20 años, Andrea

Como cada 14 de enero, siento que el corazón crece por dos razones que son una misma: me entra una ternura que no me cabe en el cuerpo y siento un orgullo tan grande que no hay palabras para explicarlo. El amor no tiene una descripción justa. No hay forma de abarcar semejantes dimensiones. Me hice madre hace 20 años y fue de la mejor forma posible.

De la bebecita que tuve entre los brazos a la mujer que me llena de besos yo quisiera decir que no hay diferencia. Pero, mi hija primera ya es una universitaria que me prueba a cada momento lo que es un debate bien sostenido, de qué se trata tener ideas divergentes, lo que significa caminar dando pasos firmes. El amor a primera vista que se despertó tan pronto me la acercaron, siendo el ser humano mas joven del mundo, se ha multiplicado. La diferencia entre aquella Andrea recién nacida y la que hoy tengo frente a mí hay un conjunto infinito de motivos que me llevan a sonreír y agradecer al Altísimo.

El tango de Gardel dice que 20 años no es nada, pero la nada es vacío y esa bebecita es una persona con ideas firmes, planes independientes, proyectos propios. Es plena. Me imaginé que la maternidad sería difícil, con Andrea ha sido un trago dulce. Creí que la maternidad sería una tarea abrumadora, con Andrea ha sido un goce de pláticas, caminatas, fotografías, textos e infinidad de motivos para quererla con todas las fuerzas que Dios le dio a mi alma.

Desde los días de la estimulación temprana hasta la graduación en la Escuela Moderna Americana, desde que aprendió a garabatear con una crayola en el Kinder Hill’s hasta que publicó su primer artículo en la prensa; desde que se atrevió a subirse a la bici sin rueditas hasta que la vi salir de casa manejando su auto; desde que se moría de risa al dar los primeros pasos agarrando con fuerza un par de pelotas hasta cuando la vi presentar su libro en Madrid, ha habido tantas emociones, tan buenas y maravillosas que no existe forma de denominarla sin quedar a deber.

Después de 20 años, sigo elevando la mirada al cielo para agradecer la mejor bendición y la mayor sorpresa que transformó tanto mi vida que lo intenté de nuevo. El amor sin fin existe. Hoy, que ambas estamos de pie, que Andrea tiene tanto camino por andar y que yo he recorrido mucha parte del mío; hoy que cumples 20 años pido que una lluvia de abundancia, fortuna, suerte, favor, dicha, protección o cualquiera de las formas en las que podamos denominar la gracia de Dios.

Que el Señor te bendiga y te guarde, te manifieste su rostro y siempre esté cerca de ti, hijita hermosa. Mi bendición por siempre, nena hermosa y queridísima.

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