Los paraguas de Águeda Portugal

El camino de Santiago nos trajo a Águeda un pueblecito en el centro norte de Portugal, de tres calles, en dónde ahora llueve y al rato también. Empieza un chipipipi de gotitas muy finas y en un segundo se suelta una tromba que parece no tener fin para segundos después darle paso a los rayos del sol. Los rayos del sol son tímidos y huidizos. A la menor provocación se esconden detrás de las nubes. No me queda claro que los incita a salir, ni que los motiva a ocultarse.
El otoño ya entró en Águeda, para recibirlo los moradores del pueblo cuelgan paraguas en las tres calles principales –y casi las únicas– del pueblo. En una calle son de colores, en otra con dibujos de limones y en la última son blancos sostenidos por unas piñatas en forma de humanos de colores brillantes. Es el festival de esta ciudad que está en busca de su identidad. Antes era un pueblo industrial que vivía de la fabricación de bicicletas, hoy busca un nuevo rostro. Recibe turismo y peregrinos que van, ya sea a la ruta de Santiago o van por el camino a Fátima. En Portugal los dos caminos se marcan y se distinguen. Uno el azul, va al Santuario de la Virgen, el otro, amarillo va al del apóstol.
Es sábado y no hay mucho que hacer. Los comercios cierran a la hora de la comida y los restaurantes tampoco tienen mucha gente. El vinho verde es delicioso, comemos muy bien y, en comparación de otros lugares, relativamente barato.
A la hora del postre, visitamos una pastelería típica portuguesa. Al entrar el olor a café fuerte nos despierta el antojo por un pan de la región. Los panaderos heredaron la tradición de los monjes por lo que los nombres de los panes parecen benditos: pan de Belén, obispos, jesuitas –juro que hay un pan que se llama así– clarisas, pan de Dios. La mayoría tienen como relleno una pasta de naranja con un sabor delicado, no muy dulce pero sí muy anaranjado. Las natas tienen crema pastelera, hay flanes y jericayas. Hay porciones grandes y dulces diminutos que sirven de un bocado.
Las casas del pueblo tienen mosaicos en todos los tonos de azul. Algunos incluso tienen relieve. Eso le da personalidad al pueblo. Las campanas de la iglesia se oyen en todo Águeda. Es una construcción blanca, con techo en dos aguas y está en la cima de un montículo. Se llega por un callejón con escalones que es una vía dolorosa. Tiene marcadas las estaciones del viacrucis con grandes cruces de madera y en mosaicos se representa el cuadro de la estación del camino doloroso de Jesús al Gólgota. A la iglesia, entran y salen personas muy elegantes. Es día de boda. Habrá fiesta. La novia entra al recinto antes de mojarse. Hay charcos en el atrio y en cada rincón del pueblo.
Mañana a caminar. Miro el cielo y veo muchas nubes que se mueven muy rápido. Espero que corran y podamos caminar sin lluvia pero sí con sombra. Por lo pronto, el viento sopla y agita los paraguas de mil colores que adornan las calles de Águeda.

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