Cuando la identidad es un problema

Es curioso, por no decir alarmante, ver cómo algunos políticos han hecho de la identidad la piedra angular de sus campañas para ganar votos. Ojalá me refiriera a su propia identidad y a la forma honesta de analizar los problemas para plantear soluciones. Pero, no. Me refiero a estos personajes que usan la identidad de los semejantes para culparlos de los problemas que existen en el entorno. Detrás del odio se esconde el miedo que quieren causar en el electorado. Antes, lo hacían en forma discreta y poco a poco han ido descarando los métodos.

Al principio, la desconfianza globalizadora era la semilla que se lanzaba alegremente a los campos fértiles de los corazones ateridos por el dolor que causa enfrentar la falta de trabajo, de oportunidades, de posibilidades. En forma irresponsable, se alimenta el pánico y se culpa a aquello que es diferente. La podredumbre les llena la boca con promesas que nunca podrán cumplir. Es el populismo a ultranza que ha sido certero para inflamar desprecio y con la gente borracha de aborrecimiento, se proponen soluciones que no tienen pies ni cabeza. 

Es alarmante como estos sujetos que pugnan por una injusticia social cruel, que buscan desamparar al desvalido, generar violencia contra el desposeído y convierte a la gente en una comunidad de soplones denunciantes que se aplastan unos a otros, van caminando a paso firme por el mundo. Ante ellos, no nos queda más que fortalecer el juicio y confiar en las instituciones. Es angustiante ver como el señor Trump llegó así a Washington y es peor pensar que Marine Le Pen sigue avanzando  con  propuestas antiinmigrantes. Así, el color de la piel, las creencias, las preferencias se convierten en un problema para los que no tienen el tono y el modo ideal. 

En el culmen del cinismo, vemos a la candidata francesa yendo a besar la mano de su mejor cálculo electoral. Se inclina ante Vladimir Putin que ya ha probado ser efectivo a la hora de poner a sus sirvientes en posiciones de poder. Es tiempo de abrir los ojos y de cerrarle las puertas a estos personajes. Nunca la estupidez, la hipocresía y los golpes bajos han sido tan cínicamente usados como hoy lo hacen los actores políticos. Es momento de ponerles un alto.

En Estados Unidos ya padecen su propia estupidez. Sufren todos los días a un presidente que no se contiene en sí mismo y que un día sí y el otro también los avergüenza frente al mundo. Holanda ya paró los disparates y le dió espacio a la cordura. Los franceses pueden tener más altura de miras y parar a Marine Le Pen, antes de que se le vea despachar en el Eliseo descarriando a Francia a un derrotero de ocurrencias y promesas que no se podrán cumplir. En México, tenemos que observar y abrir los ojos. Porque, efectivamente, lo que para ellos puede ser un catarro, aquí sería una pulmonía devastadora. Otra más.

Si la identidad es manejada como un problema, si mi color de ojos, de pelo, mi fe y mis convicciones estorban, vamos por mal camino. El desprecio en cualquiera de sus manifestaciones es reprobable, azuzar el resentimiento es una idea efectista que trae males de amplio espectro. 

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