Entre Amira y Aarón

Por alguna extraña razón, me toca estar sentada entre Amira y Aarón. La máquina súper inteligente que asigna los asientos de los vuelos entre Roma y Tel Aviv decidió mandarnos separados. Mi familia y yo estábamos regados en diferentes lugares a lo largo del avión, una en la fila 5 ventanilla, otra en la fila nueve, otro en la fila 19 y a mí me tocó estar sentada entre Amira y Aarón. No hay duda, el peor lugar es el asiento de en medio.

Entre Amira y Aarón además de los milenarios motivos de separación y encono, estoy yo. Ambos son inmensos, seguro son talla extra grande. Aarón viste de negro, igual que Amira. Ambos traen cubierta la cabeza: él usa una gorra de los Yankeys de Nueva y York y ella trae una pañoleta Hermés anudada en forma envolvente, no deja ver ni pelo ni orejas y casi, casi ni frente. El tiene la barba algo crecida. Su nariz es puntiaguda y jorobada, la de ella es recta y muy larga.

Aarón estira las piernas y las abre. Ocupa parte del espacio que me corresponde. Amira alza el descansabrazos y siento el contacto se su piel contra mi brazo. Mi lugar se reduce a la mitad en forma alarmante. Los dos miran al frente. No existo para ellos. En cambio, a mi estos dos me vienen apachurrando. Los olores se hacen presentes, algo agrio se mezcla con un toque dulce, parece que algo se va pudriendo. Ambos cierran los ojos. Aprovecho para bajar el descansabrazos y para empujar a sus confines la pierna de Aarón. El problema es que ambos son muy grandes. 

El avión se empieza a mover. Soy la única que se signa. Despegamos. Al poco tiempo, las señoritas pasan con el carrito ofreciendo comida Kosher. Aarón empieza a comer. Hace ruido. Amira y yo miramos al frente. El codo de Aaron hace intentos de incrustarse con mis costillas, pero debo decir que no lo hace. No sé que le sirvieron, huele raro pero se me despierta el apetito. Amira decide que es momento de explorar los confines de su bolsa. Busca sus lentes y saca una hoja con inscripciones que le resultan interesantes. Me rechinan las tripas. Tanto Aarón como Amira se vuelven a verme con recelo. Me arrepiento de sonreírles, ninguno me devuelve la cortesía. Tengo hambre.

Desde luego, ni siquiera puedo estirar el cuello para ver qué tal les está yendo a mis familiares. Apenas logro ver la fila delantera que está en diagonal a mí. En el, pasillo va sentado un hombre con barba muy larga, caireles a los lados de las orejas, cabeza cubierta con un gorrito en forma de círculo y trae una especie de chal sobre los hombros. Amira saca un pan de su bolsa. Lucha con el empaque y al abrirlo, me pega en el brazo. No se disculpa, creo que sintió feo, arrugó la nariz y se sobó la piel, como si quisiera borrar las huellas del contacto. Ahora soy yo la que miro al frente.

Amira hace ruido pero se acaba rápido su pan. Aarón come muy lento, mastica cada bocado, se toma su tiempo. Las señoritas no nos alimentan a los demás pasajeros. Ahora, no solamente tengo hambre, ya me dio sed. Espero que no me den ganas de ir al baño, no sabría como resolver semejante problema. Ya quiero llegar, me temo que el vuelo será eterno.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

a href=’http://cloud.feedly.com/#subscriptionfeedhttpwww.ceciliaduran.wordpress.com’ target=’blanco blank’>

Archivos

A %d blogueros les gusta esto: