Saltos para atrás

Soy de la generación que vio caer el muro de Berlín, de aquellos que nacimos en un mundo dividido por la lateralidad que alguien determinó como derecha e izquierda, de cortinas de hierro que impedían ver lo que sucedía del otro lado. Soy de la generación que derribó esas barreras y vivió la sorpresa de descubrir lo que pasaba más allá de nuestras fronteras y se maravilló al encontrar lo que exisitía oculto a nuestros ojos. Soy de la generación que se emocionó al ver como familias que   vivieron divididas por años, se abrazaron con la gratitud de ver que sus plegarias fueron escuchadas.

La generación anterior vivió la cicatriz de las guerras, la orfandad que ocasionó el campo de batalla, la tristeza de haber recibido una bandera y una caja con un cuerpo, en vez del hijo que vieron partir. La generación anterior celebró la vida y disfrutó la paz, pero vivió dividida. Muchos, buscaron refugio ante persecuciones religiosas y políticas y el asilo era una opción de rescate. Las fronteras delimitaron su perímetro de acción. El encierro les ayudó a manejar el dolor, a administrar las pérdidas y a olvidarpara seguir   andando. Pero, sólo los locos olvidan. 

Mi generación vivió en crisis permanenete. Nuestro vocabulario se adecuó a palabras como inflación, estanflación, alza de precios, tipo de cambio controlado, pactos económicos, corralitos, disminución del poder adquisitivo, control de cambios, precios regulados. Mi generación supo lo que era formarse horas y horas para conseguir una visa. Entendimos lo que era recibir como regalo un dulce hecho en otro país, sabíamos lo que era la fayuca y nos regodeabamos en el privilegio de cruzar fronteras.

La generación de mis padres y la mía luchamos por acabar con ese yugo fatal que significó que el dinero que se ganaba con esfuerzo se evaporara como por arte de magia. Nos convencimos de las bondades de un mundo plural, sin fronteras, con facilidad de tránsito para personas y mercancía. Nos revelamos en contra de las diferencias que dividen y decidimos por un mundo más global. Llegamos a la conclusión que la globalización no era perfecta ni nos daría el paraíso, pero era la mejor opción, dadas las circunstancias.

Es verdad, hubo voces que se opusieron. Qué caray, el libre comercio y el libre tránsito no eran acto de fe. Hoy, esas voces flamígeras, que gritaban a favor de los regionalismos, de marcar diferencias, de adorar nacionalismos, se dividen en dos. Los que, arrepentidos se dan cuenta de que despertaron a un monstruo y los que van montados en ese esperpento estridente que amenaza con separanos,  porque les es conveniente. Esas voces van a cambiar el mundo.

Después de este fin de semana, veo con tanto dolor que estamos dando saltos para atrás. Resulta que ahora en vez de derribar muros, los vamos a construir. Ahora, en vez de buscar las similitudes, vamos a pintar rayas a los diferentes. Hoy, en vez de reunirnos en torno a la mesa, vamos a separar familias. ¿Cómo se puede entender eso como progreso? 

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