Una historia sobre las fantasías y la crisis de los cuarentas

La uruguaya,

Pedro Mairal

Editorial Planeta, EMECÉ,

Buenos Aires, 2017

La uruguaya es una novela que apela a sorprendernos a partir de elementos que son conocidos. La tarea es difícil porque causar asombro a partir de hechos cotidianos no es fácil. Un hombre que está traspasando la barrera de los cuarenta años, que tuvo pasadas glorias, que vive en un país con falta de oportunidades, en medio de una crisis económica que afecta la vida personal, no tiene nada de espectacular ni asombroso. Es tan común que todos nos podemos identificar. Pedro Mairal aprovecha esta coyuntura para convertir esta sensación que está en el colectivo mundial para apelar a un sentimiento universal.

Según Mairal, La uruguaya es la historia de un naufragio. Se trata de la historia de un fracaso, lo cual es una paradoja dado que la novela ha triunfado. Ganó el premio literario Tigre Juan 2017 y una serie de entusiastas lectores y críticos que alaban el testo. Pedro Mairal nos relata la historia del héroe a la inversa. Lucas Pereyra, un escritor que acaba de entrar en la complicada edad de los cuarenta viaja desde Buenos Aires hasta Montevideo para recoger un dinero que le han mandado desde el extranjero y acaso, también, para buscar un romance. Una historia de reveses donde madurez, insatisfacción y literatura se reúnen.

Lucas Pereyra, el protagonista, está casado y tiene un hijo. No atraviesa su mejor momento. Ni el matrimonio ni su carrera ven un buen porvernir. La economía no le ayuda, se ve obligado a buscar su dinero en un lugar donde no se devalúe. En esta novela, todo pierde valor.

“Estabas harta, de mí, de mi nube tóxica, mi lluvia ácida. Te noto derrotado, me dijiste, vencido” (p. 13)

Pero una escapada corta y la perspectiva de cruzar el Río de la Plata para acudir, entre otras cosas, al encuentro de una joven amiga parece motivo suficiente para proporcionarle cierto alivio. Una vez en Uruguay —que parece algo así como la tierra prometida donde todo será felicidad y dulzura— las cosas no terminan de salir tal como se habían planeado, así que no le quedará más remedio que afrontar la realidad.

“Estaba hecho mierda, derrotado, pero invencible” (p. 153)

El tratamiento dado por Mairal a la anécdota demuestra el dominio de la pluma. Está narrada en primera persona, pero tiene un tratamiento especial: se trata de una confesión. La acción que transcurre en un día, La uruguaya puede ser una fotografía venerable de la crisis de los cuarenta que pudo ser un culebrón trágico de una anécdota insulsa, pero el tratamiento jocoso redime a la novela. Pero, quedarnos en ese punto sería perdernos la riqueza que entraña este libro, hay algo más detrás de estas páginas. Es la burla de los reveses de la insatisfacción, es la ironía sobre el atolladero de las expectativas, es la falla del triunfo y de las esperanzas insatisfechas. Más que una novela más sobre el desamor, La Uruguaya es una novela sobre las fantasías estridentes de un adulto que se comporta como un adolescente.

“Guerra me mandaba esas cosas y yo quedaba partido, colgado de esa emoción que no se disipaba. Eso era Montevideo para mí. Estaba enamorado de una mujer y enamorado de la ciudad en la que vivía. Y, todo me lo inventé, casi todo.” (p. 49)

Mairal entreteje hilos narrativos que van de lo extraordinario a lo cotidiano con tanta facilidad que no se le notan las costuras. Sin duda, creo que hay más insatisfacción que desamor. El libro y en el personaje exsudan frustración. Lucas se siente asfixiado en una situación de pareja y deposita en esa desgracia otras que tienen que ver con no estar trabajando, no estar escribiendo, no ganar dinero. Busca una puerta.

“El paisaje ondulado, amable, quebrado, ya lejos de la jodida pampa metafísica, la mañana, un caballito pastando, la entrega de ese ─no ser─ que se siente al viajar, las nubes… Arriba en el vidrio la ventana decía Salida de emergencia, sólo esas palabras contra el fondo del cielo. Parecía la metáfora de algo. La posibilidad de escaparse hacia la nada celeste” (p. 23)

El humor es lo que salva el libro de ser muy amargo, de otra forma, la anécdota no hubiera dado para tanto y la novela habría perdido sabor, se habría diluido. La uruguaya es la historia de un derrumbe. Ese gran fracaso provoca identificación, en la medida que tiene humor. Un humor tragicómico. Montevideo aparece como una ciudad idealizada, hecha de canciones, poemas y fragmentos de novelas. Y se confronta con el Montevideo más áspero y real. Sin duda. Para el argentino, para el porteño, Montevideo es un espacio idealizado, quizás un poco ingenuamente.

“Un desastre Guerra. No está bueno enterarse de tanto… La verdad a veces es demasiado” (p. 89)

“Me costaba hacerla coincidir con mi delirio de meses. No digo que no estuviera linda —de hecho con esos jeans y esa remera medio abierta en la espalda estaba más buena que las vacaciones —pero el fantasma de Guerra que me había acompañado era tan poderoso que me resutlaba extraño que fuera ella ahora, frente a mis ojos, la verdadera.” (p. 85)

La primera persona es arma fina para contar esta historia. Está hablando Catalina, su mujer. La uruguaya es una confesión es la liberación del mea culpa y el reconocimiento humillado de que se cometió un error que rompió el equilibrio. Para lograr ese nivel de intimidad que necesitaba el relato, la primera persona que utilizó Marial fue ideal. Es lo que provoca empatía y lo que da esa sensación de intimidad y de pudor. Lucas parece estar diciendo cosas que no hay que decir. Habla del dinero, que siempre es un tabú. Habla de la infidelidad, de la intimidad más profunda de la pareja, del miedo a los hijos. Todos los temas que toca son los que se prefieren callar. Por eso la primera persona le permite moverse libremente. Las partes que están como en segunda persona son los momentos álgidos de la confesión. Es una primera persona que a veces cambia a segunda, en ocasiones tienen momentos de primera persona del plural. El yo permite el tú, el él, el ella. Así Mairal demuestra el dominio de la pluma.

La uruguaya es de lectura fácil y rápida. Permite avanzar rápidamente y llegar al punto final. La última frase del libro es una joya que vale la pena leer.

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Pasividad, culpabilidad, rencor y una ciudad que cambia (Una sensación extraña, Orhan Pamuk)

Una sensación extraña

Orhan Pamuk

 Traducción de Pablo Moreno González

Literatura Random House. Barcelona, 2015

La pluma de Pamuk nos toma de la mano y nos regresa en el tiempo para contarnos una historia que se desarrolla entre 1969 y 2012.  El autor nos propone una novela en la que invita al lector a recorrer la anécdota desde diversos puntos de vista. Se trata de la transformación que sufre un espacio urbano de la mano de su gente. Es la historia que nos deja ver como se modifican los usos y costumbres de una ciudad que crece mientras subyace Una extraña sensación. Pamuk nos confronta con opiniones personales y versiones oficiales y nos deja ver cuáles son los sentimientos de los involucrados. Se trata del preludio que nos permite anticipar un cambio y nos da oportunidad de atisbar y anticipar lo que los propios personajes aún no son capaces de sospechar. Por supuesto, el personaje principal, según el autor se llama Mevlut, pero no podemos dejar engañarnos, el personaje principal es Estambul y su antagonista es Turquía. Una sensación extraña nos cuenta la intimidad de una nación y de lo que sucede en su capital.

Estambul es la protagonista que se transfigura y en esa transformación, modifica sus tonos y sus ritmos y el personaje relevante que es Mevlut —que encarna al turco que vive en una forma tradicional que está a punto de desaparecer—   recorre las calles a pie vendiendo Boza por las noches, gritando para que la gente salga a comprar, pero para darle identidad a Estambul y a Turquía, a través de un oficio que se fue preservando y defendiendo de la extinción. Así, el oficio sirve de metáfora complementaria de la que se vale el autor para llevar un hilo conductor de la novela en la que también se narra la vida de Mevlut, su familia, su padre, sus primos, sus esposas, sus hijas y da cuenta de lo que sucede en el entorno.

En esos momentos se daba cuenta de que la ciudad en la que llevaba cuarenta años viviendo, en la que había cruzado miles y miles de puertas y conocido las interioridades de las casas de tanta gente, era en realidad algo tan efímero como la vida que había vivido en ella y los recuerdos que había forjado en ella.” (p. 589)

Mevlut, el vendedor ambulante de boza, llega a Estambul a comienzos de los sesenta procedente del pueblo. Abandona el ambiente rural en busca de la vida esperanzadora de la ciudad. El progreso urbano de Estambul se dibuja a través de la trama de aprendizaje de una especie de merolico que se va haciendo de mañas mientras para ejercer el oficio que le enseña el padre, que a su vez emigró, buscando un futuro mejor, y sólo consigue corroborar el peso de su propia extracción social y la falsa fábula del hombre hecho a sí mismo.

En aquella época tan hermosa había mucho trabajo y tenía que entregar a tiempo los pedidos de los clientes habituales, con los que solía apresurarse y marcharse sin poder disfrutar de esas invitaciones ni de cariño.” (p. 50)

Mevlut asiste melancólicamente al ocaso de su mundo. Los vendedores de boza y yogur desaparecen, y especuladores y caciques, mafiosos paternalistas, aprovechan las leyes de amnistía catastral para ir acumulando tierras. La resistencia al cambio, la necesidad de volver una y otra vez sobre los mismos pasos, la certeza de que darle la vuelta al destino no traerá nada bueno es la sombra con la que Mevlut revuelve melancolía, ternura, cotidianidad y pobreza.  El contraste con la familia de su tío, el progreso de sus primos y el engaño de Süleyman van pergeñando una serie de hilos narrativos melodramáticos.

Multitudes ruidosas, dinámicas y pretenciosas. Mevlut había experimentado estos grandes cambios en pequeñas dosis diarias, no en forma brutal y repentina, y por eso nunca se lamentaba como otros de la transformación que había sufrido Estambul.” (p.39)

“El diablo del cambio había hecho desaparecer con su toque mágico todo ese entramado, esa gente se había marchado, esa gente se había marchado, aquellos lugares de diversión donde se cantaban canciones turcas y occidentales al estilo otomano y europeo habían cerrado, y en su lugar se habían abierto lugares donde comer brochetas y carne a la parrilla al estilo de Adana y donde beber raki.” (p.40)

El cambio que sufre Estambul hace que los turcos vayan empezando a anidar esta extraña sensación que le da nombre a la novela:

“Mevlut entró al salón donde se sintió pobre y fuera de lugar. Se produjo un silencio, todo se detuvo” (p.44)

Finalmente, el autor nos deja clara la referencia a la novela en la que se centra toda la narración:

“El sentimiento de carencia e insatisfacción que albergaba en su en su corazón cuando llegó por primera vez a la ciudad se había intensificado después de la muerte de Rayiha, y sobre todo en los últimos cinco años… lo único que él quería era una casa y vivir tranquilo hasta el final de sus días.” (p. 590)

Más allá de lo universal, a Pamuk le importa reflejar el paisaje  y la historia: el ser humano es su territorio e incluso, entre las colinas chabolistas de Kültepe y Duttepe donde se comen los mismos alimentos y se ven los mismos programas de televisión, existen diferencias políticas irreconciliables.

“…la ciudad en la que llevaba cuarenta años viviendo, en la que había cruzado miles y miles de puertas y conocido las interioridades de las casas de tanta gente, era en realidad algo tan efímero como la vida que había vivido en ella y los recuerdos que había forjado en ella” (p. 589)

La traducción de Pablo Moreno González es agradable y no estorba para nada la intención ni la emoción regente que el autor quiso imprimirle al texto. Se lee con sencillez y no molestan los vocablos en castellano.

Pamuk sigue siendo un autor amable, nos da pistas tanto en los títulos y frases de cada capítulo, como una especie de organigrama de los personajes, un resumen de sucesos importantes que ayudan al lector a no naufragar en el intento. Esa misma intención que le da sentido a la fugacidad en la última frase de la novela. Así, después de 620 páginas, Pamuk cierra la novela en forma magistral.

En Una sensación extraña comprobamos que la función de la Literatura es abrirnos mundos alternos a los que podemos acceder sin temor a que algún secreto quede sin ser revelado.

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