Familias funcionales, empresas disfuncionales

Uno de los grandes enigmas que ensombrece el terreno empresarial es la evidencia de que familias integradas, de esas que parecen salidas de una postal, de esas que se pueden presumir, que usaríamos de ejemplo y hasta aspiraríamos a ser como ellos, al momento de entrar al mundo empresarial no son capaces de hacerlo en forma armónica. El contraste entre las mesas de domingo en las que los platillos son deliciosos, la plática es cariñosa y se pide que pasen la sal con educación es asombroso cuando el hermano es capaz de ensartarle la quijada de burro a la hermana para romperle la cabeza con tal de sacarla del negocio familiar y cuando vemos que el cuñado se atreve a conjurar en contra de aquel que alguna vez le tendió la mano.

              Uno se pregunta con justificada razón, ¿qué fue lo que pasó ahí? Resulta un misterio entender cómo es que la disciplina que se respetó en casa no pudo transmitirse a la empresa, no se comprende cómo es que en el ámbito de la familia cada quien sabe su lugar y en el negocio no. Y, dicen por ahí que el dinero tiene cara de hereje y que los intereses económicos traen de la cola al diablo. ¿Se trata de falta de valores? Puede ser, pero no lo creo. Me parece que una familia integrada y unida tiene valores que se hunden cuando no existe una forma de convivencia profesional adecuada. Hay una verdad que debiera estar escrita en letras de oro: el cariño debe cuidarse y blindarse porque o es a prueba de balas.

              Los lazos de sangre tienden a desdibujar la objetividad que debe privar en el ámbito empresarial y cuando los parentescos políticos aparecen en escena, las complicaciones florecen en forma exponencial. Si hasta en los jardines más cuidados aparecen hierbajos, en las empresas también hay lunares que pueden manchar y acabar en historias terribles si la gente no sabe ocupar su lugar. Si no ponemos atención, una peca se convierte en cáncer mortal? Lo verdaderamente triste y complejo del tema es que el riesgo tan alto de mortalidad que tienen estos proyectos empresariales se deriva de los elementos que los debieran preservar: los familiares.

              Una de las principales razones por las que las familias funcionales dan a luz empresas disfuncionales es porque en el hogar, un golpe en la mesa hace que una discusión acalorada acabe de inmediato. Si los hermanos se pelean, mamá llega y los manda a la esquina a reflexionar. Sabemos en carne propia que muchas veces fuimos castigados injustamente, que a la hermana matalascallando nunca la regañaron porque con una miradita derretía a los padres, mientras que a la que contestaba para defenderse le iba peor. Entendemos que los padres tratan de balancear para que todos los hijos tengan las mismas oportunidades, pero en los negocios, no se trata de compensar, se trata de las competencias que tiene cada uno para ocupar posiciones, operar, dirigir, formar parte o de plano entender que hay muchos que ayudan más si no estorban.

              Hay tías que son adorables, primos que son simpatiquísimos pero que no saben —o no quieren trabajar— y que lo mejor es tenerlos lejos del negocio. Hay amigos que son divertidísimos para salir de fiesta pero a los que es mejor no invitarlos a trabajar con nosotros. Los consejos del abuelo pueden ser sabiduría de vida y no de operación empresarial. Pero, caemos en la terrible tentación de confundir el terreno de los parientes con el de los negocios. Nos enteramos de que el esposo de la prima se quedó sin trabajo o que el amigo del hijo la está pasando mal y tenemos la buena intención de ayudar. El problema es que ser esposo, amigo, cuñado, compadre no nos convierte de inmediato en una persona capaz para desempeñarnos eficientemente en una posición, y ya hecha la invitación ¿cómo nos desdecimos? Despedir a un familiar o a un amigo es una de las experiencias más complicadas que puede haber. Entonces, la intención de ayudar se convierte en una terrible caja de Pandora de la que emergen tormentas y batallas que nos debimos evitar.

              Si la objetividad falla en casa, no pasa mucho; si falla en el negocio el riesgo aumenta. Familia y empresa tienen parámetros diferentes y divergentes. Si una mamá ve hermoso al frutito de sus entrañas y se lo dice a todo el que lo quiera escuchar, no pasa nada, tal vez uno que otro la vea con ternura y en casos extremos hasta se rían de ella por lo bajo. Pero, si esa misma madre hace lo mismo y pone al frente de su negocio a un hijo incompetente o a una hija que no está preparada, los efectos negativos son como las fichas de dominó que van cayendo una tras otra sin poder detenerlas.

              Sucede frecuentemente que en las familias nos enseñan a ser prudentes, a sonreír, a ser educados y eso lo traducimos a no decir, a ser amables, a minimizar errores y a maximizar las cualidades. El amor es la fuerza aglutinante que todo lo puede y que vence cualquier obstáculo. Los rieles del cariño sostienen valores trascendentes. Y, por lo general, las familias funcionales no permiten que los problemas se desborden. La disciplina va aparejada con el respeto y el amor y entonces todo se alinea. Se cuidan los sentimientos de la gente y es inadmisible decir algo que lastime a nuestra gente.  Claramente, en los negocios no.

              En los negocios los parámetros son diferentes, existe disciplina, sí; pero debe haber unidad de mando, de dirección, objetivos, metas, tiempos perentorios, presupuestos, competencias, propuestas de valor, leyes, procesos: vocación. La experiencia y la preparación son pilares fundamentales que se deben aparejar con resultados. Si no estás aportando, te lo dicen y mientras más claro y oportuno seas, mejor.

              En las familias funcionales también hay pleitos, envidias, competencias, zancadillas. Es parte de la vida y de la convivencia de cualquier unidad social. Hay hermanos que quieren jugar con el carrito que tiene el otro en la mano, a pesar de que hay uno idéntico que está libre y eso es suficiente para empezar con el zafarrancho. De pequeños, las riñas se resuelven fácil, de grandes no es tan sencillo. Las cosas se complican cuando los chiquitos crecen y traen invitados. Un cuñado flojo, una concuña ambiciosa, un tío irresponsable, una prima abusiva hacen una mala receta. En casa, te pueden decir que calladito te ves más bonito. Si en la empresa, eso se vuelve política, los resultados son devastadores.

              He visto problemas empresariales que iniciaron por una rivalidad entre parientes políticos. Nietos que se vuelven contra el abuelo fundador porque sintieron que a la madre —nuera del dueño—, le hicieron un desprecio. Yernos que no supieron guardar lealtad a sus empleadores porque les ganó la avaricia. Concuños que salen resentidos porque no los supieron valorar. Estos ejemplos son la historia de todos los días que se topa uno lo mismo en proyectos empresariales, en pequeños emprendimientos o en corporativos internacionales. Échenle un ojo a casos como el de Vega Sicilia y verán de lo que estoy hablando.

              También pasa que estas familias bien integradas quieren extender esos lazos a la empresa. Acostumbrados a comer juntos, a vacacionar juntos, a veces el negocio requiere que la unidad de las tradiciones se resquebraje. ¿Qué hacer si todos quieren ir a la boda de la sobrina y alguien se tiene que quedar a cargo? ¿Qué pasa con el primo que siempre ocupa de pretexto la empresa para zafarse de esos compromisos engorrosos? Parecen frivolidades y no lo son.

Hay muchas preguntas cuyas respuestas evidencian porque familias funcionales dan negocios disfuncionales: qué pasa si la heredera no quiere hacerse cargo del negocio porque ni le gusta ni le entiende; que hacer con un familiar que tiene una proporción de la empresa pero no le gusta trabajar, cómo integrar a la cuñada que no tiene idea de nada pero es parte de la asamblea de accionistas, qué hacer con el hijo que no entiende, cómo lidiar con los Caínes que le quieren dar madruguete a los Abeles, qué hacer con el pariente enfermo, que tiene un vicio, que no es ordenado con el dinero, con el que gasta más allá de sus posibilidades. ¿Cómo preservar la familia y al negocio al mismo tiempo? Si muchas familias funcionales se hicieran estas preguntas, habría menos empresas disfuncionales, me parece.

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