Antes de regresar

Me aferro con fuerza a los últimos momentos de la vacación. Miro al mar, veo el amanecer. El día empieza con aroma a sal. Las nubes van del tono rosa al gris claro, casi azul, parecen algodones de feria y el sol alarga los rayos como si se estuviera desperezándose mientras las olas chocan con la arena y la espuma se queda unos instantes ahí, antes de desaparecer. Así, ¿quién quiere que se acabe la vacación? Como si fuera una niña pequeña, siento ganas de llorar, no me quiero ir.
No tengo llenadera, el verano ha sido fantástico. Desde la emoción de los finales de curso, las graduaciones, ceremonias de birretes, fiestas, premios, recepciones, los aviones, aeropuertos, las carreras, el asombro, la paz, todo ha cabido en estos días de vacación que hoy reclaman su fin. Entre la sorpresa de lo que es ajeno y de lo que nos resulta familiar se dibuja el arco de los días de descanso. Si las vacaciones son para recuperar fuerzas, para mí han resultado en una alegre renovación. El calendario indica que mañana hay que volver a asumir el ritmo de las obligaciones y regresar a la rutina de trabajo bueno. Claro que no me quiero ir.
Ya han empezado a llegar los recados, los correos, las llamadas. Los compañeros de descanso ya se han ido, somos los que nos quedamos a cerrar la puerta y apagar la luz. Ya se encienden las luces del tablero, son una especie de signos: hay que volver, pero aún sigo aquí. Lo que pasa es que entre los brazos de Poseidón se está muy bien y las caricias de Apolo son irrenunciables. Hefesto nos reclama. ¡Qué caray! Cada vacaciones traen consigo algo, unas simplemente llegan para descansar, otras alcanzan el grado de diversión y algunas logran un cometido más alto: traen regalos. Esta me dejó felicidad y un gran acerbo de agradecimiento. Espero que se anide en el corazón y que no se acabe jamás.
Así, desde esta ventana miro el mar y guardo en el corazón todas las imagenes. ¡Qué fantástica vacación!

Agradecer

En la epoca navideña se nos suele agrandar el ansia consumista, corremos de un lado al otro en busca del mejor regalo o de la baratija adecuada —según sea el caso—, envolvemos cajas, llenamos el árbol de cosas con moños, por fin llega el día y en medio de tantas cosas, hay, de repente, un regusto amargo. Algunos niños lloran porque no recibieron lo que habían pedido, otros se ponen celosos porque recibieron menos que los demás, hay quienes no les gustó el color de su regalo, quienes creyeron merecer algo mejor: más caro, más grande, más bonito. 

Vemos en las caras infantiles una expresión de aburrimiento mientras los juguetes se quedan olvidados en el piso. Hay berrinches y caras de enfado. Las pantallas del celular se iluminan constantemente para mandar buenos deseos a los que están lejos y olvidamos abrazar a los que tenemos enfrente. Se consultan todas las dietas del mundo y la mesa puesta se ve con desconfianza. Las mentes añoran un mejor novio, una amiga más constante, un hermano más cariñoso, un primo más divertido, una esposa más linda, un marido más cariñoso, un abuelo más generoso, una nieta más considerada… y la lista puede abultarse con todo lo  que nos hace falta, una casa más grande,un mejor auto, un trabajo mejor pagado, una ciudad menos contaminada…

Luego, hay quienes extrañan. Añoran a los que no están, preferirían haber pasado las fiestas en otro lado, con otras personas, con mejor ánimo, con otra cena, con más frío o con más calor, con más risas. Recaen en la práctica de recordar tiempos mejores y por ahí salen suspiros y se derraman lágrimas. Los días entre Navidad y Año Nuevo se vuelven una queja de lo que debió ser y no fue. Las lamentaciones van en todos los tonos y a todos los aspectos: los pésimos gobernanates, los precios, el jefe, la suegra, el yerno, la mujer, el marido, los kilos que sobran, las enfermedades, los pronósticos de terror. La lista para deprimirse crece y crece. Las cifras de suicidio aumentan en esta temporada.

Si bien es cierto que el horno no está para bollos, la verdad es que no todo está a la altura de las quejas permanentes, de las caras tan largas o de esas exhalaciones tan lastimeras. No se trata de algo coyuntural, es una especie de epidemia que infecta cada año. Esa insatisfacción por el presente va en contra de la alegría que debería privar. Me temo que todo se debe a que nos hemos olvidado de contar bendiciones. Hemos dejado de agradecer.

En el afán consumista, nos centramos en una necesidad material insaciable, en un apetito voraz: siempre queremos más, nada es suficiente. La comparación entre lo que queremos y lo que tenemos da un saldo negativo y eso nos causa amargura. Tal vez, estamos haciendo mal laa cuentas. Si en vez de contar lo que no tenemos, lo que no logramos, lo que nos daña, contaramos lo que sí tenemos, lo que logramos y lo que nos hace bien, estoy segura de que el sabor de boca se dulcificaría.

No se trata de un afán confrmista. Se trata de encontrar felicidad en el agradecimiento, un espiritu que se ha vuelto escaso en esta época. Abrazar con gratitud eso que recibimos, al que sí tenemos, ennumerar las bendiciones, mirar al cielo, dar gracias es buscar paz. Paz que inicia a en primera persona. Es verdad, los tiempos venideros marcan vientos turbulentos. La peor forma de enferentarlos es con el espíritu agrio. Necesitamos una ilusión enorme para enfrentar los retos que se nos plantean para el futuro próximo.

En todo caso, es una cuestión de inteligencia. Es ser astutos a la hora de escoger. Prefiero lo dulce a lo amargo, las cosquillas al dolor, las sonrisas al llanto. Entonces, la fórmula es dar gracias. Es de bien nacido, ser agradecido, dice el dicho.Por eso, antes de salir todos despeinados a lamentarnos por las esquinas, mejor nos revestimos de agradecimiento, vemos con gratitud lo que sí tenemos y dejamos que nos gane la risa.

Día de gracias

La única fiesta de la tradición estadounidense que verdaderamente me gusta es el Día de gracias. El agradecimiento es ese sentimiento   de estima y reconocimiento que una persona tiene hacia quien le ha hecho un favor o prestado un servicio, por el cual desea corresponderle. Es, asimismo, una actitud de vida que tiende un lazo de respeto por los logros y beneficios recibidos. En suma, la gratitud es un antónimo de la soberbia.

Agradecer es entender con humildad que alguien tuvo la generosidad de tender la mano. El soberbio, por el contrario, está seguro de que sus méritos fueron suficientes para conseguir lo anhelado. Una persona agradecida sabe reconocer sus propios méritos y puede ver con felicidad que hubo alguien que estuvo en el momento en que se requería un impulso, un consejo, un puente y sabe dar las gracias. 

El que se ensoberbece, cree ser merecedor de todas las atenciones y autor de todos sus bienes. Un soberbio es también un ciego que no sabe ver más allá de su ombligo, es un ser pequeño que se cree el autor del mundo y lo embarga un sentimiento de valoración excesiva sobre sí mismo que generalmente lo lleva a tratar con desprecio a quien le rodea. La soberbia vuelve a las personas distantes y, en una dicotomía extraña, también lo vuelve ávido de aprobación de los demás. Este apetito desordenado por el aplauso ajeno choca con la altivez y genera un círculo vicioso semejante a la serpiente que se muerde la cola.

El agradecido es una persona que sabe hablar de sus éxitos y da crédito a quien está a su alrededor; sabe asumir el control de las situaciones y también sabe hacerse a un lado cuando eso es lo mejor para el bienestar general; se alegra con los triunfos ajenos y extiende la mano para dar una felicitación a quien le va bien; acepta la crítica y tiene la capacidad de desandar los pasos mal andados y reparar lo que se lastimo; sabe ofrecer disculpas. Y, por sobre todo, sabe peonunciar con facilidad la palabra gracias.

La escencia del agradecimiento es la sinceridad. La recompensa de la gratitud es la felicidad. No es una reducción cursi, es la verdad. El que cree que todo lo merece se topa con la amargura, vive creyendo que más merece porque más vale. La soberbia, dice San Agustín, no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano, y puedo   agregar que lo que está enfermo tarde o temprano duele. Además, como dijo el Rey Salomón, donde hay soberbia, allí habrá ignorancia; pero donde hay gratitud, habrá sabiduría.

Por eso, dar gracias es ponerse en armonía con el Universo y eso genera alegría. La buena noticia es que  el agradecimiento cabe en cualquier corazón bondadoso, lo mismo si es ateo, agnóstico o creyente; los ingredientes básicos para generarla son la humildad y la inteligencia. La mala noticia es que estos ingredientes están bastante escasos escasos. Basta ver a nuestro alrededor para enterarnos de lo enajenados que estamos con nosotros mismos, del miedo que nos da lo que es diferente, de la amenaza que nos impulsa a marcar territorios y elevar muros. Las imagenes del día de gracias que hoy festejan los estadounidenses llaman a la reflexión.

Mejor, nos reunimos a agradecer todos los bienes que hemos recibido. Mejor, nos alegramos de las maravillas que nos han pasado este año. Mejor, miro a los ojos y con sinceridad digo gracias. Especialmente, gracias a cada uno de ustedes que se siguen asomando a ver lo que estoy pensando. Feliz día de gracias.

La noche vieja del 2015

Esta noche vieja quiero prepararme para entrar a tambor batiente en el próximo año. Quiero que al terminar de sonar las doce campanadas haya un alumbramiento que permita que las bendiciones entren poderosas por la puerta de mi casa y recorran cada rincón hasta que cada una nos encuentre y nos toque. Al recorrerse el segundero y cambiar la fecha, deseo que la salud se adueñe del cuerpo, que la alegría habite la mente y la luz se apodere del alma; que la propseridad se acompañe de serenidad, que la inteligencia venga de la mano de las risas y que las ventanas de oportunidad se abran cuando las podamos aprovechar.  Esta noche vieja quiero tirar los pesos muertos que alentan el caminar y que hacen complicado seguir avanzando. Dejar atrás lo rancio, lo estorboso, lo incómodo, lo que no se puede soportar y hacerle espacio a la fuerza que viene de lo alto.

Quiero darle un lugar a las cosas buenas que han de venir, a las nuevas horas que formaran los recuerdos entrañables, a las sonrisas y a las carcajadas. Quiero extender los brazos y tender la mano, dejar de disimular para poner atención, enarbolar la verdad como la mejor bandera, la congruencia como sustento y el agradecimiento como el valor más alto. También, darle la bienvenida a las horas de trabajo duro, a la perseverancia que se necesita para salir adelante y a la tolerancia cuando hay que dar pasos lentos. Avanzar en la dirección correcta, con el plan de vuelo claro, con tranquilidad y esperanza.

Creo que mirar al frente con el timón bien afianzado y la compañía de Dios vamos por buen camino y evitamos convertirnos en estatuas de sal. Quiero disfrutar el trayecto y tener cuidado. Velar por los míos, defender mis cariños, resguardar ideales, elegir las palabras, estar atenta y ser amable. Sacarle brillo a mis afectos, abrazar a mis hijas y a Carlos, procurar a mis amigos, dar buen ejemplo, escuchar, estar presente. Vaciar el cuenco de las manos para recibir las nuevas bendiciones que nos esperan cada vez que amanece de nuevo.

Para hacerlo, para ser congruente, es necesario agradecer. Gracias por pasar a ver lo que estoy pensando. Gracias por los comentarios y los mensajes. Gracias porque este año crecimos el doble que lo del año pasado. Gracias porque este blog se lee en sesenta y tres países. Gracias a las quince mil personas que se han dado cita en este espacio. Gracias por las palabras. Especialmente, agradezco el tiempo que han dedicado a leer estas líneas y la oportunidad que me dan para hacer esto que me gusta tanto: escribir. Quiero seguir escribiendo.

Mirar al frente no es olvidar, es no quedarnos resagados en un punto que ya fue y no volvera a ser. No hay como olvidar un año en el que pasaron tantas cosas y tantas de ellas tan buenas. Olvidar, dice mi amiga Bibiana, no es posible: sólo los locos olvidan. Recordar ha de ser un ejercicio de agradecimiento. Reconocer a quienes ofrecieron ayuda, a los que consolaron, a los que acompañaron, a los que pronunciaron palabras duras que sirvieron para seguir avanzando, a los que hicieron bien,a los que compartieron, a los que nos protegieron y a los que llegaron en el momento adecuado. Dejar atras las ofensas y dar paso al perdón. 

Pedir perdón.

Esta noche vieja quiero que me gane la risa, y que me gane tanto que sea necesario reírse con todo el cuerpo, con toda la mente y con todo el corazón. Quiero que el buen humor sea una constante y una elección. Y, sobretodo, quiero tener la humildad de entender que todo esto que ha sucedido, que sucede y ha de suceder ha salido se la mano bendita y generosa de Aquel de quien vengo y a quien he de volver. 

  

Agradecer

Mi amiga Bibiana me enseñó este dicho que es una máxima de vida: Es de bien nacidos ser agradecidos. Dar las gracias no es sólo muestra de buenos modales, es una seña de crianza. El agradecimiento no se enseña en los colegios y todavía no sé de ninguna universidad que tenga matriculada esa materia. Ojala hubiera, hace falta.

Mostrar gratitud es tener un sentimiento noble para una persona o institución que tuvo la grandeza de compartir algo, sea tiempo o conocimiento, o bien que dio una oportunidad, o que sencillamente, mostró generosidad. El problema con el agradecimiento es que resulta escaso. En cambio, la soberbia es una moneda de uso común.

Dejamos de agradecer los detalles más sencillos, como que alguien nos abra la puerta o que nos ceda el paso y terminamos dando por sentada la puerta que se abrió para un trabajo, para conseguir algo anhelado, para tener algo que faltaba. La soberbia indica que como todo lo merecemos, ni siquiera se nos enciende el foco de que hay que dar gracias.

La cotidianidad nos vuelve desagradecidos, nos acostumbramos a los detalles y dejamos de darles importancia. Entre las turbulencias dirias, las prisas y los egos crecidos, dejamos de ver que hubo alguien que nos dio la mano para llegar a donde estamos, que hubo una persona que nos invitó a pasar, que nos enseñó  algo, que nos acunó, que nos cuidó la espalda y dejamos pasar la oportunidad de dar las gracias.

El peor de los desagradecimientos es el olvido. ¿Cuántas personas hemos dejado en el camino sin darles reconocimiento? Es verdad, en ocasiones ni siquiera queriendo hemos podido dar las gracias. Cuando eso sucede, lo mejor es corresponder siguiendo el ejemplo. Si nos fue imposible pronunciar la palabra mágica a quien debíamos, hágamoslo con alguien más. Tendamos la mano, abramos puertas, invitemos a pasar. Esa también es una forma de agradecimiento.

Lo increíble del agradecimiento es la forma misteriosa que tiene de engrandecer el alma. El agradecido se encuentra en un círculo que impulsa y que crea sinergias. Tiende los puentes que el soberbio destruye, amarra las alianzas que el envidioso desató, llama a los buenos augurios que el malvado alejo y enciende las buenas voluntades que el traidor apagó. 

Sí, no hay duda. El agradecimiento es una seña  de identidad. Es de bien nacidos ser agradecidos.



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