El invitado que no se sabe comportar

La imagen habla por sí misma. Angela Merkel está al centro, de pie, con las manos apoyadas sobre la mesa, con el tronco echado adelante. Está rodeada por sus asesores, al lado de un Emmanuel Macron con la frente fruncida, la mira Shinzo Abe mientras cruza los brazos a la altura del pecho. ¿Quién está del otro con una sonrisa mal disimulada.

Las cartas están sobre la mesa, ni lo quieren ni los quiere. Trump amenaza con dejar de comerciar con sus aliados. Se oyen los crujidos de la fractura del bloque occidental. Lo que no pudieron hacer los países del eje, lo que no han hecho las amenazas del terrorismo, lo está haciendo el antiguo líder del G7.

Parece que el presidente de Estados Unidos cree que puede solo, que su país no necesita aliados, que vivir encerrados y para ellos mismos es lo mejor que puede sucederles y que meter distancia es la manera gloriosa de conducir una nación.

Se empieza a romper el orden. Hay cambios, los cambios no siempre son para mejorar. Para muestra basta este botón. No sé si Donald Trump esta loco, pero eso de cerrar los ojos, taparse los oídos, aislarse del mundo, no parece muy cuerdo que digamos.

Las caras de los líderes del mundo hablan por sí mismas. La de Trump también. Incluso, en el borde superior se adivina la figura de una apocada Theresa May. El invitado que nadie quería recibir, llega tarde, se porta mal, hace groserías y se va pronto. ¿Será que así logrará mejorar las exportaciones estadounidenses? Ya se verá.

Por lo pronto, el mundo se queda con la misma cara con la que aparece Angela Merkel en la imagen. La de ella se puede interpretar y se comprende. La de Trump nos provoca un hormigueo en las manos y quisiéramos correr por la chancla y arreglar las cosas como lo hacían los padres de antes.

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