La migración San Miguel de Allende

Cuando pensamos en migrantes ilegales, generalmente evocamos a latinos que cruzan la frontera en busca de un  futuro mejor, en subsahariqnos que caminan al norte, en balseros que quieren escapar para conseguir una vida digna. Jamás nos paramos a pensar que el sentido inverso también existe. Ayer, entré a un café en el centro de San Miguel de Allende y el lenguaje reinante no era el español. Hay muchos extranjeros que vienen a vivir sus años de jubilación al estado de Guanajuato, no todos cruzan la frontera con una calidad migratoria que les permita vivir legalmente de este lado.

Me ganó la risa al ver a un hombre rubio, de cara arrugada, vestir una playera de algodón que decía: Trump es un pendejo. Muchos aquí opinan igual. Se avergüenzan y no comparten las ideas de su futuro presidente. Rosalía González, ciudadana norteamericana, nació en la ciudad de Minneapolis. Sus padres eran mexicanos, nacidos en San Miguel de Allende. Se fueron siendo muy jóvenes, se casaron allá, en donde vivieron, se casaron, formaron una famila, murieron y allá fueron enterrados. Ella no conocía el pueblomde sus padres. Es enfermera, se casó con un médico de origen irlandés, muy prominente y reconocido. Quedó viuda después de veinte años de matrimonio. No tuvieron hijos.

El día del funeral de su marido, recibió muchas condolencias vía Twitter y Facebook pero nadie la acompañó al cementerio ni recibió un abrazo en persona. Se sentía muy sola y decidió visitar San Miguel, quedó sorprendida por la calidez de la gente, lo mucho que le rendía su dinero, la facilidad con la que hizo amistades. No volvió a Minneapolis, compró una casa y lleva cinco años viviendo en territorio mexicano sin haber arreglado su calidad migratoria. Dice estar feliz, el nivel de vida que tiene acá es infinitamente superior al que tendría en Estados Unidos, toma clases de español, de arte, pinta, lee, come fuera tres o cuatro veces por semana, tiene amigos en la comunidad estadounidense y entre los mexicanos. Está encantada y no tiene planes de volver.

En general, los estadounidenses que viven en San Miguel son pensionados que llegan a multiplicar su poder adquisitivo. Muchos son amables y muy adaptados, otros sienten que vienen a conquistar territorios indómitos y a convivir con slavajes. Unos son personas muy educadas, orgullosos de la multiculturalidad; otros son gente grosera que no les importa poner música a todo volúmen, que hablan a gritos, que son displiscentes, avaros y huraños. Otros, se sienten despreciados por los locales, hay algunas pintas que son ofensivas. Estas han aumentado desde que Trump empezó con discursos que denostaban a los mexicanos. ¿Y si les hicieramos lo mismo? Dicen algunos locales. 

Lo cierto es que en San Miguel de Allende hay muchos extranjeros que viven aquí y no tienen calidad migratoria de residentes. Muchos trabajan, emprenden, tienen propiedades y viven felices. La migración también se da en sentido inverso, muchos estadounidenses están de esté lado en donde encontraron el verdadero sueño americano. ¿Qué pensará de ellos el señor Trump?

 

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