La pesadilla de los opiaceos

Según el New York Times, el consumo de heroína en los Estdos Unidos está llegando a niveles de epidemia. El gusto que los estadounidenses tienen por consumir heroína sola o cortada por opiaceos va en aumento y causa muertes como si estuvieran librando una guerra. El mito, de que de un lado llegan los venenos y del otro los consumidores son blancas palomitas que no sufren daños, se rompe frente a la cifra fatal casi sesentamil personas murieron victimas de esta adicción.

Leo en El País lo fácil que es conseguir esta droga. Ya no se necesita ir a barrios violentos o entrar en contacto con intermediarios peligrosos. La facilidad entra por páginas de Internet en China. Se puede pedir la mercancía y la entregan en la puerta de la casa a vuelta de correo. Y, como queda claro, el problema no es la oferta, jamás lo ha sido, es la demanda creciente que hay por este veneno.

Lo curioso es que no se controle el consumo. Las campañas que se han hecho a nivel mundial contra el tabaco nos enseñan que se pueden abatir los vicios. Las restricciones que se impusieron a los fumadores, la imposibilidad de fumar tranquilamente y con la alegría que da encender un cigarro frente a una taza de café entre amigos se anuló en el momento en que fumar era percibido como un delito grave. El que sacaba una cajetilla era visto con rencor y las advertencias visuales llevaban a inhibir el deseo de fumar. 

Yo misma dejé de fumar, más que por  las amenazas de terribles enfermedades —que me intimidaban, pero no lo suficiente—, por que cada vez me resultó mas incómodo fumar. En los últimos días, fumaba fuera de casa, junto a los basureros. No era grato estar a solas con el humo del tabaco, entre aromas de comida podrida. Lo dejé. Muchos lo hicieron. La mayoría de los lugares que   frecuento, son libres de humo. Extraño el vicio, pero prefiero dejar de mortificarme yendo a fumar a lugares impresentables.

Drogarse con heroína no es fácil. Hay que inyectarse, eso duele e intimida. Además, hay que saber hacerlo, eso requiere capacitación. El vicio es tan fuerte que parece que estos obstáculos no importan. Peor aún, no interesan. Van años y años en los que veo a políticos y líderes estadounidenses que apuntan el dedo y se zafan la responsabilidad echándole la culpa a quien vende. El sinsentido se refleja en el número de muertos víctimas de la heroína. El que vende, si nadie compra, desaparecerá. En cambio, si todos quieren comprar, no hay forma de parar la venta.

Las campañas para acabar con esta epidemia deben ir en torno a quien consume. El veneno se debe alejar de quienes se lo inyectan, no con prohibicones que no sirven para nada, sino con campañas que generen consciencia. Mientras sigamos escuchando gritos flamígeros que culpen a otros, seguirá elevándose la cifra de muertos por esta terrible adicción. 

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