La imagen de Pablo Escobar en Madrid

Suena lógico pensar en que un país quiera darse a conocer en otro por sus cosas buenas, por sus atributos positivos, por su historia, su gastronomía, su música, sus héroes, en fin, por lo que pueda atraer a los individuos para visitar esas tierras o consumir sus productos. Lo contrario sería un desastre. Por eso, entiendo perfectamente la petición de la ministra de Exteriores de Colombia, Ángela Holguín, a la alcaldesa de Madrid para que quite un anuncio de la serie Narcos, que luce el rostro del personaje de Pablo Escobar y que está puesto en plena Puerta del Sol, debajo del anuncio de Tio Pepe.

Comprendo perfectamente el avance diplomático por parte de Colombia. Hoy ese país nos está dando de que hablar en un tema tan anhelado como la paz y nos da ejemplos de caminos de solución y en vez de ver a Juan Manuel Santos recibiendo el Premio Nobel de la Paz, vemos el rostro personificado del sujeto más peligroso que nació en esas tierras. Es injusto, es poco delicado y es una barbaridad que en la subordinación del rating se publicite un panegírico a la maldad  en vez de  la negociación que  dio origen al reconocimiento del mundo. Sin duda, venden más las balas. 

Este tipo de publicidad mancha la imagen de Colombia y abandera valores que no son adecuados. No se trata de rasgarnos las vestiduras, se trata de entender los esfuerzos de esa nación por pasar la hoja de los días terribles del Cártel de Medellín. Narcos no es un documental que recupere la memoria histórica y nos recuerde lo que no se debe hacer. Es una telenovela que narra la vida de un criminal y, a veces, lo hace ver como un héroe. Claramente, no lo fue. 

Así sucede con la literatura de narcos que se ha puesto tan de moda, con los narcocorridos, con series que narran las historias de estas organizaciones delictivas que de repente se ganan la admiración y la indulgencia del público sin tener en cuenta que son ficciones noveladas. Pablo Escobar era un maldito que puso a llorar a Colombia, Amado Carrillo era un sanguinario que mataba a la gente con crueldad, el Chapo Guzman era cabeza de un grupo de gente que mataba a sangre fría a quien le estrobaba. Son gente que no respeta edades, lo mismo se ensañan con ancianos, mujeres, niños. Las fosas clandestinas que encontramos en México están repletas de pedazos humanos que siguen sin ser identificados, mientras muchas familias se preguntan dónde estará su madre, su hijo, su hermana, su tío, su ser querido. Son víctimas del narcotráfico. 

Las series como Narcos muestran imagenes sumamente producidad y distorsionadas. Los narcotraficantes no son versiones tropicalizadas de Robin Hood, no son los nuevos Chucho el Roto, no eran guapos, ni tenían buen corazón. Los familiares de cualquier adicto lo saben. Las víctimas lo saben. Los gobiernos lo saben. ¿Entonces? Está claro que cada quien es libre de escuchar la múscia que quiera, que puede leer lo que le venga en gana y que está en su juicio y su gusto ver las series que más le llamen la atención. Nada más eso faltaba. Pero creo que las ciudades deberían ser más selectivas al momento de adornar sus calles y sus plazas con anuncios.

La publicidad con mantas publicitarias de proporciones desmesuradas son contaminación visual. Afean el paisaje. Esta en específico, no sólo afea, ofende. Da cuenta de las afiliaciones y las simpatías. Si eso es así, Manuela Camarena debe sentir una gran vergüenza por haber recibido una nota diplomática del gobierno colombiano. Si para ella, una Blanca Navidad, como lo anuncia el cártel, es una fiesta en la que se consume cocaína, mal andamos. Si en la capital española no se analiza lo que se anuncia en sus calles, peor. En México ya hemos visto las consecuencias que viven los que alaban con narcocorridos, muchos han muerto en forma cruel, los han asesinado en formas terribles. 

Pablo Escobar no merece, bajo ninguna circunstancia estar en un lugar tan emblemático como La Puerta del Sol. Me duele el estómago al ver a un criminal exaltado, casi celebrado, como si fuera un héroe. No hay duda que estamos confundiendo los términos. Cualquiera pensará, ¿qué le importa a una mexicana lo que pasa en Madrid con la cara de un colombiano? Importa porque el narcotráfico daña todos los días, no nada más a México y a Colombia, sino a cada humano que se enfrenta y padece este terrible mal. Sea porque lo combate, sea porque lo consume, sea por un daño colateral, nadie puede sentirse ajeno. Nos roban la paz. Miren nada más, Madrid ya se manchó con este tipo de movimientos corruptores. El consumo de drogas en España no es un problema que deba desestimarse, por eso, creo que deberían bajar ese anuncio.

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