De entreactos y consecuencias

De repente, siento como si estuviera sentada en una silla de lona, mirando desde una terraza como algunos bañantes están en la playa corriendo alegremente hacia el mar, mientras un tsunami se eleva para tragarlos enteros. Grito ¡cuidado! Y siento que estos personajes me miran con ternura y con fastidio, me dicen espérate tantito, y siguen su ruta tan felices y contentos sin que me presten la menor atención. Pasa en lo muy partícular, como un salón de clases cuando le adviertes a los alumnos que estudien para el examen, o cuando lees que en Cataluña ya se despertó —otra vez— en ansia independentista, o cuando te enteras de que en pleno G7 hay que darle clases a Trump porque no entiende nada de lo que están hablando.

Me refiero a ese entreacto en el que ya te resignas, ya sabes que no te van a escuchar y no sabes si cerrar los ojos y ajustarte el cinturón o sentarte a acariciar al gato y dedicarte a ver el impacto. Lo cierto es que nadie aprendemos en cabeza ajena y parece que hay momentos en los que podemos detener el avanzar del tiempo con un suspiro, que nos podemos meter los segundos entre los dientes para advertir que el lobo anda cerca. No obstante, de nada sirve. Los pastores dejan que sus animales sigan pastando, total, así están felices. Luego queda el refuego de sangre que mancha el suelo y quienes debieron haber evitado semejante tragedia se quedan con ojos llorosos, se lavan las manos y apuntan a todos lados para endosarle la responsabilidad a alguien más.

Los te lo dije son simpre odiosos. Los gritos de advertencia son inevitables. En el entreacto, los terceros vemos con claridad lo que va a suceder y de buena voluntad queremos evitar un choque de trenes. Los involucrados, con razón, te dicen: a ti qué te importa. Y, nos dedicamos a ver el espectáculo que da el camino al precipicio. Entendemos, porque también hemos sido protagonistas. Sí, ni hablar. Hemos mascullado nuestras propias consecuencias. 

En el entreacto, pasa algo similar al olor a humedad que anticipa el aguacero. Quieres regalar paraguas y las persona te dice no gracias, te ven como al loco de la cuadra y hasta te dan una palmada en la espalda. Elevamos la mirada al cielo,  nos ponemos el impermeable porque efectivamente, olerá a tierra mojada. Habrá lodo.

Me refiero a cosas mínusculas y a enormes. A una pareja que está engañando a su cónyuge y embelesado por la aventura ni cuenta se da de todo lo que va a perder cuando lo agarren. A una serie de votantes que les quieren convencer sobre la conveniencia de independizarse sin dalres razones de pesos y números que serán las que precedan una decisión semejante. A un pueblo que pone a un ganso como presidente y abandona el liderazgo mundial para convertirse en una fuente de risas y burlas mundiales.

Después del entreacto vienen las consecuencias. Los bañantes quedan revolcados por las olas, tirados en la playa escupiendo arena. Los que no estudiaron, se arrodillan suplicantes y se esfuerzan por subir la calificación a base de chillidos, en vez de demostrar competencia. Los mandatarios se despeinan y enfrantan crisis de poder y juicios para quitarlos de donde nunca debieron estar. Las peores consecuencias se las llevan los más desprotegidos, esos que ni pudieron opinar, esos a los que no se les tomó en cuenta.

Lo curioso es que en estos entreactos, no importa los esfuerzos que hagas ni cuanto te desgañites en advertir. Habrá quienes te miren y hasta con un guiño te digan esperate tantito, como quien quiere decir, no me interesa escucharte, ¿está claro? Entonces, a apretar los dientes o a acariciar al gato. Cada quien tendrá una mejor elección. 

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