La ola populista

Como si se tratara del mar, la política mundial ha padecido el regreso de la ola populista. Como si la Humanidad no tuviera memoria y cerebro, las promesas incumplibles se escuchan y los incautos caen abrazados por la esperanza. Los populistas de hoy atizan el fuego a base de miedo y odio. Enseñan los dientes y buscan modos de separar, de fijar fronteras, de señalar al diferente, de golpear al migrante, de distanciar a las familias y para ello, se proponen como la mejor opción.

Dicen ser quienes enjugarán las lágrimas, compondrán al mundo, salvarán la situación pero no revelan cómo. El electorado olvidadizo y distraído, esperanzado y enfadado por los problemas de la cotidianidad brinca ante la posibilidad de un cambio. Obnubilados por palabras pegajosas se dejan encantar por el sonido de una flauta mágica y siguen al flautista que los llevará al matadero.

Pasa en todos lados. Sucedió en Cataluña donde se incendió el nacionalismo a ultranza mientras los activistas se llenaban los bolsillos de billetes. Al mismo tiempo que se llenaban la boca de motivos para independizarse de España, se dejaba de ver el panorama de lo que sucedería un día después de declararse independientes. En Escocia hubo mayor prudencia, hubo análisis. En Inglaterra, el plan no contemplaba pagar deudas adquiridas con Europa. La lengua populista prometió una Gran Bretaña aparte y no se percató de las consecuencias de quedarse aislados. Theresa May dijo que propondría un proceso rápido sin darse cuenta que en un divorcio todos pierden, nunca se hicieron cuentas sobre las pérdidas por lo que es imposible que se hiciera un análisis contra las posibles ganancias y ahí tenemos los resultados. No en balde la señora May se ve tan despeinada últimamente.

El problema con los populistas es que creen que ellos son los que ponene las condiciones, que son los magos que agitarán la varita para que todo se solucione y chocan con la realidad que los rompe a cachitos. Se olvidan que tienen una contraparte y que se tiene que sentar a negociar. No saben hacerlo. Les gana la soberbia. 

El momento de la verdad  del populismo llega cuando se les pregunta cómo y no responden o peor aún, cuando dicen que la mafia en el poder es la culpable de todo. No se hacen cargo de sus promesas, no pueden. La incapacidad se mezcla con la irresponsabilidad y los gobernados entran a un infierno peor que del que estaban huyendo. Escuchar a Maduro es situarse en el ciclo más profundo que sirve de mejor ejemplo. Trump no es tan diferente, lo que salva a los Estados Unidos del ganso que tienen en la Casa Blanca son las instituciones.

Pero, ¿qué necesidad? La ola populista nos avienta a sujetos impresentables que como encantadores de serpientes, hechizan y venden espejitos a cambio de oro. Luego, los propios electores ya ni saben qué hacer con ellos y se preguntan cuándo los sacarán de ahí. Como si se tratara del mar, la ola populista amenaza con un tsunami. La bandera está en rojo. 

Pero, para no caer en lo criticado, para no atizar el miedo, tengo una propuesta. Escuchemos. Pongamos atención. Analicemos. Veamos la factibilidad de las propuestas, el origen de las denuncias y cuestionémonos ¿eso que me proponen está sustentado en buenos valores o no? El odio, el miedo y las barreras no parecen serlo.

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