XXV aniversario

Hace veinticinco años, frente al altar de la Capilla de la Virgen del Rayo, en la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán, Carlos y yo nos prometimos sernos fieles en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad y amarnos y respetarnos todos los días de la vida hasta que la muerte nos separe. Recuerdo con tanta emoción que el Padre Hernández, el párroco que nos casó, nos pidió que nos tomáramos de ambas manos y las juntáramos para recibir la bendición: lo que Dios a unido que no lo separe el hombre. La fuerza divina llegó para formar un vínculo poderoso que nos ha protegido.

Así empezó esta aventura de altas y bajas en las que el cariño ha sido constante. En estos años, nuestro matrimonio ha tenido de todo: la prosperidad nos ha tenido de la mano y adversidad nos ha visitado. La enfermedad nos ha sacado sustos y la salud ha prevalecido. La vida nos regaló dos hijas tan hermosas como el amor que nos tenemos. Andrea y Daniela son la mejor muestra que da testimonio de lo que las palabras no alcanzarán a expresar. Los sombrerazos, las turbulencias, las tinieblas son un negrito en el arroz de una relación en la que las risas, la palabra sincera, la complicidad y admiración de ida y vuelta nos han llevado a formar un gran equipo. Si el negrito nos ha llegado a parecer la piedra que Sísifo va empujando montaña arriba, hemos sido dos los que codo a codo la han hecho rodar.

Cuando era una estudiante de Secundaria en el Colegio Simón Bolívar, antes de entrar a clases, corría a la capilla y le pedía a la Virgen del Rayo y al Señor San José por un buen marido. Me lo concedieron. En la Ibero, Gina, una de mis maestras de integración nos recomendaba que no buscáramos al más guapo porque la edad los volvía feos, ni al más rico porque el dinero no alcanza para unir nada, tampoco al rey de las fiestas porque tanto chiste aburre. Busquen al más inteligente, al que sepa platicar, al que te sorprenda, al que te deje ver puntos de vista que tú jamás hubieras imaginado, al que te escuche.

Ni Diógenes con su lámpara hubiera encontrado un mejor hombre. Carlos es eso y más por eso lo sigo queriendo por encima de todo y con todas mis fuerzas. A las pruebas me remito. Soy la harina de su costal, soy la vid que decidió estar en el centro de su jardín, nuestras hijas como ramos de olivo porque me ha enseñado que el amor no es ciego sino generoso y compasivo. Carlos es bueno, no es egoísta ni envidioso, se alegra con el bien, no lleva cuentas. Ha creído, me ha esperado, me ha disculpado, ha aguantado sin límites. Por eso es mi adoración.

Hace XXV años, le prometí que siempre seríamos nuestra media naranja. La verdad es que, con el paso de los años y de los kilos, dejamos de ser naranja y nos convertimos en toronja con límites cercanos a ser nuestro medio melón. Seremos la fruta que nos toque ser, siempre embonados, juntos, enojados o muertos de risa, de acuerdo o con puntos de vista encontrados, juguetones o serios, pero con ese amor del bueno del que dura y se queda sin importar los embates de la prosperidad, los retos de la adversidad, la mortificación de la enfermedad, los excesos de la salud.

Soy afortunada de haber encontrado al hombre de mi vida y de tenerlo a mi lado para decirle que después de veinticinco años quiero ir por otros veinticinco o más y seguir a su lado después de los límites que marque la vida.

20 años, Andrea

Como cada 14 de enero, siento que el corazón crece por dos razones que son una misma: me entra una ternura que no me cabe en el cuerpo y siento un orgullo tan grande que no hay palabras para explicarlo. El amor no tiene una descripción justa. No hay forma de abarcar semejantes dimensiones. Me hice madre hace 20 años y fue de la mejor forma posible.

De la bebecita que tuve entre los brazos a la mujer que me llena de besos yo quisiera decir que no hay diferencia. Pero, mi hija primera ya es una universitaria que me prueba a cada momento lo que es un debate bien sostenido, de qué se trata tener ideas divergentes, lo que significa caminar dando pasos firmes. El amor a primera vista que se despertó tan pronto me la acercaron, siendo el ser humano mas joven del mundo, se ha multiplicado. La diferencia entre aquella Andrea recién nacida y la que hoy tengo frente a mí hay un conjunto infinito de motivos que me llevan a sonreír y agradecer al Altísimo.

El tango de Gardel dice que 20 años no es nada, pero la nada es vacío y esa bebecita es una persona con ideas firmes, planes independientes, proyectos propios. Es plena. Me imaginé que la maternidad sería difícil, con Andrea ha sido un trago dulce. Creí que la maternidad sería una tarea abrumadora, con Andrea ha sido un goce de pláticas, caminatas, fotografías, textos e infinidad de motivos para quererla con todas las fuerzas que Dios le dio a mi alma.

Desde los días de la estimulación temprana hasta la graduación en la Escuela Moderna Americana, desde que aprendió a garabatear con una crayola en el Kinder Hill’s hasta que publicó su primer artículo en la prensa; desde que se atrevió a subirse a la bici sin rueditas hasta que la vi salir de casa manejando su auto; desde que se moría de risa al dar los primeros pasos agarrando con fuerza un par de pelotas hasta cuando la vi presentar su libro en Madrid, ha habido tantas emociones, tan buenas y maravillosas que no existe forma de denominarla sin quedar a deber.

Después de 20 años, sigo elevando la mirada al cielo para agradecer la mejor bendición y la mayor sorpresa que transformó tanto mi vida que lo intenté de nuevo. El amor sin fin existe. Hoy, que ambas estamos de pie, que Andrea tiene tanto camino por andar y que yo he recorrido mucha parte del mío; hoy que cumples 20 años pido que una lluvia de abundancia, fortuna, suerte, favor, dicha, protección o cualquiera de las formas en las que podamos denominar la gracia de Dios.

Que el Señor te bendiga y te guarde, te manifieste su rostro y siempre esté cerca de ti, hijita hermosa. Mi bendición por siempre, nena hermosa y queridísima.

Cuando un barco se va

Hay, en los primeros días de enero, una especie de duermevela. Cada uno arrancamos el año en momentos diferentes. Pero, la cotidianidad nos llega a cada quien en momentos diferentes. En esta condición en la que el calendario marca que ya empezamos pero, cuando unos seguimos de vacaciones y otros ya están trabajando duro, pero no tanto como cuando todos lo estamos haciendo, hay un burbujeo curioso que es como los reflejos que se meten en la alberca. Son pero no son.

Esa especie de realidad alterna me recuerda las realidades virtuales a las que tenemos acceso. Es lo que es y parece otra cosa. Como cuando un barco avanza en el mar. La sensación de los que van a bordo es que la nave se desliza con suavidad y lentitud sobre las olas del mar, la realidad es que el avance desarrolla velocidades tan altas que en minutos se deja atrás lo que cae por la borda.

Así, en este estado que semeja una alteración de la consciencia, en el que hay tiempo para escuchar los parloteos de las chachalacas, para ver a los donluises que se paran en el vidrio y empiezan a silbar o a los pericos que viajan en pareja, o nos detenemos en el ritmo del pájaro carpintero que esta estrellando el pico en el dintel de la ventana, parece que cumplimos con esa remota ilusión de detener el tiempo y de poseer el espacio.

Ni el ayer, ni el sitio en el que estuvimos —cercano o lejano—, ni el futuro próximo y el de largo plazo, ni el frío o el calor, o el olor a sal interesan mucho. Hay un embrujo, una especie de amor que lo mismo baja del cielo, se enreda en las nubes, hace un chapuzón en el agua salada del mar y nos llena de azules profundos y delicados, de rosas y anaranjados, del sol que nace al nuevo día y del reflejo sobre las casas y la bahía mas hermosa del mundo.

Y, de repente, el barco se pone en movimiento y como un caracol avanza en una aparente lentitud que en realidad es vértigo y pienso en la vida. En como, tenemos la ilusión de detener el tiempo y en realidad vamos rapidísimo en las alas de un reloj que no se detiene y corre a grandes velocidades.

Ternura y deseo (Llum, Elisabet Riera)

 

Luz

Elisabet Riera, Traducción de Palmira Feixas

México, 2017

Mis amigos de Sexto Piso me enviaron esta novela a principios de verano. Tuvo que esperar su turno. Pero, como si tuviera fuerza propia y con un entusiasmo algo misterioso, fue saltando hasta mis manos para ponerse en primer lugar de la lista, brincando otras a las que les tocaba ese lugar. Qué bueno que fue así, Luz —título en español de esta novela escrita originalmente en catalán— es una novela deliciosa que atrapa en los primeros renglones y que leí de un tirón, empecé en la mañana y al anochecer ya había llegado a la última página.

Con esto no quiero decir que la lectura sea fácil o que la novela no tenga su grado de dificultad. Al contrario: es un texto que reta al lector, que le hace guiños que tiene muchas referencias a la literatura universal y que trata, con un lenguaje lleno de ternura un tema doblemente controversial: el amor lésbico entre una mujer de casi cincuenta años y una niña de doce. Es una lectura recomendada para mentes de criterio amplio, de otra manera, resulta material radioactivo.

La narración de Riera es muy cuidada, la emoción regente oscila entre la ternura y el deseo lo que compensa el contenido inquietante y polémico. El estilo narrativo es muy delicado, las palabras han sido seleccionadas con el cuidado con el que un relojero sostiene sus pinzas. Lo hace tan bien que de repente llegamos a olvidar que estamos leyendo de una relación incorrecta, por usar el adjetivo menos duro o, como lo dice la propia autora, de un crimen.

“La ilusión de nuestro amor, como si la bofetada me hubiera despertado de golpe a una realidad cruda y terrible: había mantenido una relación amorosa con una niña. La ley decía que era un delito” (p. 209)

Las palabras de Riera son cuidadas, esta es una novela escrita con un balance muy bien logrado: se escribió con las entrañas y se corrigió con la cabeza. Se nota el trabajo escrupuloso que debió llevar la escritura. El narrador nos arroba con su ternura desde los primeros renglones. La protagonista de la trama regresa al pueblo natal, es Ulises derrotada, aunque en el momento de arranque sabemos que quien cuenta se está dirigiendo a una niña de doce años, aún no adivinamos que es otra mujer la que lleva la voz. La autora la irá revelando lentamente y con una precisión muy cuidada. También, desde las primeras palabras hay un llamado al escándalo: una relación casi incestuosa en un pueblo de las provincias de Cataluña:

“A mi izquierda apareció enseguida la Ermita de Sant Sebastiá y detuve el coche: siempre da miedo encararse al propio destino” (p. 16)

                El caldo de cultivo de la trama se da a partir de este regreso a la casa paterna, no triunfal sino todo lo contrario, de una mujer que regresa a una casa deshabitada, con todos los suyos muertos, después de haber dado fin a una relación con Kate su antigua pareja con la que vivió en Londres. Con la que, además, inició desde abajo y que fueron creciendo hasta que ambas encontraron solidez en su desarrollo profesional. Llega derrotada al pueblo.

“Al día siguiente me desperté echada sobre el suelo arcilloso de la sala con el cuerpo adolorido”   (p.  21)

La novela nos revela una ternura especial que existe únicamente en el amor lésbico que no se equipara a la carnalidad gay entre dos hombres homosexuales p que no se encuentra en la pasión heterosexual. Riera instila esa dulzura en las descripciones que la narradora hace del ser amado: Luz, aunque, al igual que lo hace Nabokov en Lolita, desde la primera página estamos anticipando la desgracia.

“El deseo y la justicia tienen poco que ver—sentencié. Tú volviste a agachar la cabeza dócilmente, dispuesta a seguir escuchando y te apoyaste un poco más en mi brazo. Te gustaban mis frases contundentes, te parecían verdades indiscutibles” (p. 118)

“Pedirte perdón sería como borrar el recuerdo de tu deseo, empequeñecerlo, volverlo casi invisible, como si el deseo de una niña de doce años no fuera bastante poderoso y consciente”  (p. 11)

Pero, no es Lolita, por más que muchos, hasta la misma autora, se empeñe. No es el tono, ni la circunstancia, ni la época, ni la voz, ni el idioma en que fue escrita. Hay similitudes, sí: pocas. Tal vez, la mayor la más importante tenga que ver con la diferencia de edades entre Luz y la narradora, pero, el tono y la intención son totalmente distintos: la ternura y el cinismo son sensaciones antagónicas, paralelas en las que no hay punto de encuentro. Riera no tiene la emoción regente que llevó a Nabokov a escribir Lolita. Lolita es una crítica, Luz es un manifiesto.

La autora sabe llevar el timón narrativo y sabe darle cause a los sentimientos. Construye intención a través de referencias literarias, a veces muy explícitas: cita a Safo de Lesbos, a VIgina Woolf y otras como sencillos guiños utilizando figuras como el Minotauro, haciendo recordar a Borges, a la piedra de la Boca de la Verdad…

“Empecé a leer compulsivamente libros de las bibliotecas públicas… Dickens, Kipling o Conrad. Después llegué a las mujeres: las Brontë, Jane Austen y Virgina Woolfe. Sumergires en una lengua extranjera es como fabricarse una segunda piel…. “ (p. 57)

La Literatura es personaje como recurso, como alivio, como fuente de gran consuelo y como forma para encontrar un punto de sostén. Las palabras como medio de provocación.

“Alzaste la cabeza para ver si tus palabras me provocaban alguna reacción” (p. 62)

Y, más que las palabras dichas, más allá de lo explícitamente expresado, la importancia de las palabras que no han sido dichas.

“Leer, hacer escuchar tantas cosas que encubrían otras, siempre pensando que que sabrías descifrarlas” (p. 99)

“La fuerza de las palabras no pronunciadas” (p. 112)

Y, por fin, con una precisión de simetría aura. Riera nos lleva al clímax de su obra:

“El afán por encontrar el amor puro, perfecto, ideal, consumir al menos una pequeña dosis, que nunca me parecía suficiente, y querer siempre más, exigírselo a quien no era, una vez tras otra y equivocarme hasta agotar las existencias —bebidas, libros conversaciones extáticas, mujeres, amantes—, hasta agotarlas o abandonarlas por inútiles, inservibles o insuficientes. Defectuosas. Heridas. Fallidas. Con el corazón machacado. Como mi padre. Como yo. Kate no podía darme lo que me falta por dentro. Ni tú tampoco. Luz. Cuanto he tardado en comprenderlo. “ (p. 194)

Nos enteramos, casi al final de la novela que estamos frente una carta de despedida cuyo fin no es encontrar una justificación o un perdón. Es un flujo de conciencia que lo que busca son palabras que no caigan en el olvido.

 

 

 

 

Misa primera

Las calles de la Ciudad Antigua en Jerusalén están vacías. Caminamos rumbo a la Puerta de Damasco pero nos equivocamos, entramos por la Puerta de León. Al traspasar el umbral nos topamos con grupos de musulmanes que acuden a la primera oración de la mañana. Todavía está oscuro, aún no amanece. Nos perdemos en el laberinto de callejuelas. Preguntamos pero no logramos darnos a entender. Por fin, alguien nos da instrucciones, tenemos que rodear la Mesquita de la Roca para llegar a la Basílica del Santo Sepulcro. El día comienza a clarear.

No fue nuestra intención pero recorremos el camino de la Vía Dolorosa. Vamos solos. Somos Carlos y yo de la mano movidos por esa fuerza que levanta de la cama, te saca del hotel, te lleva a las calles y te conduce al destino, como si todo estuviera acordado entre el porvenir y el universo y nosotros nada más pusieramos la voluntad de dejarnos dirigir. Damos pasos y cuando dudamos qué dirección tomar, alguien aparece, nos topamos con un anuncio, una flecha o algún transeúnte que nos dice por donde ir.

Llegamos. La maravilla de estar ahí al amanecer es que no hay multitudes. La recompensa de los peregrinos que decidieron madrugar es esa intimidad, ese silencio y recogimiento que hay en el santuario. Podemos entrar al Santo Sepulcro y estar ahí todo el tiempo que queramos. Somos pocos, pero no somos los únicos. El ambiente huele a incienso, a flores y el silencio es tan abrigador que no hay más que arrodillarse y dejarse abrazar por el amor que va desde el Alfa hasta el Omega.

El tiempo se detiene para dejar pasar a Dios.

Salimos del lugar más bendito. Nos sentamos en las bancas frente a la entrada del Sepulcro. Entran los monjes ortodoxos y los sacerdotes. Cantan, leen y nos bendicen. Luego, llegan los franciscanos a preparar todo para la misa primera. Son pocos los que pasan, es un lugar muy pequeño. Se cierra la puerta y da inicio la misa primera. Las bendiciones hacen que el corazón lata a un ritmo distinto. 


Jerusalem

No hay mejores palabras que las del Rey David:

¡Qué alegría cuando me dijeron:

“Vamos a la casa del Señor”!

Ya están pisando nuestros pies

tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundada

como ciudad bien compacta.

Allá suben las tribus,

las tribus del Señor.

Según la costumbre de Israel.

Poco más se puede decir después de visitar tierra tan santa. El corazón salta de felicidad, lleno de eso que da la fe que quienes creemos llamamos amor de Dios.

Tierra bendita, momentos de amor, grandes bendiciones. 

Embarazos en adolescentes 

Partamos de la siguiente premisa: una nueva vida siempre es una buena noticia. Claro, un bebé trae consigo dos elementos inseparables: amor y responsabilidad. Cuando un hijo llega en el momento adecuado, no hay felicidad más grande en este mundo. Lo puedo decir con conocimiento de causa. También sé que cuando una criatura se ve como un accidente, esa alegría se transforma en angustia y muchas veces en amargura.

Recientemente, he escuchado a muchos jóvenes decir que ellos no tienen que pedir permiso para iniciar su vida sexual, que esa es una prerrogativa que les da la libertad, pero se olvidan de la parte de responsabilidad que todo ser libre debe atender. Sí, pareciera que hay un enorme gusto por gozar sin hacerse cargo de las consecuencias de sus actos. Alegremente se entregan a Cupido y esto se refleja en datos duros. México es el primer lugar en los países miembros de la OCDE en embarazos adolescentes.

Embarazos adolescentes que se presentan en personas infantiles. Niñas de quince años y jovencitos de catorce que no saben que hacer. No hay conocimiento ni práctica de salud reproductiva. Se entregan al amor sin protección alguna y se avientan al barranco sin paracaídas, para luego regresar a la casa paterna —o materna— a buscar asilo y solución. Si no se trata de pedir permiso para ejercer la libertad del cuerpo, se trata de ver mas allá de la nariz.

Un bebé llora, come, se ensucia y demanda atención. La vida se pone en pausa. Los proyectos de estudio se truncan. La vida social cambia. Y, tristemente, el amor de quien comparte paternidad se acaba. Claro, muchas niñas se quedan solas con el bebé en brazos. No se trata de nada más que de cifras comprobables. Madres solteras, solas y tan jóvenes son una realidad de este México. Los padres huyen, agobiados por la responsabilidad. Ellas se quedan con el hijo y la responsabilidad de lo que sucederá con él. Esa es la historia de todos los días.

El remedio no son las condenas, los cinturones de castidad, los gritos. Tampoco se trata de estar aventando condones y promoviendo la píldora del día siguiente o los abortos como medio de anticoncepción. Se trata de educar en la responsabilidad. Los millenials, como los jóvenes de cualquier generación, se quieren comer el mundo a puños. Eso es natural, el problema empieza cuando hay que hacerle frente a la responsabilidad, eso ya no les gusta. La cantidad de abuelos cuidando nietos de hijos adolescentes es creciente. Los segundos embarazos en muchachitos es una realidad. 

Hablar, informar, educar en la responsabilidad es primordial. Los datos son contundentes, aquí las cifras.

Muffin

A veces el Ángel de la Muerte visita a las familias felices. Los hace en forma sorpresiva para llevarse a algün miembro. Hoy  visitó mi casa y se llevó a Muffin. Mi perrita terrier escocés se fue al cielo. Decidió emprender el camino cuando estamos tan lejos de casa, cuando la noticia nos llena de pena, de estupefacción y no podemos despedirnos en la forma en que quisieramos.

Muffin fue una perrita que nos acompañó en grandes transiciones. Estuvo a nuestro lado en Acapulco cuando Manuel destruía las vías de acceso a Acapulco, me acompañó a caminar mientras me entrenaba para hacer el Camino a Santiago, vió a mis hijas crecer, consoló a Vito, habitó nuestro corazón.

En sus ojos cabía todo el amor, el agradecimiento y los mejores sentimientos. Fue maestra de lealtad, de cariño y con un agital de cola, el mundo se convertía en el espacio de cariño por antonomasia. ¿Qué más se necesita para entender la perfección del amor cuando se tiene una perrita como Muffin?

En Acapulco, era la que disfrutaba los espacios de la casa. Le gustaba asolearse, perdía la mirada en el mar, se sentaba junto a mí mientras leía. Sonreía. Al salir de vacaciones, me despedí de ella sin imaginar que sería la última vez  que la iba a ver. Estaba sana, feliz, fuerte. Una pulmonía fulminante le reclamó la vida. Ahora, tengo un hueco en el corazón. ¿Quién puede entender estos misterios?

La tradición precolombina dice que los perros que habitaron tu casa seran tus acompañantes al cruzar el camino al cielo. Yo  tengo tres seguros acompañantes: Luca, Vito y ahora Muffin. Algunos piensan que los animales no van al cielo, yo estoy segura de que sí. Claro que hay un cielo y en ese lugar nos vamos a encontrar los hombres y mujeres de buena voluntad y los animalitos que nos campañaton en la vida. Ahí te encontraré, Muffin, junto a Bú y a Luca y a Vito. 

Mi casa, Muffin, tiene un hueco. Es el vacío que dejas al irte. Es un espacio que nadie mas que tú podrías ocupar. Es el tuyo, perrita querida. No es adiós, es un simple hasta luego. Cuídanos, como lo hiciste cuando estabas físicamente entre nosotros. 

De marchas y matrimonios 

No hay fecha que no llegue. Las marchas en favor de la familia y del matrimonio igualitario salieron a las calles, cada quien a defender lo que creen que es la verdad y lo que dicen es su derecho. A decir verdad, cada bastión está en su lado en forma fundada y légitima viendo por sus intereses. En realidad, no deberían ser antagónicos si cada cual pasara su punto de vista por el filtro de la reflexión. Todos estamos acreditados a pensar como nos venga en gana y eso no nos autoriza a ver feo al que lo hace en forma distinta.

Ni Tirios ni troyanos tienen la Verdad en la mano. Los extremos se juntan cuando los intolerantes de cada bando se suben a un ladrillo y se marean con las palabras de desprecio que pronuncian. Las burlas que se profieren a uno y otro lado lastiman de igual forma. Los que se ríen de los entaconados están en el mismo lugar que los que se mofan de los persignados. No es a punta de golpes de pecho ni de amenazas ni de intolerancia que vamos a construir un mundo mejor. Arrugar la nariz, ofende y separa.

Ante el tema, lo recomendado es la serenidad. El prisma del entendimiento es el que trae la mejor forma de convivencia. El hecho de ser gay o ser heterosexual no nos reviste con un aire de pureza. No nos gustan la promiscuidad ni los vicios ni los maltratos ni las estridencias de unos y de otros. Es desagradable ver peleas entre dos que se aman, niños maltratados, pasiones desbordadas, engaños de pareja, casas chicas y casas grandes, ni de bugas ni de homosexuales. Ser de un lado o del otro no es garantía para ser prístino e inmaculado. En ambos lados hay manchas y lunares.

Pero, ambos lados se enrollan en la bandera de la pureza y se avientan del quicio de la banqueta a defender una vida inmaculada que no existe ni en un lado ni en el otro. Todos somos humanos susceptibles ha fallar, así que no nos hagamos los santos. ¿Y si mejor, en vez de andar peleándonos en las calles, buscaramos tener amores más duraderos, fidelidades a toda prueba, cariño y cuidado para los nuestros? 

Una familia es el lugar en el que nos debemos sentir queridos, respetados y aceptados. En donde me enseñan lo que es bueno y lo que no lo es, en donde se encaminan los pasos correctos y en donde se lucha por no caer en el error. Pero es el sitio donde te curan si te enfermas, te sostienen cuando te has caído, te limpian cuando te ensucias, te consuelan cuando lloras. Donde te hacen notar que ese no es el camino y en algunos casos, también te regañan. Pero, la regla de convivencia es el amor. No lo es la preferencia de ninguna índole. Si un Dios amoroso busca como sí hacerse presente y no se obstina en condenar si no en dar esperanza, ¿por qué habría yo de hacer lo contrario?

De mentiras y odios

No mentirás. El decálogo que recibió Moisés no da concesiones ni habla de estados de excepción. Es sencillo de comprender y difícil de ejecutar. Desde el dile que no estoy, hasta la sofisticación más alta, desde el mejor deseo de no lastimar hasta la más grande traición llevan adosadas una mentira. La mentira es mala y por eso está prohibida. Antes, al que mentía se le cortaba la lengua, después se le lavaba la,boca con jabón, hoy con la estupidez de los tiempos, se vitorea al mentiroso y se le pone en posibilidad de mover los hilos de la Humanidad.

Después de años, la Ley de Moisés se sustuyó por un mandamiento nuevo, el del amor. Sin embargo, el odio toma velocidad y parece ganar la carrera. El odio se manifiesta por las cosas más nimias y no hay pudor para mostrarlo abiertamente. Se odia al que tiene la piel de color diferente, al que huele distinto, al que tiene mucho, al que nada tiene, al que huye, al que da refuigio, al que no comparte mis gustos, mis ideologias, al que no vive como yo creo, al que dice idioteces y al que es muy inteligente.

La combinación de mentiras y odio es explosiva. Las dice Trump y ya está a las puertas de un empate técnico con Hillary. Odia el que debiera sustentar el amor como bandera, lanzamos a la gente a las calles a críticar formas de vida para que   protesten con furia sobre las formas que deben tener las familias. Unos y otros van a salir ¿a qué? La confrontación me resulta aturdidora. ¿No debemos amar al prójimo? O, ¿será que el prójimo también tiene castas y clasificaciones? Entonces, ¿si eres soltera,divorciada, dejada, vieja, pobre, gay, analfabeta, solo, indigente, discapacitado, prieto, naco, mal educado, hermoso, rico, poderoso, espectacular, estridente, o lo que sea, eres menos prójimo?

Odiar y mentir parece ser una fórmula muy efectiva. Venden espejitos y lo pagamos a precio de oro. Es tiempo de echar un paso atrás para que prive la reflexión. Analizar el rumbo que llevan las mentiras y los resultados del odio. Tal vez, contemplando el desfiladero, podamos entender que el abismo no es camino. Amar y decir la verdad son mejor opción. No hay duda.

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