Los maestros y su apostolado

Ser maestros es algo similar a ser sembradores que van lanzando semillas sobre surcos con la esperanza de que germine algo bueno, hermoso y mejor. Desde la trinchera tan peculiar que es pizarrón, con el poder que dan el gis y el borrador, la voz se eleva y muchas veces se hace la soledad. Competimos contra tantos focos de distracción: las preocupaciones personales de cada estudiante, las pantallas que proporcionan tantas posibilidades para que no nos hagan caso, la inquietud que hay para platicar y mientras el profesor habla y habla, la mente de los pupilos anda volando en los universos paralelos que se desenrollan en la imaginación a la que sentimos que no tenemos acceso. Así es el peregrinaje del magisterio, es un apostolado para el que se requiere sí o sí una vocación a prueba de balas para no morir en el intento de seguir lanzando nuestras semillas.

Sin embargo, en este camino, los maestros caemos en una serie de tentaciones como el abatimiento, el cansancio y el peor de todos: la frivolización de nuestro quehacer. En un ataque de soberbia que se encubre de buena voluntad, menospreciamos las capacidades de nuestros estudiantes, subestimamos su inteligencia y les tratamos de resolver todos los problemas, bajamos el nivel de exigencia, dejamos pasar ciertas fallas, nos apartamos del rigor académico. Les queremos entregar todo peladito y en la boca para después quejaros amargamente del rendimiento pobre y del aprovechamiento mediocre. Nos olvidamos de que la responsabilidad es nuestra, de que el timón está en nuestras manos.

Pero, este apostolado implica resistir con valentía la tentación de olvidarnos que el aula es un lugar sagrado en el que se transmite conocimiento. El compromiso por la educación tiene que ver con la lucha que le damos a la apatía de nuestros pupilos y con la nuestra. También va directamente relacionado con la altura de miras que le demos a la responsabilidad de pararnos frente a un grupo, con independencia de si el alumno está pensando en sus problemas personales, si está distraído porque esta chateando con un amigo, si se queda mirando el techo o si se queda arrobado con nuestras palabras.

Cada quince de mayo me gusta recordar a esos maestros que tuve la suerte de tener, que me enseñaron, me formaron, me entendieron, me ayudaron y me exigieron. Dar gracias a esos maestros que siempre han sido ejemplos y que invoco en mis salones y en cuyos ejemplos me apoyo cada que el ánimo desfallece. Gracias a mi queridísima Miss Úrsula, al Padre Sanabria, al profesor Argumedo, a Ramón Moreno, a Robert McCabe y a tantos y a todos. He sido tan afortunada de haber tenido maestros maravillosos. Y, también he tenido tanta suerte de tener alumnos espléndidos, de los buenos siempre me han tocado los mejores.

En este apostolado he sido privilegiada al tener aulas en las mejores instituciones del país. Gracias a la Ibero, mi alma mater, a Universidad Humanitas, a la Universidad Anáhuac México, a la Universidad Panamericana, a la Universidad del Claustro de Sor Juana que me han permitido ejercer el magisterio con la más absoluta de la libertades y que me han dado la posibilidad, no sólo de lanzar mis semillas en surcos fértiles sino que han sembrado en mi hermosos simientes que germinan en mi corazón y me llenan el alma de alegría.

Este apostolado no es sencillo, ¿cuál lo es? Y, de todos los que conozco, de todos los que he ejercido, este me recuerda que debo ser paciente, humilde, permanecer actual, con la mente abierta para poder cosechar frutos tan dulces y satisfactorios. Porque, este oficio es un privilegio en el que hay muchos llamados, pero para quedarse, hace falta valor y entrega. Ser maestro es una actividad permanente, de veinticuatro horas los trescientos sesenta y cinco días al año. Y, aunque el cansancio es real, la ilusión nos ayuda a llevar nuestros pasos al salón y dar nuestra clase cada día.

1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Cuqui
    May 15, 2018 @ 07:48:34

    ¡Como no recordar al Padre Sanabria! Ya sea que haya sido por elección o porque de alguna,manera fuimos llevados a esta profesión, no podemos negar que.son más las satisfacciones y alegrías recibidas que el peso de responsabilidades que no acaban en el aula.

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