Los que fueron y los que no

Marchas hubo en varias ciudades de México. La sociedad civil marchó sin colores partidistas, la emoción regente era pintarnos de los tres colores nacionales y elevar la voz contra el extraño enemigo. Cantar el Himno Nacional e irnos a casa aliviados de nuestras urgencias. Las justificaciones de los que fueron y de los que se quedadon en casa hablan de quienes somos y, a veces, no muestran lo mejor.

Por un lado están los que salieron a alzar la voz con firmeza para protestar por contra las ocurrencias diarias del señor Trump. Muchos, hartos de amanecer preocupados a revisar cómo amaneceron las cosas en Washington, prefirieron salir a las calles y a mostrar solidaridad nacional. A ver si así se aplaca. Lo veo difícil.

Otros decidieron quedarse en casa porque no se sintieron convocados, sus convicciones no dieron para sacarlos a la calle y prefierieron guardad silencio. Creyeron que el esfuerzo sería ingenuo, que la manifestación se interpretaría como un espaldarazo a un presidente fragil y debilucho, así que al son de conmigo no cuenten, encendieron la televisión o se quedaron a leer el periódico. Cada quien.

Sin embargo, lo que encuentro totalmente hipócrita y detestable es enfrentar esas opiniones de los que no fueron y critican a los que lo hicieron y siguen comprando en Wal-Mart o vieron el superbowl. Confundir la gimnasia con la magnesia y elevar el dedo juzgón me parece horripilante. Que las políticas del señor Trump me resulten desagradables, que su ignorancia me haga enojar, que su prepotencia me desespere no me va a quitar el gusto por leer a Paul Auster, por escuchar a Bruce Springsteen, por aplaudir a Serena Williams, por la emoción de ponerme unos Levi’s, por disfrutar un Juicy Fruit o por usar mi iPad o trabajar con un programa de Microsoft. 

No hay forma de salir a trabajar sin toparte con algo que tenga la etiqueta de un producto estadounidense, aunque tal,  vez ni siquiera estuvo fabricado allá. No es malinchismo, es la cotidianidad. Por eso, hablar de los que fueron y los que no, me resulta inútil. Cada quien tuvo sus razones para ir o dejar de ir, lo que es triste es ver las justificaciones. ¿Para qué? Las razones personales son tan válidas, juzgar es dividir y en esa condición, es parecernos a la zanahoria que despacha desde la oficina oval. ¿A poco no?

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