Maestros

Hablar del magisterio es abordar un tema desgastado por situaciones políticas, clientelares, circunstanciales que poco tienen que ver con la verdadera relación que existe entre una persona que está dispuesta a recibir conocimiento y otra que quiere compartir lo que sabe. Recuerdo que en algún momento, el Dr. Roberto Regueiro me decía que si el magisterio no se entiende como un apostolado, no hay para que pararse frente a un grupo de estudiantes. Esto aplica a todos niveles y abarca todas las modalidades: desde preescolar hasta programas posdoctorales; desde clases presenciales o virtuales. El maestro tiene un compromiso con sus alumnos que trasciende el aula: tiene la responsabilidad de formar.

En esta condición, los maestros somos artesanos de la Humanidad. Somos una especie de carpinteros que recibimos materiales crudos que hemos de trasformar en personas de bien. A diferencia de otras profesiones, un maestro jamás deja de serlo, ni siquiera si ya está jubilado, mucho menos si sigue activo. Al salir del salón de clases, no se puede aventar la cachucha y dejarla en el perchero: un verdadero maestro es imagen, es ejemplo, es modelo. Un profesor sale de dar clases y corrige tareas, prepara clases, planea formas de enseñar, plantea retos, examina, evalúa. Es un esfuerzo que trasciende límites espaciales y temporales: va más allá de los límites del recinto educativo y no se acaba cuando termina el curso.

Pero, a juzgar por lo que se ve, el trabajo se está complicando. Los alumnos siempre hemos sido distraídos, pero ahora la distracción raya en la práctica sistemática de ignorar al profesor. Un maestro debe competir con las redes sociales, con los juegos electrónicos, con el desinterés, con la apatía y el terreno de juego es muy disparejo: los aparatos llevan ventaja. Por varios medios, nos enteramos de la queja constante de los maestros que no sienten que su trabajo sea valorado por estudiantes, padres, instituciones educativas. Por si fuera poco, es ampliamente conocido que la labor docente no es bien pagada. Hablamos de los profesores como pobresores, de ahí que el Dr. Regueiro tuviera razón: el apostolado del magisterio busca una causa que no se equipara con cuestiones monetarias. El que pretenda hacerse rico de dar clases, es probable que tenga una visión equivocada. Al menos no desde la trinchera del pizarrón y del gis. El tema político y clientelar tiene muy poco que ver con lo que es el verdadero llamado vocacional del que quiere enseñar. El panorama para un maestro luce nublado.

Es cierto que hoy, para pararse frente al aula —en todos los niveles educativos— hace falta valor. Es decir, hay que ser muy valiente para enfrentar desde la soledad del pizarrón, grupos desinteresados en lo que se les preparó, que desestiman a quienes quieren entregarles algo importante en su formación, que muestran una arrogancia que da ternura, que responden con grosería cuando se les intenta señalar un error. Hace falta valor para vencer nuestra propia apatía, para renovar el compromiso, para seguir actualizándonos, para salir de nuestra área de confort y entregar algo que sea relevante para nuestros alumnos, algo que les abra las perspectivas, que los lleve a detectar oportunidades, que los haga más competentes, que los impulse a ser mejores. Insisto, hace falta valor para ser una persona que enseñe valores que tanta falta hacen en la sociedad, que de ejemplo de reconstrucción del tejido social, de responsabilidad social y de ética. Es necesaria mucha valentía para que no se nos rompa el corazón al mirar el recibo de pago.

Pero, hay un dicho español que dice: “Mañanita nebulosa, tarde de paseo”, algo así como que cuando la noche es más oscura es que está a punto de amanecer. De pronto, en medio de un salón adormilado, hay uno que sonríe porque ya entendió; en la calle te topas una cara conocida de la que no recuerdas el nombre, que se acerca a agradecerte ese consejo, esa clase que diste y te cuenta cómo le sirvió haber estado en tu salón; escuchas que al recibir un premio, tu alumno te menciona en su discurso de agradecimiento. Entonces, la mañanita nublada se convierte en ese paseo agradable que le da sentido a la labor cotidiana.

Un maestro de verdad entiende que su vocación es un apostolado, lo que significa que su actividad tiene un sentido alto. Para muchos, dar clases significa estar en el último peldaño de la pirámide de Maslow, es decir, encontrar un nivel de autorrealización en el que compartir lo que uno sabe le da significado a la vida.

Gracias a mis formadores, ángeles que cumplieron su misión en mí vida: Úrsula Tommasi Simón, Madre Lucila, Rubén Sanabria, Roberto Argumedo, Mario Paoletti, Abraham Nosnik, Ramón Moreno, por tanto y por todo. A mis colegas por ser ejemplo y compañeros de trinchera y todos los que he tenido el privilegio de llamar alumnos, gracias.

Anuncios

1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. samia silva
    May 15, 2019 @ 19:20:20

    Gracias a usted profesora

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

a href=’http://cloud.feedly.com/#subscriptionfeedhttpwww.ceciliaduran.wordpress.com’ target=’blanco blank’>

Archivos

A %d blogueros les gusta esto: