Ayudar

Ayudar, pero, qué tanto. Hasta que duela, habría contestado Santa Teresa De Calcuta. Ya nos está empezando a doler. La condición de la peste es contagiar el mal. Por eso, la prudencia al prometer siempre es recomendable. Ni modo, hemos criticado a quienes han abusado de los migrantes. Especialmente, hemos alzado la voz en defensa de los abusos a mexicanos que han cruzado la frontera en busca de lo que aquí no pudieron encontrar.

Por fortuna, la expulsión de mexicanos de nuestras tierras va en descenso. Parece que si México no es la tierra que mana leche y miel, para muchos es mejor quedarse aquí que irse para allá. El problema es que los migrantes extranjeros que llegan a nuestro país se enfrentan con corrupción, maltrato, condiciones miserables y con un Estado Mexicano que prometió bondades y los está deteniendo para contener una crisis diplomática con Estados Unidos.

Si ayudar hasta que duela tiene límites, en México estamos empezando a ver las consecuencias de recibir a más gente de la que podemos ayudar. La casa es frágil, el conductor de nuestro barco anda dudoso, la tripulación no se ve muy hábil, la violencia va en aumento y, de repente, nos topamos con un problema que nos estalla en la nariz.

Me parece que México es como esta casa en la que hay adolescentes en crisis y en un momento, al papá se le aflojó la boca e hizo promesas. De repente, su hermana le manda a sus hijos para que le ayude porque ella no puede con ellos. Los sobrinos no quieren estar ahí, van de paso, pero comen, duermen, van al baño en su casa. La mamá no está nada contenta de recibir a los hijos de la cuñada en casa y tiene que estirar el gasto aún más, cuando ya de por sí, no le alcanzaba. Hay que ayudar, dirá el papá. ¿Cómo?, preguntará la madre mostrándole el monedero con billetes de baja denominación. Unos sobrinos se portan bien y otros muy mal. ¿Qué hacemos?, preguntarán los hijos que tienen sus propias necesidades.

Dar un trato solidario a cualquiera, sin importar dónde haya nacido, es un imperativo. Ni hablar, pero al decidir a quién ayudar primero, a propios o a extraños, la panza se nos hace nudos. Hemos sido contagiados por la peste porque en el fondo, sabemos la respuesta.

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