De lejecitos, por favor

Los mexicanos ya tenemos callo en eso de las emergencias. Entre terremotos, huracanes, enfermedades, crisis económicas, abusos institucionales, guerras y todo eso, si tuviéramos que elegir un verbo que nos describiera, sería sin duda: aguantar. Al menos, así lo sostiene el escritor francés Clotaire Rapaille en su libro El Verbo de las Culturas. Gracias a la información que obtuvo a través de múltiples viajes, entrevistas y lecturas, pudo conocer varios países y asignarles un verbo que los identificara. A México, le asignó este ya que le sorprendió la resistencia que tiene esta raza de bronce. Los mexicanos aguantamos un piano, decimos con frecuencia.

              Me gustaría decir que los mexicanos somos solidarios, unidos y dispuestos cuando se trata de tender la mano a quienes se encuentran en desgracia. Sin embargo, hay crisis que nos han unido y otras que nos separan. Cuando se han dado desventuras por eventos naturales, como terremotos y huracanes, la gente se vuelca en las calles y está lista para ayudar, compartir y respaldar a los demás. En verdad, me ha tocado ver a gente que teniendo poco, comparte lo que le queda con aquellos a los que les quedó menos. También a personas que salen de su casa con alimentos, agua y medicamentos para ir a ayudar a los que les tocó la desventura. Nos unimos y mostramos empatía y disposición de ayuda.

              Cuando la gente se queda sin casa porque se cayó por un estremecimiento de la tierra o porque el mar se la tragó o el viento se la llevó volando, sobran las invitaciones para quedarse —por un tiempo—, en la casa. Ofrecemos el techo y abrimos la puerta de la casa a los parientes que se encuentran en las zonas afectadas y vemos cómo le hacemos para echarle más agua a la olla de frijoles y para que rindan el pan y la sal.

              Pero, si se trata de una pandemia, la cosa empieza a cambiar. Peor, si se trata de una enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región. Todavía no entendemos muy bien de qué se trata ni las consecuencias que tiene el padecimiento, se nos ponen los pelos de punta y se nos eriza la piel. Se nos activan los nervios y si la recomendación es no saludarnos, dejamos de tender la mano; si escuchamos que alguien estornuda, lo miramos con alarma; y si estimamos que alguien viene de una zona de riesgo, de plano nos damos la media vuelta y empezamos a caminar a toda velocidad en sentido contrario para alejarnos.

              A los que somos efusivos en los saludos y generosos con los abrazos, nos cuestan mucho trabajo estas crisis. Los niveles de estridencia van en concordancia con nuestro carácter y nuestras fobias y filias. Lo curioso de estas crisis es que nos quitan la solidaridad y como que nos salen los rasgos que no nos dejan lucir lo buenas personas que somos, más bien al revés. Eso sucede porque tenemos miedo. ¿A qué le tenemos miedo?

              Podríamos creer que nos asusta la posibilidad de morir, o los dolores que nos causa una enfermedad de la que no sabemos mucho. Pero, ya nos dijeron que el índice de letalidad no es tan amplio. ¿Entonces? La realidad es que en la mayoría de los casos le tenemos miedo a cambiar nuestras rutinas y a renunciar a nuestra zona de confort. Dicho de otra manera, demostramos resistencia al cambio. No queremos que las cosas dejen de estar como siempre han estado ni estamos dispuestos a modificar nuestra cotidianidad.

              Si, como Rapaille piensa y el verbo que nos da identidad es “aguantar” es porque ya sabemos que el mexicano no se raja. Por lo tanto, antes que cambiar, mejor me aguanto. En algunas ocasiones esto puede tener connotaciones positivas y en otras puede ser la semilla para no corregir aspectos negativos o que no funcionan y optar por aguantarlos. Para colmo, entre más aguanta un mexicano, más orgulloso se siente. Por eso, antes que modificar nuestras prácticas de todos los días, mejor le echamos ganas y nos aguantamos. 

El desafío que enfrenta el planeta debiera acercar a la Humanidad en vez de alejarla. Una de las máximas de Borges, “todos los pueblos son iguales, incluso en su pretensión de sentirse diferentes”, nos recuerda que, en el fondo, todos los seres humanos compartimos la misma naturaleza sin importar nuestro lugar de origen. Hoy, México y el mundo enfrentamos un reto que nos tiene a niveles de emergencia, según la Organización Mundial de la Salud. Espero que, a pesar de todo, sigamos siendo solidarios y ayudadores, aunque ahora nos saludemos de lejecitos, por favor.

1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Cecilia Fischer
    Mar 17, 2020 @ 22:18:52

    Hermoso – gracias, ocupaba leer esto.

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