Desinformación y ganancias políticas

En una columna muy lúcida, Miguel Ángel del Fresno escribe sobre el maridaje entre la desinformación y la tecnología que da como resultado fatal un uso político que lleva agua al molino de la gente que sabe manipular masas. La mezcla es sencilla, digo un montón de imprecisiones, las mezclo con algo de verdad para hacerlas verosímiles y la receta trae resultados magníficos.

Así, sin importar la Verdad, sin tener en cuenta los hechos, se generan discursos basados en opiniones, en pareceres, en puntos de vista que si se pasaran por el tamiz de la razón nos daríamos cuenta de que no habría forma de que se sostuvieran. Sin embargo, se sostienen, crecen, se multiplican y abruman. ¿Por cuánto tiempo?

La fórmula ha sido usada desde tiempos antiguos: Platón lo denunció y la búsqueda de la Verdad cribada por la razón ha sido tema de los grandes filósofos desde los griegos hasta Kant. El uso faccioso de la mentira revuelta con algo que simule lo cierto es practica vieja y muy eficiente. Entonces, cuando las mentes serenas analizan y se dan cuenta de la trampa son fulminadas por la pasión que engendró el manipulador.

Así, vemos a Donald Trump desatando una guerra comercial, a Theresa May haciendo malabares para justificar el Brexit, a Benjamin Netanyahu santificando la ocupación de la franja de Gaza, a López Obrador proponiendo cambios según la audiencia que lo escucha.

El problema es que la Verdad es una, la guerra de Trump genera simpatías a su base pero trae consecuencias económicas que son perjudiciales para su propia gente, el Brexit ha impactado negativamente al Reino Unido, Netanyahu agita una bomba de tiempo y de injusticia, López Obrador promete a todos y no se entiende cómo le va a hacer para cumplir.

Pero, la desinformación rinde frutos. Los eslóganes que saben meter el dedo en la yaga reditúan. Pero, el corto plazo es su vigencia, la caducidad es corta. Entonces, la Humanidad se regodea con los bocadillos del banquete sin darse cuenta que de seguir así no vamos a llegar al postre.

A veces, como el Bautista, vamos clamando en el desierto.

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