Una buhardilla y dos transformaciones 

En septiembre de 2008, llegué a ese lugar como quien despierta en medio de una pesadilla oscura. Era una buhardilla en la calle de Malitzin en Coyoacán, un cuartucho que fue el garaje de una casa vieja y que estaba convertido en un salón de clases en el que se impartía un laboratorio de novela. Entré ahí cargando el peso de un exhilio producto de una traición. Como siempre pasa, me tomó tan desprevenida que cuando me di cuenta ya se había operado todo el urdimbre para expulsarme de una vida profesional fructífera. Ni cuenta me di del momento en el que me montaron en la balsa de Caronte y todavía no me entero quien le pagó las monedas para que remara sobre mi propia laguna Estigia.

En mi propia selva negra, me topé con un Virgilio sumamente peculiar: malencarado a primeras instancias, de estampa hosca y con una colección de palabras poco amables, Celso Santajuliana parecía un guía poco confiable y por razones que sólo el cielo entiende, me quedé. Traspasé el umbral de esa buhardilla sin saber que después no habría regreso posible. Sin duda, en esos tiempos, la comprensión del entorno me resultaba complicada. Aquí se imparte un taller para escribir una novela en nueve meses, pero no se confundan, aquí se dan las bases, ni se lee ni se corrige nada de lo que escriban. Es más, si no escriben, me da igual, decía un Celso sin miedo a sus palabras.

Cada jueves a las doce del día estuve puntual a mi cita. El grupo era muy nutrido, dadas las circunstancias. Eramos doce asistentes, hombres y mujeres que como nos decía Celso, teníamos que tener algo roto para estar ahí a esas horas. Maldita sea, vaya si estaba rota. Me sentía con las rodillas descarapeladas, las manos pisadas y la lengua llena de tierra. Para escribir, decía quien se convirtió en mi sensei, hay que estar roto, de esa ranura salen las letras. Los que están enteros no pueden escribir nada que valga la pena. Pues si de desgarraduras se trataba, yo esataba apta para derramar lágrimas y letras suficientes para llenar las hojas de una novela. 

La buhardilla era fría, húmeda, tenía los muros con pintura amarilla descarapelada, las sillas eran incómodas pero la magia de la creación tenía un lugar para contener la curiosidad de quienes tienen la intención de escribir. El pizarrón estaba sobre un tripié algo cojo y tenía una superficie bastante desgastada, pero nada de eso quitaba la potencia de las palabras que ahí se estaban incubando.

La historia la he contado muchas ocasiones. En esos nueve meses de laboratorio de novela se gestó mi primera publicación, fue la única que produjo la décima generación y me llevé el ombligo de ese cuerpo integrado por los libros que se escriben en ese taller. Al terminar, Celso ya era más amable pero igual de duro. Te corro de la calidez del nido, fuera de aquí, sal a volar, haz de la escritura oficio y no te vuelvas a aparecer por aquí: ya eres escritora. 

Me fui sin creer mucho en sus palabras. Lo curioso de ser escritor es que pasa mucho tiempo antes de que en verdad te lo creas. Poco tiempo después, con Hermana querida ya en librerías, pasé por la buhardilla y se me arrugó el corazón: tenía unos espantosos sellos que decían Clausurado por violar la ley. Unos oficiales del mal junto con vecinos de corazón negro mandaron sellar la casa porque no tenía uso de suelo para impartir cursos. Eran los tiempos en los que Coyoacán era elsitio más   popular de lugares clausurados por las razones más absurdas y malévolas. 

El laboratorio de novela cambió de sede y la casa y su buhardilla estuvieron clausurados mas de seis años. Decidí dejar de pasar por la calle de Malitzin porque ver esos sellos me irritaba el alma y me indignaba el corazón. Pero, ayer, casi sin querer pasé por ahí con mis hijas y el alma me regresó al cuerpo. La casa ya no tiene sellos y la buhardilla está transformada en un café y una heladería que pertrnecen a un conjunto que ofrece muchas opciones al sibarita.

De la buhardilla brotaron dos transformaciones, la casa alberga ahora la sucursal del Mercado del Carmen, es un espacio gourmet que tiene el mismo concepto de San Angel. Ahora, ahí se encuentra una veintena de locales y su transformación es gloriosa. La veo y me contemplo a mí misma. Ahí entró una mujer atribulada por una rotura y salió una escritora que ha hecho de las letras un oficio, tal como se lo instuyó su sensei. Miro y recuerdo. Me gusta lo que hicieron con esa buhardilla, me gustan las trasforma iones que brotaron de ese lugar.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

a href=’http://cloud.feedly.com/#subscriptionfeedhttpwww.ceciliaduran.wordpress.com’ target=’blanco blank’>

Archivos

A %d blogueros les gusta esto: