Cuando la verdad se esconde

Pensé que esa vieja costumbre de esconder la tierra debajo del tapete había quedado en el pasado. Creí que hacernos los que no vemos que algo está mal colocado ya era cosa de antes. Estaba segura de que brincar los estorbos, en vez de quitarlos del camino era una práctica erradicada. En fin, me hice la ilusión que la verdad brilla y en su imperio viviríamos felices para siempre.

Sí, claro.

Para mi sorpresa, los cuentos de hadas y sus promesas son cosas infantiles. Las reducciones, las simplificaciones, las generalizaciones no tienen finales que se puedan predecir en la vida real. Falta ver lo que ha sucedido este 2016 para darnos cuenta. Sabemos que las mentiras, las seducciones cubiertas de falsas esperanzas, las promesas que no se van a cumplir, las amenazas, las prácticas que causan miedo han dado mayores frutos que hablar con la verdad llana y lisa. Las encuestas, la probabilidad y estadística, las tendencias, fallaron y alguien ganó la carrera.

Se nos inventa un término absurdo: la postverdad. La definen como aquello que sucede después, cuando nos enfrentamos a la realidad. Es decir, cuando nos damos cuenta de la Verdad. La postverdad es el enfrentamiento con el hecho de haber sido engañados. Es caer en la cuenta de que mordimos el anzuelo, nos engancharon con un engaño, nos tragamos la píldora y ahora nos queda el regusto amargo.

En el fondo, sabemos que nos engañaron, lo supimos siempre, pero quisimos creer. Pero, la mentira es de polvo y con una brisa se desintegra. No hay que esperar los grandes vendabales para enterarnos que caímos en una trampa. Cuando nos enteramos que cambiamos nuestro oro por espejitos, que nos manipularon para obtener un voto, que nos prometieron grandezas, reconstrucciones, empleo, prosperidad y luego nos damos cuenta que eso llegará pero sólo a ciertas personas, las orejas crecen y sentimos ganas de rebuznar.

Tal vez, debieramos tener más cuidado. Verificar nuestras fuentes. Leer más de tres renglones. Llegar al final. Así nos enteraríamos de que se lleva nuestras simpatías sin que después nos sintamos sorprendidos, sin que nos ofendan nuestras elecciones, sin que nos queramos dar de topes contra la pared. Tal vez,  no es que la Verdad se oculte, más bien no la queremos ver.

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