Andrea creció

Las madres tenemos la costumbre de sentir que el tiempo no pasa y al mismo tiempo quisiéramos atrapar los instantes en el hueco de la mano para poder detenerlo. A veces podemos, cierro los ojos y todavía puedo ver con nitidez a esa bebita hermosa que pusieron entre mis brazos, llorando con fuerza, y siento con idéntica intensidad la emoción cuando te acurrucaste y entendí el maravilloso privilegio de ser tu mamá. Cabías en el espacio del antebrazo. Te di un beso que quise que fuera eterno. De alguna forma lo es, el contacto sigue tan vivo como lo fue aquel día. Ni hablar, parece que aún puedo arrullarte y mecerte en mi regazo.

La maternidad ha sido la mejor bendición que Dios me ha dado. En esos instantes se forjó un vínculo tan poderoso de cariño y ternura tan único y precioso que creí ya no era posible querer con más fuerza. Me equivoqué. Cada día crece y seguirá creciendo. Pero conforme pasa el tiempo, hay más motivos. Ahora al amor lo acompaña el gran orgullo que me da decir que soy tu madre. El tiempo funciona en formas curiosas en las cabezas de las madres. Dije que me hubiera gustado ver por un hoyito cómo sería el futuro. Desde luego, la realidad supera en mucho la fantasías que pude hacerme en torno a ti. Ya no necesito imaginar nada, eres una mujer mayor de edad. Por increíble que parezca, ya pasaron dieciocho años.

En la elasticidad que los recuerdos le dan al tiempo, te veo con el vestido de Primera Comunión y frente a las cámaras de Televisión Española dando una entrevista,  te veo recibiendo el trofeo del campeonato de tenis del Club Asturiano y firmando copias de tu libro en Madrid, te veo con el uniforme del Kinder Hills y hablando en la presentacion de Por escrito. Claro que el pecho se llena de orgullo. También te escucho debatiendo conmigo y dejándome claro los conceptos en los que no estás de acuerdo, te escucho dando opiniones y fijando posturas con esa forma tan dulce y tan contundente y respetuosa que te da identidad.

Siento esas mañanas en las que llegas a dormir cinco minutitos, los últimos antes de empezar el día, o las noches cuando me pides que te arrope, o cuando todavía de noche, se que sigues estudiando o haciendo tareas. Siento la alegría de caminar a tu lado en las mañanas de Acapulco, de la tarde en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, de las callejoneadas en Guanajuato, del créme bruleë en chez eux, de la arena de la playa de Holbox. Siento tanto gusto al comprobar que podemos trabajar  juntas en proyectos en conjunto.

Me muero de risa al recordar la noche en Valladolid, de ima-iname con bigotes, de Vito echándose a nadar en la alberca, de vamos contra corriente, o al verlas a tu hermana y a ti hablando en esos códigos que nada más ustedes entienden. Haz llenado mi vida de alegrías maravillosas y mis momentos de los mejores motivos.

Haz crecido, Andrea. Haz ganado una estatura. Eres fuerte. Ya eres grande. Miro al cielo y digo, esta es la niña que le pedí a Dios. Soy esa mujer que se arrodilló frente a ti para pedirte a esta nena que hoy ya es una mujer. Te pido por ella, como lo hice entonces, como lo he hecho estos años, como lo hago hoy y lo haré siempre. Me escuchaste, señor. Me concediste la petición con la generosidad que te caracteriza, siempre dándome más. Andrea es la mejor prueba de ello.

Te pido para mi hija, que la bendigas siempre, que la tengas siempre rodeada de ángeles, custodiada por arcángeles, que los santos la cuiden y tu madre la tenga sostenida de la mano. Y tú, Dios vivo y único, guárdala en el corazón, muéstrale tu rostro y tu misericordia.  

Insisto, las madres tenemos ese anhelo de detener el tiempo en el hueco de la mano. ¡Qué bueno que no podemos!

Andrea, mi hija, creció. Ya es mayor de edad.

¡Feliz cumpleaños, mi niña! 

  
  

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Verte caminar

Así cómo hay flores que embellecen con su fragancia al apenas germinar y alegran por la hermosura de sus botones, así como el sembrador se sorprende al ver la maravilla que brotó de la humildad de su semilla y mira al cielo agradecido por lo que reconoce como uno de los dones más grandes de su vida, así fue hace dieciséis años cuando te tuve entre mis brazos por primera vez y te llené de besos apenas unos instantes después de que llegaras al mundo.
Naciste buena, hijita linda. Recostada en tu canasto eras la imagen viva del orgullo de tus padres, la felicidad encarnada. ¿Quién me puede afirmar que ya pasaron dieciséis años si todavía puedo sentir el calor de tu piel tan nueva? Los pellizcos que los ángeles te dieron como señal, hoy son un par de hoyuelos que te adornan las mejillas y esos piececitos cuadrados que a mi me encantaba morder como sí fueran un par de quesadillas, hoy calzan zapatos más grandes que los míos. Esas manitas que se enroscaban en mi índice hoy son capaces de arrebatarle a los colores las figuras más sorprendentes y de crear mundos maravillosos cimentados en palabras.
Mi máximo orgullo es creer que te pareces a mí y la alegría que me invade el corazón es saberme cómplice de tus aventuras y ser parte de muchas de ellas. Compartimos gustos y me lleno de satisfacción al reconocer que sabes hacer muchas cosas mejor que yo. En Madrid y en Oaxaca hay testimonios que avalan lo que digo. No son sólo las palabras de una madre, sin embargo, es tu madre la que escribe.
¿Qué hay mejor que jugar tenis contigo y con tu hermana? ¿Qué se puede comparar a verte manejar un Vocho sin temor alguno?
Verte caminar, mi niña, ha sido mi privilegio. Desde los primeros pasos tambaleantes en los que te aferrabas a mis manos y no te querías soltar, hasta los de hoy por la mañana en que corres sin mirar atrás. ¿En qué momento aprendiste a bajar los escalones de dos en dos? Verte avanzar ha sido mi satisfacción.
En infinidad de ocasiones he escuchado que el tiempo se pasa volando. La mejor manera de verificarlo es verte. Quisiera detener el tiempo, atrapar las manecillas del reloj como sí fueran las alas de una mariposa, darle una vuelta inversa a la tuerca del segundero para acunarte y arroparte como cuando eras pequeñita. Pero no hay necesidad, cada noche te acercas a pedir que te cobije y sigues pidiendo el beso de las buenas noches. A veces creo que el olor de bebé sigue enredado entre los hilos de tus cabellos. En el sueño de la felicidad nunca imaginé que la realidad pudiera ser tan hermosa.
Vive, hijita buena, con la convicción de mi amor a toda prueba, con la certeza de que los brazos de tu madre están siempre listos para recibirte, mis manos para ayudarte y mis aplausos para impulsarte. Te vestí con el ropón el día de tu bautismo, te puse el vestido de Primera Comunión, te ayudaré a arreglarte el día de tu Boda. Juntas aprendimos los cantos y juegos de la estimulación temprana, se me partió el corazón cuando te despediste de mi y de tu padre para entrar feliz el primer día del Jardín de Niños, te echamos porras hasta verte alzar la copa de campeona de tenis, casi se me para el corazón al ver tu imagen en Televisión Española después de la presentación de La herencia del Frío, y le digo a todo el mundo que mi hija escribe una columna semanal en el periódico. Colgaré tu título en un lugar privilegiado de la casa. Los sueños se achican y tu los rebasas con creces. Es cierto, sólo tienes dieciséis. Es cierto, ya tienes dieciséis.
Verte caminar, a veces me da vértigo, a veces me da miedo. Pero vuelves la mirada y sonríes como sólo tú sabes hacerlo. Y entonces, como hoy, como siempre, me queda la certeza de que al verte avanzar nada más cabe el orgullo que brota del corazón de una madre.
Que Dios te bendiga y siga derramando su luz sobre ti, que te guarde en el hueco de su mano y te prodigue sus bendiciones, que te rodee de amor y te llene de esperanza. Que te regale vida buena y que la fe sea tu mejor soporte. Que el Dios Padre, Hijo y Espíritu, vivo y único te bendiga, hoy y siempre.
Feliz cumpleaños, Andrea.

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La herencia del Frío

La herencia del Frío, primer libro de la saga escrita por Andrea Fischer, fue presentado esta tarde con gran éxito en Madrid. Una novela enmarcada en el género fantástico, una apuesta arriesgada y bien lograda que narra las aventuras de Idenaro, hijo de Cumerio, el señor Frío por llegar a Muna, el reino que limita con Crota su tierra. Los escenarios de la novela brotan de forma mágica y el dominio de la pluma nos hace olvidar que la autora cuenta con apenas quince años.
Acogida entre los escritores madrileños, Fernando Podadera acompañó a Andrea en la presentación.
Se encendió la expectativa y los asistentes manifestaron gran interés en la trama, en la construcción de los personajes y en la arquitectura de la novela.
Al final, Andrea Fischer fue entrevistada por varios reporteros de medios literarios impresos y se hizo una cápsula para Televisión Española.
Fue sorprendente la convocatoria de una autora mexicana, que causó interés en un grupo sumamante diverso, tanto en intereses como en edades. Desde un pequeñín de apenas siete años que se acercó tímidamente a pedir la firma de la autora, hasta escritores, y lectores de toda factura.
La herencia del Frío,
Editorial Mundibook,
Madrid, España, 2013.

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