Caminar con una amiga

Este fin de semana largo fuimos invitados a celebrar el cumpleaños de mi amiga Claudia Villarreal Peral a Aguascalientes. En los prepararivos, que iniciaron como con un mes de anticipación, las cosas se acomodaron para viajar en auto en vez de tomar un avión. Me alegro. La incomodidad de los horarios que se ofrecían para la ida y el regreso me evitaron los fastidios de la restricción del equipaje, la anticipación con la que hay que documentarse, el tiempo de espera y todo lo demás que implica volar una distancia relativamente corta. Además, mi amiga Olguita se unió al plan y fue una delicia ir platicando por seis horas sin que hubiera una pantalla que nos distrajera y nos arrebatara el hilo de la conversación.

Al llegar a Aguascalientes, el GPS de la camioneta se volvió loco y en vez de llevarnos directo al hotel, creyó que íbamos rumbo a Zacatecas. Rodeamos la ciudad por el tercer circuito periférico en lugar de ir por la vía recta. Entonces, después de aventar las maletas en la habitación, salimos corriendo a comer porque moríamos de hambre. El conductor de Uber nos recomendó un lugar excelente en el jardín de Los Encinos, comimos en un lugar de comida yucateca que es de tradición para los hidrocálidos. 

Al terminar, mi marido se fue a descansar al hotel, venía molido de manejar; Olguita y yo nos quedamos un ratito por ahí. Visitamos el Museo de Guadalupe Posadas, entramos a la Iglesia del Cristo Negro del Encino, nos maravillamos con el color del cielo, fuimos al centro, pasamos por la Plaza de la Patria, llegamos al zócalo, le dimos la vuelta a la plaza, pasamos frente al Palacio de Gobierno, al Palacio Municipal, vimos a lo lejos el Teatro Morelos, entramos a la Catedral, pasamos frente al recinto legislativo y disfrutamos del clima tan benigno de esa tarde de invierno viejo que ya quiere ser primavera.

Lo hermoso de todo fue caminar con mi amiga Olguita. Parecía que no habían pasado los años en los que nos vestiamos con el uniforme de la escuela de monjas, que seguíamos reuniéndonos a estudiar cálculo o para ir a las fistas de la Preparatoria. No nos parecían tan lejanos los juegos de dominó en la Ibero ni cuando ibamos y regresabamos de la universidad a la casa. Es verdad, han pasado tantos años y al mismo tiempo no ha cambiado mucho.

Pudimos caminar sin que una pantalla nos quitara la ilusión de platicar. Lo lindo de caminar juntas fue que no hubo esa repetición interminable de las mismas anécdotas que ya se saben de memoria. Hubo recuerdos, claro. Las anécdotas estuvieron ahí, ¿cómo no? Pero no sólo eso: hubo debate, relexiones, pensamientos: unos convergentes y otros no tanto, planes y sueños. Hubo tanta felicidad de estar dando pasos sin tener que demostrarnos nada, sin la necesidad de darnos brillos y centellas, sin mucho más que ser nosotras, lo cual ya era suficiente. Qué delicia, ¿no creen?

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Cuqui
    Mar 20, 2017 @ 12:29:24

    Es simplemente maravilloso cecy

    Responder

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