Teléfonos móviles 

Ayer se revelaron cifras interesantes, somos más de ochenta millones de usuarios de telefonía celular en México. Son datos del INEGI. Además, nos enteramos que el uso de smartphones está desplazando a las laptops y las computadoras de escritorio han sufrido un declive importante. Igual está sucediendo con los teléfonos fijos, cada vez se usan menos, si quieres localizar a alguien, pocos recurren a un número telefónico de casa u oficina. ¿Para qué usamos el teléfono móvil? La respuesta me me brota a flor de piel es: para comunicarnos y, si lo pienso bien, ya no estoy tan segura. Si ponemos atención, nos daremos cuenta de que eso de comunicarnos está tomando otros rumbos.

Lo cierto es que el teléfono móvil no se usa para hablar o cada vez se utiliza menos la capcidad que tiene de transmitir voz. Generalmente, se usa para mandar mensajes de texto, pero vía WhatsApp. Se ha creado todo un código de uso alrededor de esta aplicación y sus palomitas, si aparece una y es de tono claro es que el mensaje no se ha enviado, si aparecen dos y son clarases que   ya se mandó pero aún no ha sido recibido, si aparecen dos en tono más oscuro es que ya lo vieron y todavía no nos contestan. Eso me remite a los tiempos en que alguien se sentaba junto al aparato telefónico a esperar una llamada que no llegaría, ahora esperamos palomitas que traigan una respuesta — qué curioso—. A veces la respuesta se manifiesta, ya vieron el mensaje y no hay contestación. 

El teléfono inteligente nos ha dado la posibilidad de trabajar a distancia, de traer la ofiicna con nosotros, nos ha transformado en seres con la capacidad de convertir cualquier espacio en un entorno laboral. Así, vemos que los lugares que tengan una conexión a Internet, más o menos estable, se vuelven salas de juntas, lugares para enviar y recibir datos, sitios para hacer entrevistas, reuniones virtuales, aulas remotas y los lugares han cambiado su naturaleza. En un café a las diez de la mañana puedes ver a mujeres chismeando sobre la última serie de Netflix, a amantes que se encontraron gracias a una aplicación y que se citan para ir a otro lado, ejecutivos decidiendo asuntos importantes, reclutadores que valoran candidatos, lectores que recorren renglones electrónicos.  Son pocos los que se sientan a tomar un café y platican sin tener un aparato interrumiendo cada cinco minutos el hilo de la conversación.

Los teléfonos móviles nos han dado la posibilidad de estar en muchos lados al mismo tiempo, nos han posibilitado formas nuevas de desempeño muy virtuosos. No hay necedidad de pasar horas y horas en un auto para llega a hacer tu labor. Puedes trabajar en pijama, despeinado, sin bañar, echado en cama. Eso, a veces es una ventaja y otras no. El equilibro es complicado. Quedarte encerrado en casa es la tentación seductora que nos dan estos aparatos. El mundo está al alcance de nuestros dedos y ahora, ya no hay porqué salir a comprar nada, todo te lo pueden llevar; no hay que traspasar el umbral de casa, ahí puedes trabajar, ser productivo y ganar mucho dinero. 

Incluso, puedes conectarte con los otros por medio de la pantalla. Dije conectarte, no comunicarte. La libertad de la ubicuidad que nos da el teléfono tan inteligente se nos puede transformar en esclavitud. Hay escenas que se repiten y se repiten. Personas abriendo la boca y sacando la lengua frente al Snapchat, mientras alguien se cae frente a ellos. Pobre del caído si necesita ayuda para levantarse. El hambre que se ha generado por aceptación de los que están lejos y el desprecio por lo cercano es alarmante. Sentimos empatía por un enfermo de cáncer que subió un video que se hizo viral y al que no conocemos, pero somos incapaces de tender la mano al que se cayó frente a nosotros.

Las formas de comunicarse nos rebasan. Llegan mensajes a toda hora y en todo lugar. Si un texto llega a las tres de la mañana, hay que responder de inmediato. La intimidad se vulnera, he visto chicos que interrumpen un beso para responder a alguien que les mandó una foto. He visto parejas que se toman una selfie dándose un beso en vez de disfrutar con los ojos cerrados. Ya ni hablamos del infinito número de conversaciones que no pueden seguir un hilo por estar pendientes de una pantalla. ¿Cuántas confidencias se han quedado sin compartir, cuántas congojas se quedaron sin consuelo, cuántos miedos se han exacerbado, cuánta soledad de ha generado? 

El uso de la tecnología es maravillosa si no toleramos el abuso. La exigencia de la inmediatez es un fastidio. Por eso, de una buena vez digo, si estoy dando un abrazo, recibiendo un beso, si estoy acariciando a alguien, si estoy nadando o jugando tennis, si estoy dando clase, si estoy en la cama, si estoy platicando, llorando o muriéndome de risa, no crean que les voy a contestar de inmediato. No me perderé un amanecer por estar atada a una pantalla, ni me voy a dejar atropellar por ir pendiente del teléfono, no voy a cambiar el sonido del ambiente por el de unos audífonos ni voy a dejar de darle la mano a alguien por traerla ocupada con un aparato. No lo voy a hacer. 

Usaré mi teléfono inteligente para comunicarme, no para enagenarme. 

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