Fractura: metáfora de ansiedad y efecto contrario

 

Fractura

Andrés Neuman

Alfaguara, México 2018

Fueron tantas las recomendaciones que me hicieron para Fractura que decidí adelantarme y darle un empujoncito para que llegara al lugar del siguiente de la lista. El libro me atrapó de inmediato y estaba tan contenta de empezar a leerlo, sin embargo, me resultó difícil continuar tan entusiasmada conforme iba avanzando en la lectura. Es decir, Andrés Neuman es un escritor con oficio y en ello no hay falla. No obstante, hubo momentos en que sentí que la anécdota no iba para ningún lado y que si le hubiera metido algo de recorte al texto, le habría hecho un favor a la novela.

La metáfora elegida por Neuman busca reflejar ansiedad y peligro, pero el hecho de que haya decidido tender la novela sobre la base de esa figura habla al mismo tiempo de ambición y de riesgo: el de que se haga del kintsugi, —artesanía japonesa entretejida que consiste en convertir las fracturas de un objeto en parte explícita de su propia belleza—es una referencia tan conocida que se acerca peligrosamente al lugar común.

“Cuando una cerámica se rompe , los artesanos del kintsugi insertan polvo de oro en cada grieta, subrayando la parte en donde se quebró. Las fracturas y sus reparaciones quedan expuestas en vez de ocultas y pasan a ocupar un lugar central en la historia del objeto.” (p. 25)

Por lo tanto, partiendo desde ahí, se adivina a un narrador demasiado confortable, demasiado obvio y en muchas ocasiones, demasiado extraviado. Es verdad, la mayoría de sus casi quinientas páginas se leen con agilidad y podemos encontrar estímulos valiosos que nos impulsan a seguir leyendo. Pero, con Fractura pasa lo mismo que cuando esperamos probar un platillo delicioso y resulta que le falta sabor. Además, podemos anticipar su estrategia y eso lleva a que su ejecución resulte demasiado adivinable. La consecuencia obvia es que el lector puede llegar a perder interés, distraerse o llegar a fastidiarse en el camino.

En estricta justicia, Fractura tiene una estructura que no se rompe nunca, lo que demuestra el mérito notable de un narrador experimentado. Lo malo es que frecuentemente se entrevén hilos de la red que sostiene en pie el juego de voces y conceptos, es como si a Neuman, siendo un sastre diestro, le hubieran quedado las costuras expuestas, como si hubiera tenido tanta prisa o como si hubiera decidido no darle acabado a su trabajo.

La narración empieza en Tokio con un terremoto que le sirve como pretexto de ignición.

“Un terremoto fractura el presente, quiebra la perspectiva, remueve las placas de la memoria” (p. 19)

La novela propone varias líneas narrativas y analepsis curiosas. Conoceremos al protagonista, un superviviente de Hiroshima que, ya anciano, recibe la noticia de la tragedia nuclear de Fukushima.

“Hay novedades sobre la central nuclear de Fukushima. Y ahora sí son alarmantes. El radio de evacuación se ha triplicado…” (p.33)

Serán las mujeres de su vida, quienes nos narrarán las diferentes etapas de Yoshie Watanabe. Al mismo tiempo, leeremos la vida solitaria del personaje que ya está viejo y está de regreso en Tokio y lo conoceremos en voz de la francesa Violet, de la estadounidense Lorrie, de la argentina Mariela y de la española Carmen las que por orden de aparición nos contarán al protagonista joven que va a estudiar a Francia y que irá migrando por requerimientos de la empresa Me en la que trabaja. La otra línea narrativa es la que nos presenta a Watanabe solo y que por alguna extraña razón —que raya en lo inverosímil—  tiene un impulso que lo  fuerza a emprender un viaje hacia la zona del desastre que ocasionó el terremoto.

Entreverado al relato de ese viaje, escuchamos las voces de las mujeres que marcaron la vida del señor Watanabe en París, Nueva York, Buenos Aires y Madrid. Insisto en que las voces femeninas son perfiles psicológicos muy logrados; pero las fórmulas lingüísticas utilizadas para caracterizarlas se abusan y pecan de evidentes. Fastidia leer el capítulo de  Lorrie y las cicatrices que nos muestra a una mujer neoyorquina, con un discurso poblado por anglicismos traducidos de una charla americana.

“Yo tenía, ya sabes, una sensación fuera de contexto.” (p.161)

“Cuando te decidas hablar en serio, querida, seguiremos conversando”. (p. 166)

Son hilos que asoman demasiado; en palabras Lorrie utiliza para hacer evidente que Yoshie Watanabe no habla bien inglés:

“Y lo repitió varias veces, Lorrie, Lorrie (o más bien Lohie, Lohie) (p.162)

Me refiero a estas decisiones estilísticas, son decisiones destempladas. Por otra parte, entretejiendo biografía e historia, los personajes de Fractura representan ejes culturales y geográficos diversas que incrustar incrustar los grandes temas de la Historia contemporánea a la existencia de Watanabe: Hiroshima, la postguerra, y cuanto más indirecto Neuman juega con esos elementos, mejor le funciona. En este sentido, las páginas argentinas son mejores. En cambio, las voces de Violet y Lorrie serpentean los peligros de la mera dispersión o de un uso estratégico de momentos estelares, como si no quisiera dejar de aprovechar el once de septiembre neoyorkino o madrileño el once de marzo en tono tan cercano que rechina y puede lucir algo forzado.

Además, Neuman mete con calzador a un periodista argentino, Jorge Pinedo, simulando mal un alter ego del autor, que quisiera escribir un reportaje sobre los desastres nucleares. Lo curioso es que el pobre no logra entrevistar al huraño Watanabe. Tampoco se entiende qué extraña curiosidad le despierta ese misterioso señor japonés. Y en el colmo, no logra ni rematar un trabajo que debería ser fríamente periodístico. No le funciona el ejercicio.

Watanabe, durante buena parte de la novela va perfilándose y desdibujándose simultáneamente bajo la mirada que ellas ofrecen. También lo muestra en el viaje que hace a la región de desastre. Ahí la voz de Neuman se parece mucho a la de Murakami, se vuelve muy ja`ponés A partir de ahí, el estilo se vuelve abstracto, las frases son sintéticas. A partir del aterrizaje en Sendai Watanabe va adquiriendo rasgos de identidad del último personaje con el que convivió.

“Con el segundo té, Watanabe descubre que la aparente serenidad de Ariichi esconde otra inquietud. Su mayor preocupación son las tumbas de sus ancestros que se hayan en el cementerio más al norte” (p. 467)

Watanabe afirma que, con los años, uno pierde opiniones y gana ideas: es justo lo que ocurre con esta novela. Aquí están sus mejores páginas, concentradas en aquello que de verdad convoca al lector y lo conmueve: la memoria del superviviente y su soledad, precaria pero bellísimamente conectada con el otro. Watanabe deambulando solitario es la redención de la novela.

“Empezó a preocuparse más por su salud. Antes nunca quería ir al médico, huía de las consultas como de la peste. Prefería aguantar un dolor que hacerse una prueba. Pisar el hospital te hace sentir más enfermo” (p.429)

El lenguaje es impecable, la mirada en ningún sitio me hace sospechar que aunque los capítulos finales son los mejores de toda la novela, Neuman no supo cómo terminar su Fractura.

 

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