuestos a cumplir, mejor deberíamos cerrar la boca. Las consecuencias de intimidar y que luego no pase nada, es que nos convertimos en el hazmereír del amenazado.

El que amenaza muestra miedo. Si te digo que te voy a pegar, me asusta levantarte la mano. Cuando alguien quiere hacer algo y está convencido de ello, no anda advirtiendo, sencillamente lo hace. Andarle haciendo al gallito con los hijos tiene consecuencias fatales para su formación. Andar intimidando, cuando eres el Presidente de los Estados Unidos es otra cosa. El apercibimiento de un mandatario es cosa seria, a menos que se trate de Donald Trump vociferando frente a Corea del Norte.

El anciano de la Casa Blanca eleva el dedo adminitor y le advierte al escuincle maleducado de Corea del Norte que le llegará un castigo terrible si hace algún movimiento contra Guam. El mocoso le saca la lengua al viejo. Entonces, como si estuvieramos viendo un cuadro cómico de Groucho Marx o del mismísimo Charles Chaplin, vemos al abuelito hacer un berrinche mayúsculo y proferir amenazas como una cafetera destartalada a punto de deshacerse entre vapores y chiflidos. El niño le hace una trompetilla y el hombre añoso, rojo y con un lenguaje cercano a Cantinflas, vuelve a amenazar. 

La escena nos da risa y luego se nos quita al momento en que caemos en la cuenta de lo que estamos hablando. El mundo mira con horror la torpeza norteamericana, no podemos decidir si nos dan ganas de reír o llorar. ¿Qué está pasando en un país cuyas flias y fobias los sacaron de la realidad? El odio a ultranza, la falta de reflexión, los valores trastocados, la ignorancia y la patanería han dado como resultado a un engendro que no sabe mandar y quiere resolver todo a base de amenazas, que no va a cumplir.

La diplomacia es una herramienta más elegante y, sin duda, más eficaz. Pero, eso es pedirle peras al olmo. Ser firme no significa ser violento o actuar a base de gritos histéricos. Se trata de entender y planear, de ser un estratega y tener la talla de un mandatario. Para ello, hay que tener claro el motivo de la disputa y el objetivo que se quiere alcanzar. Por supuesto, siempre hay que intentar de ser los más coherente posible para poder defender argumentos y que tu contraparte note que tienes claro el camino a seguir. 

Pero, eso hoy por los rumbos de la calle de Pensilvania, es mucho pedir. Casa nación tiene el gobierno que merece. Pobres estadounidenses, se conformaron con poco, se dejaron encandilar. El mundo los miraría con ternura si no fuera porque están agitando el avispero atómico. 

Nuevas formas de guerra

El antentado en el metro de San Peteraburgo me confirma que las estrategias para hacer guerra están cambiando. Las campañas napoleónicas quedaron atrás. Los campos de batalla en los que dos ejércitos combaten parecen cosas del pasado. La lógica de las formas bélicas se mueve de lugar y deja en desuso ciertas armas. Los tanques, las metralletas, los cañones pierden uso, ahora las armas de destrucción son menos sofisticadas, una bomba de clavos, una camioneta todo terreno, un trailer sirven de la misma forma en que antes lo hacían las bayonetas.

Claro, antes había el honor de los ejércitos. Los soldados se enfrentaban para defender las causas de cada lado y los civiles sufrían el hambre y el desastre de los esteafos de la guerra. Pero, poco a poco ese honor se fue perdiendo. Los efectos colaterales se transformaron en víctimas inocentes que tuvieron la mala fortuna de estar ahí. Es verdad, las guerras siempre han cobrado vidas inocentes. Pero, el día que en Enola Gay abrió sus compuertas para liberar a Little Boy y estallar sobre Hiroshima y días después Backscar hizo lo propio sobre Nagasaki se abrieron las puertas desastrosas de Pandora. ¿Cuántos japoneses murieron sin haberse enterado de las razones que hubo para bombardear Japón? ¿Cuántos niños, mujeres, ancianos y hombres de bien quedaron hechos cenizas sin haber hecho daño alguno en su vida? Y lo mismo aplica para esos drones que matan sin precisión, que se equivocan y caen en hospitales o en refugios o en campamentos de la Cruz Roja. 

La desesperación que causa la guerra es igual siempre, pero el honor es un parámetro diferenciador.  

Parece que esas formas en las que se piden disculpas por el fuego amigo, o en las que ni siquiera se preocupan de decir lo siento, están siendo copiadas por terroristas. Pero, la sofisticación de sus procedimientos se están simplificando. No necesitan bombas de destrucción masiva, ni robots teledirigidos. Se valen de artículos cotidianos, casi domésticos y sin dar importancia a la inocencia o identidad de sus víctimas, perpretran el crímen, casi sin invertir grandes cantidades de recursos.

Ni en Niza, ni en Londres ni en San Petersburgo se vieron tanques, ni metrallas. Ni siquiera se vieron pistolas o cuchillos. La guerra adquiere otras formas. Las medidas preventivas e intimidatorias a las que se vio sometido el mundo desde la adminsitraciónnde George Bush, no han surtido efecto. Parece que la maldad no se inhibe por decreto, a las pruebas me remito. Es tiempo de buscar los origenes verdaderos y reconciliar con el mundo a estos personajes que son capaces de matar porque ya no tienen nada que perder.

El honor que antes llevaba a un soldado a batirse cuerpo a cuerpo sin meter en la lucha a quienes no formaban parte del ejército se perdió y con ello, la transformación de la guerra nos deja con ojos llorosos y dientes rechinando.

De armas y miedo

Según el Instituto para la Paz en Estocolmo, Estados Unidos es el primer exportador de armas en el mundo. Curiosamente, creo que también es el país que tiene más miedo y en el que el susto se convierte en la mejor arma de convencimiento para la gente en general. En el país del sueño americano, la pesadilla provoca temblores tan fuertes que la propuesta de vivir aislados, confinados por un muro, en vez de provocarles claustrofobia, causa simpatía. No se entiende mucho esta incongruencia.

Parece que el miedo que sienten, ellos mismos se lo están provocando. ¿Les gusta el dolor auto infligido? Los atentados se perpetran con armas que los propios estadounidenses están poniendo en el mercado. Cada bala, cada misil, cada tanqueta, cada avión de guerra, cada dron que ataca hoy al mundo tiene altas posibilidades de haber sido fabricado en territorio estadounidense. Según Zachary Cohen de CNN, EE.UU. es responsable de casi el 33% de las exportaciones de armas en todo el mundo —siendo, por mucho, el mayor exportador de armas del planeta— ¿pero qué países con los que más le compran?

¿A quiénes les venden? El top 10 lo completan Turquía, Corea del Sur, Australia, Taiwán, India, Singapur, Iraq y Egipto. El dato parece un despropósito, según los expertos de CNN, creen que Oriente Medio seguirá siendo un destino de primera para armas durante algún tiempo —actualmente representa alrededor del 40% de las exportaciones de armas de Estados Unidos— especialmente teniendo en cuenta el ascenso militar de ISIS. Es decir, el planteamiento de encerrarse a piedra y lodo para evitar los desaguisados que están provocando tiene un tinte de seguridad pero un origen económico. El bolsillo de alguien se llena cada que se vende un arma y no importa que muchos tiemblen de susto y se metan debajo de la cama. En todo caso, mejor.

Lo triste de la carrera armamentista es que se piensa que el cañón está apuntando a otro lado y no es así. La amenaza de las balas es genuina. La sangre que corre es verdadera. La muerte no es una ilusión. Las metralletas que tienen los terroristas le generaron utilidades a alguien y amargura a muchos más. Y, también sirve para asustar a la gente y convencerla de que el temor es lamforma de enfrentar al diferente.

Las razones del dinero no debieran ser argumento y lo son. El tema de la seguridad parece ser una argucia que incrementa la inseguridad y fomenta el miedo. Todo toma sentido en la rueda que gira dando vueltas al disparate. Unos cuentan billetes mientras otros tiritan buscando la forma de encerrarse a piedra y lodo. 

Los diez países que más compran armas dan luz del destino que pueden tener y del porque en Estados Unidos sienten que el cañón les está apuntando.

La bomba coreana

En los primeros días del año, se va haciendo costumbre que la Humanidad reciba una bofetada dolorosa. El año pasado fue la matanza en las oficinas de Charlie Hebdo, este año nos tocó enterarnos de que Corea del Norte había hecho una prueba éxitosa para tronar una bomba de hidrógeno.

La noticia en sí misma es abominable. La forma en que una mujer de rasgos orientales,  tan sonriente y bien arreglada lo dijo, me hizo estremecer. Parecía que nos estaba dando la noticia del nadimiento del nuevo monarca en vez de darnos a conocer que tienen un arma letal de destrucción masiva. Tampoco parecía lo que en realidad es: una gran advertencia y un desafío descomunal.

El tema de las bombas había dejado de ser un punto de preocupación en la mente de las personas. Hablabamos de drones, de armas más dirigidas y especializadas. Nos despiertan de un letargo y el tema nos pone la piel de gallina. No nada más a la gente comün y corriente, también a mandatarios y naciones. Ni Estados Unidos no Rusia recibieron la noticia con alegría.

La sonriente vocera del gobierno de Corea del Norte fue quien hizo público el éxito de la detonación, explicando que la bomba logró un impacto de 250 megatones, algo jamás antes registrado en la historia de la humanidad. Y para que sea mayormente simplificado basta un pequeño recuento de las anteriores bombas que han amenazado la paz de la humanidad.

Las bombas nucleares han ido evolucionando a lo largo del tiempo. Las primeras bombas que se desarrollaron fueron de uranio, la cual funcionaba detonando una reacción en cadena de este elemento con una gran cantidad de neutrones. Los ataques de Hiroshima y Nagasaki en 1945 se realizaron con bombas de uranio, alcanzando una potencia de 13 kilotones. Posteriormente las bombas se hicieron de plutonio, pero el salto con mayor relevancia fue cuando las bombas se hicieron de hidrogeno, alcanzando los mayores registros de potencia.
¿Ese es el rumbo que queremos seguir? 

El club del rifle y la bomba coreana son más similares de lo que pensamos. Ambas te pueden matar. Las lágrimas de Obama pueden parecer lo que sea, tal vez hasta sean de miedo. Lo cierto es que hasta esa sonriente mujer que habla de éxito en la detonacion puede ser destruida a impactos megatomicos. No le encuentro la risa.

Ni lágrimas ni risas, mejor cambios de rumbo. Ni bombas ni rifles, mejor meterle manos a la distribución de la riqueza. A pesar de la coreana tan sonriente, lo que nos dijo nomes una buena noticia.

  

Balas

Lo escucho por la radio y el estómago se frunce. Otra matanza. Han pasado pocos días de lo que sucedió en París y las balas vuelven a repartir muertos. La California dorada se mancha de rojo. El pueblecito de San Bernardino atrapa la atención  mundial y llega a las primeras planas. Por horas, no se sabía bien a bien qué había pasado, pero la estridencia de la tragedia ya recorría el mundo.

París se siente tan cercano, esas heridas duelen vivamente. Sandy Hook nos resulta más lejano, ya es una cicatriz. Del 2012 para acá no han pasado tantos días y en el imaginario colectivo lo que sucedió en esa escuela parece difuminarse en el olvido. Hoy, como entonces, saldrá el Presidente Obama a pronunciar un discurso para mostrar solidaridad y dar palabras de pesar. Se las llevará el viento. Las armas siguen siendo el problema. 

Estados Unidos es uno de los pocos países del mundo donde el derecho a portar armas está protegido por la Constitución. Es más fácil para un menor comparar un arma que una cerveza en territorio estadounidense. Los datos duros apabullan cualquier opinión: en Estados Unidos mueren una media de 92 personas al día por arma de fuego. Son 1,45 millones de muertes a causa de balas —por asesinato, suicidio o accidente— desde 1970, una persona cada 16 minutos. Son cifras de campo de batalla, es un número hóstil que no se quiere ver. 

El columnista de The New York Times Nicholas Kristof llamó la atención sobre esta cifra asegurando que son más fallecidos que en todas las guerras en las que ha estado implicado el país en toda su historia. Según la campaña Brady contra la Violencia por Armas de fuego, otras 297 personas resultan heridas al día por disparos.

A pesar de eso, el Club del Rifle sigue siendo la gran influencia que sostiene el derecho de portar armas. A decir verdad, las pistolas y los rifles constituyen una seña de identidad que los hijos del Tío Sam cuidan con orgullo. Un cowboy debe tener un rifle y las balas deben ser accesibles. La matanza en la escuela infantil de Connecticut en 2012 sacudió a Estados Unidos , pero ese estupor no logró impulsar reformas para regular las armas. Los que las aman  apuestan al olvido. Es una apuesta segura, pocos recuerdan Sandy Hook. Desde entonces, el país ha sido testigo de 1.052 masacres, en los 1.066 días transcurridos desde entonces, los nombres se desdibujan, se disuelven, se pierden en los recovecos del olvido. En estos tres años han muerto 1.312 personas y otras 3.700 han resultado heridas, según el recuento de Mass Shooting Tracker.

El lenguaje de las balas deja muertos tendidos en el suelo, pero, se olvidan. Sandy Hook fue una muestra de horror como lo es San Bernardino. El terror lo siembra lo mismo un loco al que se le desordenaron las ideas que un reclutado que recibió entrenamiento. Importa quien jala el gatillo, no obstante, lo que no se puede dejar de lado es la facilidad para que cualquiera pueda comprar una caja con balas. 

  

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