Terror en Londres

Quisiéramos que fuera el título de uno de esos churros hollywodenses, quisiéramos que las imágenes en la pantalla fueran las de una súper producción cinematográfica o de un videojuego de realidad aumentada. Pero se trata de sucesos de la vida real. Aunque los hechos se reproducían en redes sociales y la magia de Facebook y Twitter nos dejaban ver en tiempo real lo que sucedía en las inmediaciones de Westminster, nada era realidad virtual, todo sucedía en el mundo análogico, en ese espacio al que cada vez le ponemos menos atención, pero que es en el que de verdad vivimos y en el que nos vamos a morir.

La historia del lobo solitario al que se le zafó una tuerca y empezó a atropellar a inocentes se repite una vez más. El odio se hace presente en la forma más irracional y hace víctimas a desconocidos que ni la deben ni la temen. Dicen que el atentado, ya reivindicado por el Estado Islámico, lo perpetró un hombre nacido y criado en Inglaterra. ¿Qué lleva a alguien a dirigir un despercio tan grande hacia su propia gente? Me quedo congelada frente a esa idea, ante la desesperación de la mujer que prefirió lanzarse al Támesis que quedar debajo de las llantas de vehículo que atropellaba gente como si se tratara de una bola de hierro que derriba pinos de boliche.

Theresa May estaba en el Parlamento votando el Brexit mientras en Bruselas se recordaba lo sucedido en el aeropuerto y la estación del metro. Abrimos la boca y pateamos al aire. Nos medimos la temperatura del cuerpo y nos pellizcamos las mejillas para cerciorarnos que lo de las pantallas es verdad y no realidad virtual. Se nos hace gruesa la garganta y luchamos para que estas noticias no se conviertan en novedades de segunda plana, no queremos acostumbrarnos a ver hoy sí y mañana también que la fantasía bélica ya nos alcanzó. 

Hoy Londres está más húmeda, más nublada, más fría. Las campanadas del Big Ben suenan en forma atroz y los londinenses salen del estupor para volver a la vida de todos los días. A lo lejos, un grafitti de Bambi nos muestra a la Primer Ministro May  y al Presidente Trump bailando como la pareja de La la land. Nadie parece reparar en ello. No sé cómo se para la violencia ni qué se hace con el odio. Lo que creo es que esos discursos de desprecio, esas infulas de grandeza, la falta de inclusión, las divisiones, los muros de cristal, los de cemento, hieren y causan dolores.

Lo que me deja perpleja es pensar que este soldado del Califato, como lo denomina la reivindicación de ISIS, era un hombre que fue dado a luz en Inglaterra, donde creció y donde ha vivido. Lo tocó el virus maldito del odio, se le metió en la piel la idea de agradar a Dios a partir del rencor y la rabia. Y, eso causó, una vez más, el terror en Londres.

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