Cuando la disculpa llega tarde (Mara Castillo)

Mara, no pidas perdón por ser mujer, fue el mensaje que se volvió viral al conocer de la desaparición de una estudiante de Ciencias Políticas que salió a bailar con sus amigos en Cholula. A las cinco de la mañana, pidió un taxi a una empresa que se pomociona como la mejor manera para moverte en la ciudad. Cabify fue la elección que Mara eligió para volver a casa. Vaya con la mejor manera. Según la página de la empresa: Los vehículos son conducidos por sus propietarios, quienes deben pasar por un riguroso proceso de selección. Pues el rigor no le bastó a Mara para preservarle la vida.

Según Wikipedia, Cabify fue fundada en mayo de 2011 por Juan de Antonio, empresario español, ingeniero en telecomunicaciones y graduado de la Universidad de Stanford, cuya  motivación  para crear una empresa de redes de transporte surgió como reacción a la experiencia negativa vivida al intentar introducir vehículos eléctricos en distintas ciudades de Europa. Cabify es una empresa global que opera en varias ciudades en distintos países. El éxito no les alcanzó para responder adecuadamente frente a la emergencia que implica que un usuario desaparece después de hacer uso de sus servicios.

Por supuesto, las redes sociales arden en indignación contra la compañía. La sociedad está furiosa y lleva razón. Es claro que Juan de Antonio ni sus representantes en México son criminales y que hasta al mejor cazador se le va la liebre. Ni hablar, contrataron a un feminicida. Lo lamentable es que frente a la tragedia salgan a decir que los terminos y condiciones de uso se rechace cualquier obligación y reclamo entre el usuario y el tercero transportista. ¿Entonces, qué tipo de servicio ofrecen? ¿Dónde queda su promesa de ser un transporte seguro? ¿Cuál es su ventaja competitiva?

Haberse lavado las manos frente a lo sucedido con Mara me parece indignante. Así, en forma sutil, quisieron desmarcarse y seguir la vida como si nada. Cabify, en medio de la búsqueda de Mara Fernanda Castilla, envió un mensaje de justificación a una usuaria que estaba preocupada, cuando todos pensabamos que se trataba de una desaparición: “nuestros conductores cumplen lineamientos muy estrictos. Sabemos que dejaron a Mara en su destino”. El mensaje es yo no fui, fue tete. Es mejor echarle el polvo a la víctima. 

Mintieron.

Todo resultó mentira, ni la dejaron en su domicilio ni la empresa cumplió con sus lineamientos y todo indica que el presunto asesino de Mara Castillo es Ricardo N, conductor de Cabify.  Es cierto, la compañía salió a decir que lamentaba la muerte de Mara. Pero, cuando los deberes se cumplen a destiempo, todo suena mal. Parece más un intento de reivindicación o de salvar la cara que una verdadera condolencia. Cuando la disculpa llega tarde, ni los santos la agradecen. 

Mexicanos

A mí podrán decirme lo que quieran, que si todo esto es para darle pan y circo al pueblo, que la fiesta se la inventó Don Porfirio —qué buena puntada— que no hay nada que celebrar, que el presidente de la República, que el PRI, PAN, PRD y demás secuaces, que si somos patrioteros y vivamexiqueros y me podrán recriminar todo lo que se les antoje, a mí la ceremonia del 15 de septiembre me encanta. Siento que nos da identidad y no hay nada igual a escuchar que te interpelen así: Mexicanos.

Será porque yo soy mexicana hasta la médula, a mí no me interesa andar buscando orígenes extranjeros en mi sangre. Soy de esta tierra de colores fuertes y de sabores exquisitos. Pertenezco a este país en el que nos morimos de risa y pintamos una muerte divertida. Soy huipil y chapulines con queso, soy tamal amarillo y pozole verde, blanco y rojo, soy salsa molcajetrada, soy marimba y jarana. Me gusta usar guayabera y rebozo cuando se puede. Me como con tanto gusto un taco bien hecho lo mismo que un ceviche con limón y rajas de chile serrano.

Me emociona el mariachi y los acordes de José Alfredo. Me gusta el cielo que se confunde con el mar, las torres de cantera, los altares de hoja de oro, las pirámides y la eterna primavera que se vive en el corazón de la gente. Admiro a las bordadoras lo mismo a quienes saben echar una tortilla al comal o sacarle flores y frutos a la tierra o torcer hilos en un telar de cintura. Me reflejo en los colores de una trajinera  de Xochimilco. Soy guadalupana de hueso colorado y entiendo el sincretismo que se alberga dn la figura del Niño Pa.

Cada quince de septiembre se me pone la piel de gallina al oir el repicar de la campana de Dolores. Así que todos los que andan justificando sus orígenes en tierras extranjeras para sentirse superiores en esta tierra que Dios y María Santísima quisieron bendecir, pueden quejarse lo que quieran, pueden destestar al presidente —¿cuándo a habido uno que nos llene el ojo?—, pueden echarme encima todos los problemas que tiene esta Nación —que padezco todos los días—, en fin pueden decirme todas las verdades terribles que quieran y que me atromenta. Nada me quita el gusto, hoy al grito de Mexicanos yo digo con un corazón sincero: ¡Viva México! 


 

Rotos

Se nos mueve la tierra. La superficie se agita y en unos cuantos segundos, se desmoronan casas, se hacen polvo las vialidades, se arrebatan vidas y lo que queda en pie luce tan frágil que nos da miedo estornudar. Nos tallamos los ojos para afocar la mirada, para valorar y entender lo que acababa de suceder cuando nos avisan que ahí viene un huracán categoría uno.

Los vientos que presagian la llegada de Max son tan poderosos que las cosas salen volando a gran velocidad. Por ahí se ve una silla de playa que va volando junto a una sombrilla, como si fueran fantasmas y cerramos los ojos porque no nos queremos imaginar el impacto cuando estos dos caigan al suelo o se estrellen contra una pared. No es lo único que vuela por los aires.

En Corea del Norte, siguen haciendo pruebas nucleares. Un día sí y otro también, nos enteramos con terror de que un necio va a la cabeza de la carrera armamentista y que no le importa nada. Él quiere estallar bombas como quien se divierte jugando con fuego. El nuevo Nerón siente fascinación por los aparatos de destrucción masiva y nadie le da una nalgada, le quita sus juguetes y lo manda a reflexionar al rincón. 

No se entiende nada.

La destrucción que causa un fenómeno natural nos da perspectiva, somos pequeños. La destrucción que se causa por la voluntad de un hombre nos pone en otra reflexión, somos imbéciles. 

Hace falta poner atención. El sufrimiento de gente en Chiapas y Oaxaca, en Houston o Miamai es doloroso. Ricos y poderosos quedan a la misma altura de los pobres y débiles. Se pierde todo y encontrar fuerzas para empezar de nuevo es cosa de grandes espíritus. La solidaridad y la ayuda es inherente al ser humano. Extender la mano es natural. También, hacer daño.

El mundo hace ruido, la tierra se mueve, los aires se agitan y en algún lugar del mundo, alguien se frota las manos y sonríe mientras ve que puede causar destrucción. Lo imagino tocando su lira mientras prepara el incendio. ¿Y si viera las fotografías de Juchitán? A lo mejor con esas imágenes se le calman las ansías. Andamos rotos, no hay duda.

Nos desmoronamos

Me gustaría que fuera una metáfora, al menos así tendría el consuelo de la fantasía. Es real. El suelo nos hace hoyos y sálvese quien pueda si te toca pasar por ahí. Trágame tierra ya no es una expresión que se pueda pronunciar tan ligeramente en territorio mexicano, tenemos que tener cuidado con lo que deseamos, corremos el grave riesgo de que se nos cumpla. Hoyos y socavones se convierten en algo tan cotidiano que nos arrebata la posibilidad de sorpresa.

Entre nubarrones, tormentas eléctricas, aguaceros y charcos se esconden esos elementos que los ingenieros llaman vicios ocultos. Estos vicios ya llegan a las avenidas más importantes de la Capital de la República. Los capitalinos sabemos de la importancia de salir a tiempo. Diez minutos se convierten en un retraso de una hora. Hay que salir justo a tiempo para no irte jugando la vida. Pero, ser puntual no basta. Ahora hay que ir esquivando baches que no sn hoyitos sino verdaderos pozos. 

Además, las lluvias traen sus complicaciones. Un charco se puede convertir en la simulación de un barranco profundo. El agua roba la perspectiva. Caí en una de esas grietas. El golpe me hizo saltar en el asiento de conductor, me asusté y el tablero del auto reaccionó. El neumático no tiene presión. Hay que detenerse para no sufrir un accidente. ¿Otro?

El reloj avanza, hay que llegar a tiempo, el auto advierte de los riesgos de seguir avanzando. Aprieto los puños, enseño los dientes, respiro profundo, golpeo el volante. Me sale humo de las orejas. Resopló. No voy a llegar a tiempo. No voy a llegar a tiempo. De nada sirvió poner a tiempo el despertador, ni levantarme al punto, ni bañarme rápido, ni arreglarme de volada, ni todos los cálculos milimétricos para cumplir con las obligaciones en tiempo y forma. 

Se abre la tierra y, entre sus grietas, se nos va la planeación del día y las prioridades se nos desajustan. Como quisiera que fuera una metáfora, así no habría muertos que llorar, ni parientes que indenmizar, ni tráfico que padecer, ni llantas que cambiar, ni cheques que firmar, ni gastos imprevistos que afrontar. Así podría llegar a tiempo, en vez de tener que pasar a una vulcanizadora. Dios, ojalá todo fuera un pretexto literario.


 

Tiempo en San Miguel

Hay cierta magia que se nos mete al cuerpo cuando caminamos por las calles de San Miguel de Allende. Es como si cada paso te acercara a una dimensión diferente. Como si la cabeza fuera un imán que atrae ondas electromagnéticas que te hacen vibrar en concordancia con el cielo y el suelo. La sensación es tan agradable que sonríes, sientes la piel más lisita y el torrente sanguineo adquiere un ritmo armónico.

Así, entre las subidas y bajadas de la calle de Umarán se esconden pequeños duendecilloa inviaibles que van depositando estrellas en el cabello. Por eso, los grillos empiezan a cantar mientras vas pasando y las hojas del libro que tienes entre las manos adquieren un aroma a flores y tierra sin que eso le cause sorpresas a nadie. Así es y para todos es muy natural que así sea.

Podría decirse que el tiempo en San Miguel se resume en el trago de un tinto robusto de Cabernet Sauvignon o en la mordida de un pedazo de queso fresco que acaban de traer de un rancho cercano. Puede ser que esos pasos entren por completo en un frasco de mermelada de higo y miel o que quepan por entero en una mora de las que se conocen como frutos rojos o en un panqué de elote orgánico o en la seguridad que le da la hoja de maíz a un tamal calientito. Tal vez sean las campanadas de la Parroquia lo que nos da tono. 

El tiempo en San Miguel puede servir de mucho. Podría ser tiempo ligero para hacerse compañía y reflexionar, para recordar que nos caemos bien a nosotros mismos y que hemos sido buena compañía al caminar. O, para ponerse de puntitas y enredar los dedos en las nubes algodonadas. No sé, todo se puede y se vale. Seguro es un soplo de cielo y, sencillamente al estar aquí, servimos de enlace entre lo alto y el suelo firme. O, un buen sueño en el que se reparan los sentidos y logramos sentir lo que otros ya no logran ver.

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