Coplas

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Ven, asómate a ver lo que estoy pensando…

Por escrito número 10

Por escrito número 10
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Sin fiscales

Cuando era pequeña y saliamos de viaje, mi papá nos daba dinero para gastar. Por supuesto, al entrar a una tienda, me queria comprar todo pero caía en la cuenta que no me iba a alcanzar. Mi mamá me recomendaba: para elegir lo que mas te conviene, piensa para qué lo vas a querer. El consejo me sigue sirviendo en la vida adulta. Creo que nos vendría bien a todos. Nos lleva a pensar para no comprar espejitos. La democracia mexicana ha creado muchas instituciones garantes de la voluntad del pueblo, de la transparencia, de la justicia. Resulta que en el papel lucen espléndidas, pero al aterrizar esas ideas no sabemos operarlas.

Tenemos fiscalías que debieran estar en cumplimiento de sus propósitos, pero no sabemos ponernos de acuerdo para elegir fiscales. Una institución acéfala no sirve pero cuesta. Nuestras fiscalías son caras e inoperantes. Amanecemos en los últimos días de octubre enfrentados a una realidad absurda: no hay fiscal general, no hay fiscal anticorrupción y no hay fiscal electoral. Lo que sí que tenemos es un escenario político en el que la confrontación y la polarización se hacen cada vez más presentes y la opinion de la sociedad civil se ve cada vez más alejada. Nos vemos de dos formas: comparsa de partidos politicos y espectadores indignados. 

A la luz de semejante despropósito, en el que creamos instituciones para dejarlas acefalas, podemos concluir: ha sido un error dejar la política a los políticos. Pascal Beltrán del Rio dice: Entre 1985 y 1996, la sociedad civil jugó un papel muy importante en la concepción y creación de instituciones que aseguraban que el interés público no fuese regido por el interés partidista. Sin embargo, habiendo creído terminado su trabajo, la sociedad se replegó y dejó a los partidos actuar a sus anchas en el escenario político. El resultado fue la captura de instituciones —como el antiguo IFE, hoy INE— donde impusieron a sus representantes mediante un sistema de cuotas. Mientras nos enojamos o aplaudimos como focas, hoy estamos pagando tres fiscalías que nos cuestan y están incompletas. Además, estamos pagando a legisladores que solo saben ver para sus conveniencias, sin mirar al pueblo. ¿Para que las queremos así?

En un país que tiene pobreza alimentaria, en el que la linea de bienestar no se cruza por obra y gracia del salario mínimo, el desperdicio es una ofensa. Mantener instituciones sin cabeza es lo mismo que no tenerlas, es relfejo de la incompetencia de nuestros legisladores y, sin duda, es la imagen del clientelismo político que tiene atorado al proyecto da país que todos deseamos. Nuestras instituciones parecen monstruos sin cabeza.

Lo que desearon en Barcelona

Dicen que hay que tener cuidado con lo que se pide ya que se nos puede conceder. En Barcelona, los habitantes estaban hartos. Ya no querían tanta gente en la Ciudad Condal. Muchos turistas en las calles, en los restaurantes, en el estadio, en las tiendas, les quitaban la posibilidad de gozar. Mejor que se vayan. Recientemente, hubo manifestaciones y expresiones de turismofobia. Además, muchos que ni siquiera son catalanes se fueron a vivir ahí dado que muchas empresas se fueron a afincar en Cataluña.  Lo que para otros sería el cielo, para los habitantes de esa hermosa ciudad era una pesadez. 

Parece que desde el domingo de la semana pasada, se les está cumpliendo el deseo a los barceloneses. En desbandada, ante la posibilidad de que aumente la violencia, los turistas han borrado ese destino de sus intenciones de viaje. El Prat se volverá un aeropuerto tranquilo, sin tantos vuelos, y el puerto dejará de recibir tantos cruceros. Las empresas están saliendo de Barcelona ante la posibilidad de que Cataluña proclame su independencia. ¿Eso era lo que querían?

Me apena ver lo que pasa en Barcelona. Carmen La Foret, en su novela Nada, describe la ciudad como un espacio poco iluminado, lugubre, sombrío, triste. Eran los años de la primera mitad del siglo XX. El esplendor del lugar se empezó a dar a partir de los Juegos Olímpicos. Para poder servir de sede, se invirtió mucho. En los años ochentas se impulsó la transformación y cada que tuve la fortuna de estar ahí, la ciudad se veía más chula. 

Barcelona se convirtió en ejemplo, en referente del bien hacer, del rescate de los espacios urbanos. Claro, todos los que veíamos las mejoras cuando estabamos de visita, nos sentiamos contentos. Sin embargo, la última vez que estuve allá, la amabilidad se transformó en hostilidad. En muchos restaurantes del Paseo de Gracia, los meseros me contestaban en inglés si les hablaba en español, cuando se enteraban de que era mexicana se relajaban un poco y algunos sí contestaban en español, otros preferían no pronunciar palabras en castellano. Al pagar la cuenta en el Hotel Avenida, el recepcionista me dijo que si queria que me hablaran en español me fuera a Madrid. Eso hice. 

Por primera vez, no me sentí tan bienvenida como otras veces. Visitar la Sagrada Familia fue caro, entrar a la Catedral, también. Los taxistas cobraban tarifas exorbitantes. En fin, sentí que los catalanes estaban muy enojados. Me dio pena, con lo bien que habían hecho las cosas. Siempre he creído que esa tierra aloja gente industriosa que además sabe combinar el arte y el buen vivir. Pero, se olvidaron de estar contentos por su logro. 

No son todos, me decía mi amiga Carme que es originaria de ahi, lo malo es que son muchos y hacen ruido. Estos que se han mareado y han hecho del amor a lo catalán desprecio a lo diferente no somos todos. Me decia como apenada. Lo malo es que si los tratas de contradecir, capaz que te cortan la lengua y te mandan a la hoguera. No entienden y no escuchan. Están apoyados por una fracción de politicos que se han dedicado a manipular y a calentar cabezas. 

Pues, hoy veo una foto de Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona, en una reunión con los consules afincados en la ciudad, tratando de convencerlos de que no se asusten, que todo está bien, que la ciudad es segura, que se puede confiar. Pues, ¿qué no era eso lo que querian? Sacar a todos y cerrar las puertas para vivir felices para siempre. Hay que tener cuidado con lo que se desea. Por lo pronto, ya empezó la desbandada de empresas y los turistas están cancelando sus viajes para allá. ¿Quién gana con todo esto?

Nos desmoronamos

Me gustaría que fuera una metáfora, al menos así tendría el consuelo de la fantasía. Es real. El suelo nos hace hoyos y sálvese quien pueda si te toca pasar por ahí. Trágame tierra ya no es una expresión que se pueda pronunciar tan ligeramente en territorio mexicano, tenemos que tener cuidado con lo que deseamos, corremos el grave riesgo de que se nos cumpla. Hoyos y socavones se convierten en algo tan cotidiano que nos arrebata la posibilidad de sorpresa.

Entre nubarrones, tormentas eléctricas, aguaceros y charcos se esconden esos elementos que los ingenieros llaman vicios ocultos. Estos vicios ya llegan a las avenidas más importantes de la Capital de la República. Los capitalinos sabemos de la importancia de salir a tiempo. Diez minutos se convierten en un retraso de una hora. Hay que salir justo a tiempo para no irte jugando la vida. Pero, ser puntual no basta. Ahora hay que ir esquivando baches que no sn hoyitos sino verdaderos pozos. 

Además, las lluvias traen sus complicaciones. Un charco se puede convertir en la simulación de un barranco profundo. El agua roba la perspectiva. Caí en una de esas grietas. El golpe me hizo saltar en el asiento de conductor, me asusté y el tablero del auto reaccionó. El neumático no tiene presión. Hay que detenerse para no sufrir un accidente. ¿Otro?

El reloj avanza, hay que llegar a tiempo, el auto advierte de los riesgos de seguir avanzando. Aprieto los puños, enseño los dientes, respiro profundo, golpeo el volante. Me sale humo de las orejas. Resopló. No voy a llegar a tiempo. No voy a llegar a tiempo. De nada sirvió poner a tiempo el despertador, ni levantarme al punto, ni bañarme rápido, ni arreglarme de volada, ni todos los cálculos milimétricos para cumplir con las obligaciones en tiempo y forma. 

Se abre la tierra y, entre sus grietas, se nos va la planeación del día y las prioridades se nos desajustan. Como quisiera que fuera una metáfora, así no habría muertos que llorar, ni parientes que indenmizar, ni tráfico que padecer, ni llantas que cambiar, ni cheques que firmar, ni gastos imprevistos que afrontar. Así podría llegar a tiempo, en vez de tener que pasar a una vulcanizadora. Dios, ojalá todo fuera un pretexto literario.


 

Los invito…

Los invito…

La petición de la Guardia Civil en Barcelona 

Otro golpe de terror. Barcelona cae víctima de la intolerancia, del odio y de la crueldad. El desprecio vuelve a protagonizar la narrativa de las lágrimas. La noticia recorrió los kilómetros y me llegó en forma de imagen al celular. No supe ni lo que estaba abriendo cuando ya enfrentaba el horror. La agencia noticiosa que daba a conocer los hechos en Las Ramblas subió un video de alguien que iba caminando, filmando a personas en el suelo, unas inmóviles y otras lastimadas junto a un charco de sangre. Ahora le tocó a Barcelona, trece muertos y más de cien heridos. Los sucesos tenían algunos minutos de haber tenido lugar.

En instantes, antes que nada, la primera reacción fue tocar base con la gente querida que vive en Barcelona. En seguida, la reflexión. Las imágenes eran brutales. Las redes sociales se poblaron de fotografías dramáticas. Las personas que vi, estaban en el suelo, victimizadas, dolientes, sin defensa. La pregunta gira en torno a lo que se debe hacer: mostrar e informar o abstenerse y respetar. Si difundir esas fotos es señalar y exhibir lo que es el terrorismo o si es dar escenario y servir de propaganda. 

La respuesta es de cada consciencia. La Guardia Civil pide que no se suban fotos a la red. Entiendo lo que dicen quienes se acogen a la libertad de expresión. Pero, pienso en ese ojo y en esa lente. En la necesidad de enseñar. En el temblor de las manos y en los esfínteres flojos, en las lágrimas y en las ideas que se agolpan sin encontrar coherencia. Sólo así se entiende que alguien pueda ir dando pasos, saltando heridos y muertos sin soltar el aparato y poner las manos libres a disposición de ayudar. 

El aturdimiento inmediato a la tragedia obnubila la sensatez. No se puede pedir prudencia a los que se escaparon por un suspiro de la casualidad de la tragedia. Pero, en la serenidad que llega en los minutos posteriores, se escucha la petición de la Guardia Civil. Por favor, no difundas las imágenes. El dolor es de todos.

Llevan razón. La necesidad de informar se debe subordinar al respeto de quienes perdieron la vida, de sus deudos, de sus heridos y de su gente. Barcelona llora. Lo de menos es si lo hace en la lengua catalana o castellana, si eres local o turista, si vas de izquierda o de derecha. Los que vimos las imágenes nos hermanamos con el sentimiento. Vayan las condolencias llenas de respeto. El dolor es de todos. Basta de odio. Basta ya. 

Los muros de Belén 

Cuando pienso en Belén, siempre evoco el pesebre, motivos relacionados con la Navidad, con Jesús niño, con el mistwrio de sus primeros días, con la Sagrada Familia, en fin, con unión, armonía y felicidad. Me vienen a la mente la Iglesia de la Natividad  y la Misa de Gallo. Sin embargo, me topo con una novedad que no estaba aquí hace veinte años: un muro que divide Israel y Palestina. Más allá de creencias religiosas, de posiciones políticas, de razones y sin razones, esta cortina de concreto con púas  electrificadas es  contundente. Ni juntos nirevueltos, separados y cada quien en su lugar.

El no pasarás es claro. Cruzar la línea es entender que la vida no se ve igual de  un lado que del otro. Amal, nuestra guía, nos explica que ella no puede cruzar la línea a placer. Si quiere hacerlo tiene que pedir permiso. Ese permiso no está disponible para todos los días, sólo para fiestas religiosas, sólo,para determinadas fiestas religiosas. Ni de chiste pasará a ir de compras, a tomar un café, a ir a la playa. El tema es serio.

Se vuelve aún más serio cuando se trata de los cristianos que viven en Belén dado que son una minoría. Además, su presencia en el lugar va descendiendo. Los franciscanos están a cargo de los sitios religiosos del catolicismo en la Tierra Santa. En Belén tienen escuelas: elementales e intermedias, preparan a los chicos para ir a la universidad. Pero, Amal nos cuenta que  muchos de los católicos nacidos en Belén emigran. Se van y no vuelven. Las razones son variadas, a pesar de que no existe persecución religiosa abierta, sí hay. También la falta de oportunidades se una razón para irse de ahí. Otra, la más común, es que los chicos salen de Belén para estudiar en otros lados,  se enamoran, se casan y ya no vuelven a su tierra original. 

Si los cristianos se van, los sitios religiosos quedarían en manos del Estado palestino que podría convertirlos en mesquitas o en museos, nos advierte Amal. No me gustaría ver la Basílica de la Natividad convertida en otra cosa. Salimos de la iglesia y antes de irnos de regreso a Jerusalén, veo los muros de la ciudad natal de Jesús.

Es un muro de cemento, alto, electríficado. El estómago se hace nudo y la piel se ponde de gallina. Amal lo ve y guarda silencio, mira al suelo y con palabras que se oyen rotas nos dice que eso tiene pocos años, tal vez seis o siete. Del lado de Belén hay pintas, dibujos, graffitti. Son representaciones de solidaridad, protestas, lamentaciones. Por ahí vemos el trabajo de Banksy y de muchos otros que usaron pintura para expresar reprobación ante esta forma brutal de separar.  Del otro todo es gris.

No me gustan los muros. No son solución 

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