Volverán a ser hermanos

El que piense que el tiempo no se puede sostener entre los dedos, el que dude de la magnificencia humana, el que crea que no hay esperanza y no tenga fe es que no ha escuchado la novena sinfonía de Beethoven interpretada por la Orquesta Sinfónica de Minería, ni ha disfrutado del coro final de la Oda a la alegría de Schiller.
Ayer a las ocho de la noche las manecillas del reloj se detuvieron en el instante en el que el director Carlos Miguel Prieto elevó la batuta y el virtuosismo tomó por asalto la Sala Nezahualcóyotl. La tarde de verano se hizo infinita. Las estrellas bajaron de la bóveda del cielo y se transformaron en notas. Sí. Al igual que los primeros en escucharla el 7 de mayo de 1824 en Viena y sorprenderse por el coro, el público que acudimos al concierto, convocados por la Asociación de exalumnos de la Ibero, nos sobrecogimos ante las notas elegidas por Beethoven, por las palabras escogidas por Schiller, por las voces de coro sinfónico de Houston, por la contralto, tenor, soprano y bajo y sus interpretaciones. Primero sonrisas y luego la piel chinita al escuchar:
¡Oh amigos, no más esos sonidos! Mejor entonemos cantos placenteros y llenos de alegría. ¡Alegría! Voces, percusiones, cuerdas, alientos, creciendo, mientras nos hacemos unos así como Schiller y Beethoven lo querían. Abrácense, millones. ¡Que este beso alcance Y entre los que fuimos alumnos de la Ibero sí brotaba una hermandad sustentada en la notas.
Hermanos, sobre la bóveda estrellada debe vivir un padre amoroso. ¿Presientes, mundo a tu creador? Búscalo sobre la bóveda de las estrellas. ¡Sobre las estrellas debe brillar!
La belleza de las palabras de Schiller brilla entre la potencia de las notas que brotaron de la pasión de un hombre que fue capaz de soñar con la Alegría que puede nacer de la hermandad entre los hombres. Lo deseó dede 1817 que es la fecha en que se registran los primeros bosquejos de la partitura. El tiempo se detiene y nos conecta con ese anhelo. La esperanza brota, por haber tenido la suerte de ser amiga de un amigo, porque mi amor de mujer fue conquistado y porque hay júbilo por el privilegio de la vida.
La suerte de contar con la amistad de Juan Arturo Brennan que nos explicó cuál es el mejor lugar de la Sala para apreciar el concierto, ayudó a que el concierto fuera más disfrutable. Estábamos sentados casi entre el coro y podíamos ver la cara entusiasmada del director, la felicidad de dirigir orquesta y coro, el esfuerzo de coordinación y el espasmo de alegría al que nos guió durante el último movimiento.
Los eruditos dicen que Beethoven se equivocó, no es, según ellos, un concierto a la alegría, es un homenaje al deseo de paz y amor entre los hombres. ¡Pamplinas! No se equivocó, un hombre con esa potencia creativa sabía perfectamente lo que traía entre manos. Los análisis intelectuales, hermosos y tan pensados, sobran. El maestro iba seguro, sin dudas, sabía lo que hacia porque lo hizo desde el corazón, le salió de las entrañas, con la seguridad que da la intuición de un virtuoso. Entre notas apasionadas y silencios magistrales, nos transmite tormentos, vehemencia, amor, arrebato y nos lleva a un nivel de arrobamiento en el que nos acelera el corazón y con la aceleración del tempo y entre las voces del coro, estalla la felicidad que emana desde el alma, y algunos dejamos salir lágrimas sin pudor.
Después del último acorde entendemos que sobre la bóveda estrellada, debe vivir un padre amoroso.

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