Tiempo en San Miguel

Hay cierta magia que se nos mete al cuerpo cuando caminamos por las calles de San Miguel de Allende. Es como si cada paso te acercara a una dimensión diferente. Como si la cabeza fuera un imán que atrae ondas electromagnéticas que te hacen vibrar en concordancia con el cielo y el suelo. La sensación es tan agradable que sonríes, sientes la piel más lisita y el torrente sanguineo adquiere un ritmo armónico.

Así, entre las subidas y bajadas de la calle de Umarán se esconden pequeños duendecilloa inviaibles que van depositando estrellas en el cabello. Por eso, los grillos empiezan a cantar mientras vas pasando y las hojas del libro que tienes entre las manos adquieren un aroma a flores y tierra sin que eso le cause sorpresas a nadie. Así es y para todos es muy natural que así sea.

Podría decirse que el tiempo en San Miguel se resume en el trago de un tinto robusto de Cabernet Sauvignon o en la mordida de un pedazo de queso fresco que acaban de traer de un rancho cercano. Puede ser que esos pasos entren por completo en un frasco de mermelada de higo y miel o que quepan por entero en una mora de las que se conocen como frutos rojos o en un panqué de elote orgánico o en la seguridad que le da la hoja de maíz a un tamal calientito. Tal vez sean las campanadas de la Parroquia lo que nos da tono. 

El tiempo en San Miguel puede servir de mucho. Podría ser tiempo ligero para hacerse compañía y reflexionar, para recordar que nos caemos bien a nosotros mismos y que hemos sido buena compañía al caminar. O, para ponerse de puntitas y enredar los dedos en las nubes algodonadas. No sé, todo se puede y se vale. Seguro es un soplo de cielo y, sencillamente al estar aquí, servimos de enlace entre lo alto y el suelo firme. O, un buen sueño en el que se reparan los sentidos y logramos sentir lo que otros ya no logran ver.

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