Un pedazo de vida (Shakespeare Palace)

Shakespeare Palace,

Ida Vitale,

Lumen, México (2017)

Asomarse a la vida de un escritor tiene algo de curiosidad y de metichería a la que el propio autor invita cuando presenta una autobiografía. En el caso de Ida Vitale, con Shakespeare Palace la invitación que nos extiende es prudente, nos dejará asomarnos, pero poquito. Nos narra un fragmento de su vida, diez años: de 1974 a 1984, en los que vivió el exilio en México.

Ida Vitale nació en Motevideo en 1923, es una de las poetas más importantes de la Generación del 45 de Uruguay, que reunió a autores tan diversos como Idea Vilariño, Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Amanda Berenguer, Emir Rodríguez Monegal o Ángel Rama. A pesar de que Ida Vitale rechaza el criterio generacional para organizar la literatura, hay un hilo conductor y de unión que este grupo tuvo en común: ideales políticos bien definidos, la actitud rebelde típica de la juventud de cualquier parte del mundo. Ida Vitale se casó con Ángel Rama: tuvieron dos hijos y más tarde se divorciaron. Con su segundo marido, el escritor Enrique Fierro, la poeta huyó del golpe de Estado que sufrió su país en 1973. Su exilio mexicano duraría diez años, hasta que en 1984 los militares sometieron a plebiscito su permanencia en el poder. Acataron el resultado contrario y la pareja regresó a Montevideo para marcharse, años después, a Austin, Texas.

“Existe un dolor previo a operación y confiamos que se anulará con lo que aceptamos padecer. El resto le incumbe al cirujano. En el exilio, las responsabilidades pasan a ser mayoritariamente nuestras.” (p. 64)

“El exilio a veces implica el alejamiento de una sociedad, que siendo la nuestra, es decir, estando vinculados a ella por obligaciones y derechos, de pronto deja de correspondernos, de ser acogedora”. (p. 65)

Shakespeare Palace es un guiño que la autora uruguaya hace al lector que está a punto de meter la nariz entre las pastas del libro que cuenta parte de su vida, es la memoria del exilio de Vitale en México que le abrió las puertas y la recibió durante la dictadura uruguaya. Es el relato narrado por una mujer de 95 años que conserva sana la lucidez e intacta la elegancia poética. Vitale nos permite entrar a su cotidianidad, a la forma en que se enfrenta con la magnitud de la Ciudad de México, a la generosidad que muchos funcionarios y artistas mexicanos le dispensaron, primero a ella que llegó antes que su marido y luego a su esposo, para integrarlos a una sociedad que siempre ha recibido con brazos abiertos a exiliados y, para ella, lo que significó aceptar esas gentilezas.

“Un distinto estado de espíritu, una para mí sorprendente aptitud para aceptar lo que viniese, me llevaba a no discutir nada, predispuesta al nuevo trance.” (p.33)

 Esta autobiografía nos permite atisbar la vida de la intelectualidad mexicana desde la visión de una extranjera que describe lo que significa vivir el exilio en México y nos ayuda a comprender y valorar los pequeños quehaceres cotidianos que, al cabo, configuran nuestras vidas. O, como lo expresa la propia Ida Vitale:

“Como todo lo bueno, suele ser ignorado” (p. 113)

Escribe para pensar en lo suyo, para legitimar su efímero paso por el mundo y para acreditar que no estuvo sola en ese paseo, que hubo hombres y mujeres con un nombre propio y una vida que merece ser recordada. Habla lo mismo de su casero que de Octavio Paz, habla de sus quehaceres en el Colegio de México y de cómo es manejar un VW en el tránsito de la Ciudad de México, habla de otros exiliados: uruguayos, argentinos, chilenos. Escribe para recuperar recuerdos:

“No es fácil aceptar el riesgo de una escritura sin libertad… Sin embargo, la libertad tiene sus recursos y los usa en la elección de sus recuerdos”. (p. 11)

En Shakespeare Palace, Ida Vitale consigue una amalgama bellísima y extraña de desorden y pulcritud, de recuerdos azarosos y análisis clarividentes. Nos lleva a presenciar junto a ella, la comida de una fonda que las cenas en casa de Alvaro Mutis. Transforma la neblina del pasado en una literatura radicalmente contemporánea: no nos cuenta la sucesión de años de vivir en México sino sucesos. No sigue un orden cronológico sino que libera los acontecimientos del yugo del tiempo: un fulgor apenas que sin duda merece ser contado.

“Mi empleo del tiempo no conocía digresiones, porque siempre estaba llamada por una urgencia muy concreta tendiente a hacer del vago futuro una construcción más o menos amable, dotada de perfiles no agresivos en medio de la irregularidad implícita en el hecho de ser extranjeros”. (p. 67)

Ida Vitale afloja la pluma y condensa con lucidez y elegancia poética el estupor y el desánimo de quien es extranjero porque se ha visto obligado al exilio. Es prudente ya que en sus recuerdos aparecen celebridades como Gabriel García Márquez, —y nos sorprende con un anacoluto extraviado en Crónica de una muerte anunciada— de Octavio Paz y la generosidad que siempre tuvo para las letras de Elena Garro, Juan Rulfo o Julio Cortázar. Al mismo tiempo, nos narra de poetas maravillosas y desconocidas como la mexicana Enriqueta Ochoa o la argentina Elena Jordana, que fue su vecina y fundadora de las ediciones de El Mendrugo donde publicó, sin ir más lejos, Nicanor Parra. Personajes en este texto que han muerto y ella sigue viva.

“Corredores in fin de la memoria, decía Octavio. Corredores que van entre la oscuridad y la luz y en lo que me pierdo por momentos, pero en lo que tambióne registo amigos que lo son desde un tiempo cuyo comienzo me cuesta fijar.” (p. 196)

 En las memorias de Vitale hay también gente de la que habla y que no tienen nombre en el texto: colegas, compañeros de trabajo, indígenas con vestidos de manta, vecinas divinas y caseros hermosos; como siempre, algún impresentable al que se refiere sin dar nombre: vidas que ya fueron y que, sin embargo, se empeñan en no irse porque, como afirma la poeta, existen los “muertos-río”: seres queridos que siguen con nosotros mientras nosotros los pensemos. Vitale nos enseña que los seres queridos son extensiones de nosotros mismos, prolongaciones de nuestras carnes, tuétanos de nuestros huesos. Por eso, la poeta uruguaya convierte esta autobiografía en un homenaje a la vida de los otros: huellas y ausencias imborrables.

“Sin duda, pertenecía a esa clase de seres cuyas importantísimas actividades, horarios y requerimientos deben ser conocidos y acatados por el resto de la insignificante humanidad” (p. 102)

Abrir la cortina y permitir que otras generaciones de asomen a ese México, a esa América Latina y a esa intelectualidad de los años setentas y principios de los ochentas justificaría por sí sola la existencia de este libro que, más allá de un mero ejercicio sentimental, es una fuente riquísima de imágenes de la Ciudad de México. Pero, Ida Vitale es poeta y se fina en los pequeños detalles: el canto de los clarines, el tráfico urbano, el sabor sin escapatoria del chile o el hacinamiento de los transportes públicos. El recuerdo de una lluvia de polvo asfixiante y la nieve sanadora casi mágica por inusual en México. Un día nevó en el monte Ajusco y la poeta uruguaya escribió: “Hacer bello lo otro / es gloria de la nieve”.

La escritura de Vitale es enigmática y certera, metafórica y clarísima en la disección de las emociones más íntimas e intrincadas de la experiencia humana. Sin embargo, algunas veces, nos resulta fría. Aleja el ojo del narrador, especialmente cuando narra que sus hijos, exiliados también y que vivían con su padre, o cuando nos cuenta que su marido murió. Lo hace desde la distancia narrativa que le permite el dominio de la pluma. Nos muestra la nostalgia de una mujer que vuelve la vista sobre su propia vida:

“La nostalgia raramente llegaba unida a paisajes, luces, olores o sabores. Siempre nacía del recuerdo de una amiga o amigo o de la cuidada memoria de sus veneraciones mayores” (p.112)

Gracias a estas memorias, comprendemos el estupor y el peso del desánimo de quien es extranjero porque se ha visto obligado al exilio y accedemos a la extrañeza del recién llegado que desconoce el léxico cotidiano, esos otros nombres que les dan a las verduras y sin los cuales es imposible ingresar en la comunidad de acogida.

“El exilio puede ser la réplica a una amenaza que se teme grave o inminente y que proviene de una ajena voluntad humana o de un Estado. O, en el peor de los casos, refleja sí, el sentir de una mayoría poco a poco dominada, pervertida por una minuciosa dirección que anula la sensibilidad y los principios morales que se declaran errados y por lo tanto nulos. “ (p. 69)

La experiencia de Ida Vitale nos lleva a entender qué significa tener amigos y haber nacido con suerte: ser privilegiada en un mundo terrible marcado por la raza y por la clase. Tuvo la fortuna de trabajar como profesora, traductora y periodista desde los primeros momentos de su llegada a México, el placer siempre de la escritura a pesar de todo. De la mano de la poeta uruguaya tomamos conciencia de cómo el tiempo opera en nuestro cuerpo y en nuestro modo de pensar y cuán importante es la generosidad.

“Aquellos fulgores de lo vivido, prolongan un momento, efímero, como todo lo humano y a la vez duradero, aunque ya sólo en mí.” (p. 195)

Shakespeare Palace es el nombre irónico y cariñoso que Enrique Fierro e Ida Vitale dieron a su primer hogar mexicano. Allí, al final de unas escaleras oscuras, la poeta descubrió que “contra lo sordo / te levantas en música, / contra lo árido, manas”. Estos versos del exilio nos recuerdan que el don de Vitale para el manejo del léxico no es exclusivo de estas memorias luminosas, sino que es una cualidad esencial y reconocible en toda su obra poética. Ella, Premio Cervantes 2018 y Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2015, sigue siendo poco conocida en nuestro país. Ojalá la lectura de Shakespeare Palace sirva para que ustedes lleguen a su poesía

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