Al borde del acantilado

Hace algunos años escribí esto…

Las ventanas de Cecilia Durán Mena

Al borde del acantilado la piel se pone de gallina y los dientes tiritan. Los vientos soplan, revuelven el pelo, agitan la falda y mueven los vuelos del abrigo. Las orejas se congelan, las manos se entumen, los huesos duelen. La voluntad rechina. Las copas de los viejos árboles conocidos susurran mensajes ininteligibles, van de arriba a abajo y de un lado al otro, como si quisieran hacernos entender algo. Es imposible descifrar lo que quieren advertir.
La niebla que llena el hueco del despeñadero es un conjunto abigarrado de nubes aborregadas. Imposible hacer cálculos. No se puede determinar la profundidad del pozo. Parece hondo e inseguro. Al lanzar guijarros no se gana nada. No hay respuesta, ni se escucha el eco del golpe al llegar al fondo. ¿No hay fondo?
Lo que no hay es certeza de lo que hay después de la cortina de nubes. Puede haber un…

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