Cerca de los Tres Caracoles

Muchos creen que el Código Romanoff no es verás, para el efecto no importa. Leonardo Da Vinci había llegado al taller de Verocchio en donde conoció a Sandro Boticelli y se hicieron amigos. El documento sostiene que la verdadera vocación de Leonardo era la de ser cocinero pero a su padre eso le parecía poco y por ello siempre lo impulsó a ser artista y lo hizo aprendiz del mayor artista de Florencia, uno de los más protegidos por los Medici. Pero, el gran Leonardo seguía escuchando el llamado de la estufa, las ollas, las especias y la sal.

Convenció a Sandro Boticelli de tomar el local en la esquina del PonteVecchio para abrir un restaurante. Algunos dicen que los maesteos le pusieron Los Tres Caracoles, otros que ese nombre era el que ya tenía. Las delicadezas que servían, como zanahorias hechas esculturas, platos simétricos y coliridos fueron acogidos en forma tal que tuvieron que salir corriendo del lugar y volver a las bellas artes. Muchos historiadores sostienen que esta narración es falsa, es una leyenda más alrededor de esros grandes florentinos. A mí me hace gracia.

Caminando por Florencia, recorrimos las calles desde la estación de Santa María la Novella hasta Il Duomo de Santa María de Fiori. Dicen que si el cielo tuviera puertas, serían las de Bautisterio de esta hermosa catedral. El calor es terrible, treinta y seis grados y nada de nubes. Parece que el cielo decidió ponerse a temperatura de comal. Nos estamos friendo. Pasamos la Plaza de la Signoria y nos dirigimos al Ponte Vecchio, nos detenemos en cada ventana, cruzamos el Arno, hacemos fotos y llegamos a un pequeño restaurante  al otro lado del río.

La vista del puente es inmejorable. Desde esas ventanas puedo verlo en toda su extensión y con aire acondicionado. El Paraíso existe. El Arno refleja la imagen del puente y de los edificios. Pienso en Sandro y en Leonardo como dos amigos que cocinan juntos mientras miran la vista que tenemos frente a nosotros. Sin nacimientos de Venus, ni Caballos, ni Giocondas, ni altares, sino con papas, cebollas, fogones, cacerolas. 

Florencia nos trata bien, comemos felices las delicias de la Toscana. Entiendo la tristeza de Dante que fue expulsado de la ciudad y nunca pudo volver. Lo quisieron traer de regreso, pero el poeta no se quiso arrodillar. Y, aunque murió en Mantua, puedes toparte con su figura casi en cada esquina.  Pienso en Virgilio, en Maquiavelo, en los Medici, siento a Dante. Siempre es así.

Lo más valiente de Florencia es la capacidad que tiene para honrar a sus grandes con humor. Así, Sandro y Dante quedan plasmados en las calles y hacen reír a quien pone atención y los alcanza a ver.

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