Rompiendo muros de cristal

He tenido la fortuna de estar rodeada de mujeres valerosas que me han dado ejemplo de fortaleza y tezón. Desde mi abuela materna, una mujer de otros tiempos: bellísima y súper consentida que pasó la prueba de una viudez a los veintidós años y que tuvo que enfrentar al mundo sola para sacar adelante a sus hijas de un año y medio y un mes de nacida; hasta mi suegra una mujer modernísima que ha hecho de la ciencia la herramienta para trabajar con ahínco y entrega todos los días de su vida; o mi tía Tolla una empresaria que administró con éxito su fábrica y a los sesenta años se tuvo que reinventar para cuidar la herencia que le dejó su padre y aprendió a manejar un tractor y a mover un rancho. Y, en medio tantas otras que a fuerza de perseverancia, han hecho vida y ejemplo para demostrar que ser mujer es es una condición gozosa que no es limitante.  

Pero, ser mujer nos pone sobre la espalda una carga adicional. No es queja, es la realidad. No es opinión, son hechos que se respaldan con datos duros. Según la revista The economist, hay lugares en los que esa carga es tan ligera como una loza de cantera y en otras es tan pesado como una pluma. Pero la carga existe. El muro de cristal es esa barrera invisible pero gruesa y real, se interpone entre una mujer y un hombre, privilegiando al género masculino y poniendo en desventaja a las mujeres por el hecho de haber nacido en el sexo femenino. Un hombre gana más que una mujer aunque desempeñe el mismo trabajo. No es feminismo agresivo, es la realidad.  La revista publica el ranking de países en los que el muro de cristal es más fragil o mas denso.

Según el estudio de la OCDE, publicado por The economist, el peor país para ser mujer es Corea del Sur y el mejor es Islandia. El Índice del Muro de Cristal mide la equidad de oportunidades para las personas con independencia del sexo.En Islanda las mujeres tienen una brecha del 14% de diferencia a favor de los hombres. Es decir, incluso en la nación mejor clasificada en este rubro, hay un hueco que beneficia a los hombres. En Corea del Sur sólo el dos por ciento de las mujeres profesionistas tienen una posición directiva en el terreno laboral. Japón tiene una subrepresentación parlamentaria de las mujeres. En Turquía nada más el 16% de las mujeres que tuvieron acceso a la universidad logran titularse. 

Pero, ha habido grandes avances. Según la OCDE, el índice de mujeres que acceden a educación superior, que entran al mercado laboral, que ocupan puestos ejecutivos, que ejercen posiciones de alta dirección, que integran consejos de administración, está creciendo. El índice refleja las medidas de mujeres como fuerza laboral, como representantes parlamentarias, como estudiantes universitarias, como ejecutivas, como las que presentaron el examen GMat y en todas las cifras de diez años a la fecha, han mejorado. Parece que vamos rompiendo barreras de cristal.

Claro, si lo hacemos con el puño cerrado, los vidrios nos van a desgarrar los nudillos, nos van a sangrar las manos y nos van a dejar marcas en los brazos. Me parece que ha habido situaciones en las que no ha quedado alternativa y la equidad se ha tenido que ganar a puros golpes. Cuando no hay de otra, ni modo. Pero, hay mejores herramientas. En mi experiencia, el terreno profesional jamás he vivido discriminación de género, incluso al haber competido en terrenos muy masculinos. La barrera de cristal me la impusieron intereses sucesorios y procedimientos mezquinos. Por suerte, nada que no me permitiera seguir dando pasos en el camino. Lo rídiculo de la barrera de cristal es tener que justificar que mis cromosomas no me hacen ni más digna, ni mejor, pero tampoco peor.  

El mejor ejemplo que tengo de que estamos rompiendo barreras son mis alumnos. He tendio el privilegio de estar en aulas en las que hombres y mujeres transitan con equidad. El mérito de la calificación no tiene sexo, se mide a través del desempeño. Los veo formar equipos colaborativos y cada cual participa según sus habilidades y fortalezas. Ver jóvenes que se tratan con respeto y trabajan en armonía, ver chicas que están sentadas debatiendo con respeto y dignidad, con la teoría en la mano y la inteligencia bien puesta, me hace sonreír. Sin violencia, con la mano abierta, estamos rompiendo las barreras de cristal. 

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